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LUNES 05 DE OCTUBRE
LECTURAS: JON 1, 1-2, 1. 11; JON 2; LC 10, 25- 37
Jon. 1, 1-2, 1. 11. Dios quiere que todos se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad. A nadie creó para la muerte, pues
Él no se deleita en la muerte sino en la vida.
Ninguno, que haya experimentado el amor y la misericordia de Dios,
puede condenar a los demás pensando que sólo él
tiene derecho exclusivo sobre Dios.
Jonás, recalcitrante a hacer partícipe de la misericordia
de Dios a los pueblos paganos, es conducido por Dios hasta el lugar
donde el Señor quiere que se cumplan sus planes de salvación.
Jonás, rebelde, no de palabra sino de hecho, a la voluntad
de Dios respecto a la salvación universal, finalmente proclamará
esa salvación: primero a los marineros, que temen a Dios,
y que al arrojar a Jonás al abismo, se salvan de la muerte
pues el mar se calma; y después a los Ninivitas, proclamando
el mensaje de salvación de Dios, al que ellos hacen caso
y salvan así su Vida.
Nos dice san Pablo: si la rebeldía de los judíos se
convirtió en causa de salvación para el mundo, ¡Qué
no será su conversión! Si la desobediencia del pueblo
elegido simbolizado en Jonás, si su reticencia a abrir la
salvación a todos, incluso a los enemigos fue causa de que
esa salvación, conforme al Plan de Dios, llegara a Nínive
en que se simboliza la persecución de los inocentes y la
lejanía de Dios, cuánto más ha logrado el Señor
Jesús, que, obediente a su Padre Dios, sale al encuentro
de nosotros, pecadores, para proclamarnos la Buena Nueva del amor
que Dios nos tiene. Él fue arrojado al abismo de la muerte,
y ahí permaneció tres días y tres noches, para
luego resucitar como el Hombre Nuevo con quien estamos llamados
a identificarnos todos sin distinción alguna. Así
Él ha logrado para nosotros la salvación.
Y Él nos pide que abramos los ojos para no condenar a nadie,
pues así como nos ha amado quiere que nos amemos los unos
a los otros; y así como Él dio su vida en rescate
por todos, quiere que su Iglesia se esfuerce constantemente en salir
al encuentro del pecador para invitarlo a rectificar sus caminos.
Jon. 2, 3-5. 8. A pesar de nuestras rebeldías e incongruencias
en la fe, Dios siempre está dispuesto a escuchar nuestras
súplicas, pues su amor misericordioso hacia nosotros nunca
se acaba. Dios nos ama como un padre ama a sus hijos. Dios escuchó
a su Hijo que le pidió, con ardientes lágrimas, que
lo librara de la muerte. Dios siempre está y estará
de parte nuestra. Sepamos, también nosotros, escuchar su
Palabra y hacerla nuestra, pues el Señor quiere santificarnos
en la Verdad por medio de ella.
Dejemos de vivir nuestra fe con hipocresía; seamos leales
al Señor como Él lo ha sido con nosotros. No encerremos
la fe en nuestro corazón sino que proclamemos el amor y la
misericordia del Señor a todos los pueblos; hagámoslo
con las obras que manifiesten cómo el Señor, por medio
nuestro, se hace cercanía amorosa y misericordiosa para todos.
Lc. 10, 25-37. Amar al prójimo es procurar su bien, fortalecerlo
cuando sus manos se han cansado, o sus rodillas han empezado a vacilar;
tenderle la mano cuando lo vemos caído en algún pecado
o en alguna desgracia; dejar nuestras seguridades para ofrecérselas
y hacerle recobrar su dignidad; en fin, nadie tiene amor más
grande que aquel que da la vida por sus amigos.
Y es muy fácil amar a quienes nos hacen el bien; y es muy
fácil, también, solucionar el problema que nos causan
nuestros enemigos acabando con ellos. Así sólo puede
considerarse nuestro prójimo el cercano a nosotros y a nuestro
corazón, aquel que no nos causa penas, dolores, angustias,
aquel que no se ha levantado en contra nuestra para dañarnos,
pues, si lo ha hecho, no será nuestro prójimo, sino
nuestro enemigo.
Dios en Cristo Jesús, su Hijo amado hecho uno de nosotros,
ha salido al encuentro de su prójimo, de aquel que jamás
ha sido expulsado de su corazón. Y su cercanía ha
sido hacia los pobres, hacia los marginados, hacia los despreciados
y, sobre todos, hacia los pecadores, aun cuando sus pecados puedan
haberse considerado demasiado graves. Amó tanto a la humanidad
frágil y pecadora, que se desposó con ella y cargó
sobre sí sus pecados clavándolos en la cruz y derramando
su sangre para que fuesen perdonados. Así puede presentar
a su Esposa, que es la iglesia, ante su Padre, libre de pecado y
adornada con las arras del Espíritu Santo.
El Señor, en el Evangelio de este día nos manifiesta
el gran amor que nos tiene para que vayamos y hagamos nosotros lo
mismo.
En esta Eucaristía nos hacemos uno con Cristo. Uno en su
amor, uno en su envío, uno en la vida que Él recibe
de su Padre Dios. Por eso su Iglesia, que celebra este Misterio
Pascual, debe ser luz para todos los pueblos, debe ser portadora
de la salvación para todos sin poner fronteras o barreas
a algunas personas.
Por eso no sólo hemos pedirle al Señor que nos llene
de su Vida y de su Espíritu; hemos, sobre todo, pedirle que
esa Vida y ese Espíritu llegue también a quienes viven
lejos de Él; y nuestro esfuerzo apostólico ha de acompañar
nuestra oración llevándonos hasta aquellos que, incluso
convertidos en perseguidores nuestros, necesitan que alguien no
sólo les hable, sino que se convierta para ellos en un signo
vivo del amor misericordioso de Dios. Por ello, quienes participamos
de esta Eucaristía no venimos a ella sólo a cumplir
con un deber cristiano, consecuencia de una tradición familiar,
sino que venimos con el compromiso de aceptar convertirnos en portadores
de la salvación de Dios para todos, aún cuando en
algún momento se hayan levantado en contra nuestra, ofendiéndonos,
criticándonos o persiguiéndonos.
Volveremos a nuestra vida ordinaria. Es hermoso escuchar la voz
de Dios en el lugar de culto y dejar que nuestro corazón
se conmueva ante sus palabras. Pero vamos a encontrarnos nuevamente
con aquellos que nos insultan por ser cristianos; con aquel vecino,
compañero de trabajo o de estudio que nos causó algún
daño, incluso tal vez diciendo cosas falsas de nosotros,
o profiriendo amenazas en contra nuestra; con aquel familiar que
está enfadado con nosotros y que, tal vez, han pasado días,
meses o años sin que podamos volver a relacionarnos de un
modo adecuado, antes al contrario, parecería que se profundiza
cada vez más el abismo que nos separa.
El hacer que la salvación llegue a todos no sólo significa
el que proclamemos el Nombre de Dios con discursos bien elaborados;
significa especialmente el que nosotros, con nuestras actitudes
nuevas, con nuestro amor, con nuestro cariño, con nuestro
respeto, con nuestra alegría, comencemos nuevamente a relacionarnos
adecuadamente, como hijos de Dios, con todos aquellos que antes
fueron nuestros enemigos, pero a quienes ahora no sólo consideramos
prójimos, sino hermanos nuestros. Entonces, realmente sólo
hasta entonces, sabremos que estamos trabajando por el Evangelio
de la Salvación que Dios ofrece a todos; entonces, también
sólo entonces, podremos no sólo llamar Padre a Dios,
sino tenerlo en verdad por Padre.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de ser portadores de su salvación para todos los pueblos.
Que nuestra vida, en la que no cerremos a nadie nuestro corazón
ni excluyamos a nadie de nuestro amor, se convierta en el mejor
testimonio del amor que Dios tiene a todos. Amén
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