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MIÉRCOLES 30 DE JULIO
LECTURAS: JER 15, 10. 16-21; SAL 58; MT 13, 44-46
Jer. 15, 10. 16-21. ¡Qué difícil se nos torna
a veces el camino de fidelidad al Señor! Todo mundo se burla
de nosotros y nos maldice. El mismo Dios pareciera habérsenos
convertido en un arroyo engañoso de aguas inconstantes, o
en un espejismo en medio del desierto. Y nos llega la tentación
de botarlo todo por la borda y hacer nuestra vida como todo mundo,
cargados de maldades e injusticias.
Ya los israelitas habían sentido la tentación de volver
a la esclavitud en Egipto por la avidez de las ollas de carne, de
las cebollas y los puerros. ¡Qué poca cosa querían
cambiar por la libertad, que se debería convertir en una
conquista de la tierra prometida! Si el Señor no construye
la casa en vano se cansan los albañiles; si el Señor
no protege la ciudad, en vano vigila el centinela. El seguimiento
del Señor no es nada fácil; Él nos indica que
vamos tras de Él pero cargando nuestra cruz de cada día,
siendo fieles a la vocación recibida, siendo fieles a la
misión confiada.
Cueste lo que cueste no podemos vivir en complicidad con los malvados
y pecadores. Ante el mundo entero hemos de ser un signo claro y
creíble del amor salvador de Dios. Si perseveramos hasta
el fin la salvación será nuestra, pues el amor de
Dios no se habrá ni diluido ni perdido en nosotros a pesar
de todos los riesgos y pruebas por los que hayamos tenido que pasar.
Sal. 59 (58). En medio de los momentos difíciles por los
que tengamos que pasar por confesar nuestra fe y anunciar el Evangelio,
el Salmista nos mueve a confiar en Dios orando de este modo: En
ti, Señor, tendré fijos los ojos, porque tú
eres mi fuerza y mi refugio. Y Jesús nos dirá: en
el mundo tendréis tribulaciones, pero ¡ánimo!,
yo he vencido al mundo.
Mientras no llegue aún nuestra hora trabajemos constantemente
y sin miedo en el anuncio de la Buena Noticia de salvación.
Dios siempre velará por los suyos. Confiemos siempre en Él
y Él saldrá siempre en nuestra defensa, pues Él
no quiere la muerte de los suyos; Él nos ha llamado a vivir
eternamente con Él, y, aun cuando experimentemos la muerte,
Él nos levantará para que nos alegremos de su bondad
y lo alabemos eternamente. Él sea bendito por siempre.
Mt. 13, 44-46. El Reino de Dios se ha hecho presente entre nosotros
en Cristo Jesús. Él es el Reino. Quien se une a Él
por la fe y por el Bautismo, quien permanece fiel a Él y
camina como testigo suyo en el mundo, está haciendo presente
el Reino de Dios en el mundo. El hombre con una fe auténtica
y acendrada en Cristo Jesús no sólo lo buscará
para encontrarse con Él, sino que entrará en una Alianza
de amor, nueva y eterna, con un corazón indiviso, de pertenencia
sólo al Señor. Quien quiera unirse a Él debe
renunciar a todo; no puede estar por encima de ese amor ni siquiera
la propia familia; hay que renunciar a todo, incluso a uno mismo;
y tomar la propia cruz e ir tras las huellas del Señor de
la Iglesia, para que, hechos uno con Él, lo hagamos presente
con su entrega, con su amor, con su misericordia en el momento de
la historia que nos tocó vivir.
Todo esto no puede surgir sino de un amor verdadero hacia Cristo;
amor que no nos deja en un amor intimista con Él, sino que
nos pone en camino de servicio a nuestro prójimo. Entonces
realmente el mundo conocerá el amor de Dios desde la Iglesia,
esposa de Cristo, que continúa la obra de salvación
entre nosotros.
En la Eucaristía nos encontramos con el Señor; Él
manifiesta cómo nos ha valorado a nosotros. Nosotros somos
para Él como el tesoro escondido en el campo de este mundo,
o como la perla de gran valor. Por nosotros Él no retuvo
para sí el ser igual a Dios, sino que se anonadó a
sí mismo tomando la condición de esclavo y nos "compró"
para Dios pagando el precio de su propia Sangre. Y Él nos
ha llamado en este día para que renovemos con Él la
Alianza nueva y eterna; para que nos decidamos a ser suyos para
siempre.
El Apóstol san Pedro nos dice: Ustedes fueron comprados a
precio de la Sangre del Cordero inmaculado. Por eso ya no hemos
de vivir para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros
murió y resucitó. Este es el compromiso que adquirimos
al celebrar la Eucaristía, la cual no hemos de ver sólo
como un acto de culto a Dios sino como el momento en que nos unimos
a Cristo para recibir su Vida y para caminar en adelante, unidos
a Él, como hijos de Dios, guiados por su Espíritu
Santo.
Vivimos en un mundo con muchos requerimientos tanto personales,
como familiares y sociales. A veces quisiéramos vivir nuestra
fe como un compromiso mayor con Dios o con el prójimo. Pensamos
que seríamos más hombres de fe si tuviésemos
más tiempo para orar, pero apenas podemos dedicar un poco
de tiempo para esa actividad. Encontrar el Reino de Dios como se
encuentra un tesoro o una perla no puede desligarnos de nuestros
compromisos temporales.
Una persona casada y enamorada no puede dejar a un lado sus diversos
compromisos en la vida. Irá a ellos con alegría y
seguridad, pues en el fondo sentirá el respaldo del ser amado.
Eso mismo es lo que Dios espera de quienes lo tenemos a Él
en el centro de nuestra vida. Ciertamente entraremos en una relación
de amor a Dios en el culto público y en la oración
personal. Pero esto no será como una camisa que nos ponemos
en su presencia, y que nos quitamos al salir del templo o de la
oración personal.
Quien viva enamorado de Dios lo seguirá amando en su prójimo,
en el cuidado de la naturaleza y en la transformación del
mundo mediante la ciencia y la técnica, colaborando para
que lo que Dios creó y puso en nuestras manos, sea cada día
una más digna morada del hombre, y para que nuestras relaciones
humanas sean cada día más fraternas. Entonces el cielo
estará conectado con la tierra; entonces el Reino de los
cielos habrá iniciado a abrirse paso entre nosotros.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber confiar siempre en Él; pero que esto no nos desligue
del cumplimiento fiel de nuestros compromisos temporales; sino que
más bien en ellos seamos capaces de hacer brillar un poco
más la justicia, la bondad, el amor y la alegría que
proceden del mismo Dios, como un don que Él ha hecho a su
Iglesia y que le ha confiado a Ella el hacerlo llegar a toda la
humanidad. Amén.
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