MARTES 06 DE OCTUBRE

LECTURAS: JON 3, 1-10; SAL 129; LC 10, 38-42

Jon. 3, 1-10. Dios no sólo escucha las oraciones de los que le viven fieles; ni sólo las de quienes pertenecen al pueblo de sus hijos, aun cuando sean rebeldes; Él escucha las súplicas de toda persona de buena voluntad, pues Él ama a todos más allá de las fronteras que hemos puestos nosotros los humanos.
La Iglesia nos invita a descubrir gozosa y respetuosamente las semillas del Verbo latentes en quienes, incluso, parece que han rechazado radicalmente a Dios. Algo hay de Dios en quienes se alejaron de Él, pues su amor, aún en pequeña escala, no puede sino proceder de Dios. Por eso, la Iglesia de Cristo debe anunciar el Nombre de Dios dedicada plenamente a su ministerio en todos los lugares y ambientes, insistiendo a tiempo y a destiempo y con mucha paciencia.
Sólo Dios, que nos llama a todos a la plena unión con Él, sabe el momento y el día de la salvación que ha reservado para cada uno; por eso, quienes hemos recibido el mandato de proclamar su Evangelio, no seamos cobardes, ni rebeldes, ni flojos en cumplir con la misión que el Señor nos ha confiado.
Ojalá y cuando veamos que Dios ha hecho su obra de salvación en quienes ha puesto a nuestro cuidado, nos alegremos porque en verdad su amor no tiene fin.
No seamos, pues, motivo de condenación sino de salvación para los demás; pues Dios no nos envió para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por creer en Cristo Jesús. ¿Seremos portadores de Él, de su amor, de su salvación? ¿Obedeceremos su Mandato de proclamar su Evangelio a todas las naciones?

Sal 130 (129). Desde lo más profundo de mis pecados clamo a Ti; Señor, escucha mi clamor. No hay nadie más que pueda realmente perdonar la multitud de mis faltas, que jamás podré ocultarte. Señor, ten misericordia de nosotros.
Y Dios tuvo misericordia de nosotros, pues nos envió a su propio Hijo para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Por tanto, no nos quedemos solo en clamar al Señor, en confesar nuestros pecados y en recibir su perdón. Sabiendo que hemos sido renovados, como criaturas nuevas revestidas de Cristo, teniendo un corazón nuevo y un espíritu nuevo, comportémonos como hijos de la luz, dejando a un lado aquello que nos apartaba de Dios y nos había destinado a la ira divina por nuestra condición de pecadores, pues el mismo Dios, por medio de Cristo, nos ha salvado por pura gracia y nos ha llamado para que, junto con Él, participemos de la Gloria que le corresponde como a Hijo unigénito de Dios.

Lc. 10, 38-42. Dentro de toda persona de fe en Cristo han de convivir las actitudes de las dos hermanas de Lázaro, Marta y María: la contemplación y el servicio.
Es bueno dedicarnos a procurar el bien de los demás; es bueno sentarse a los pies de Jesús para deleitarnos escuchando su Palabra. Sin embargo ninguna de estas actitudes debe anidar en el corazón del creyente excluyéndose mutuamente.
Es bueno meditar su Palabra; pero mientras esto no nos lleve al servicio del prójimo no estaremos viviendo a profundidad nuestra fe.
Es bueno servir a nuestro prójimo, pero mientras esto no nos lleve a unirnos al Señor en la intimidad de la oración y de la escucha fiel de su Palabra, nos quedaremos en una filantropía que no llegará a convertirse en un acto de fe pleno.
Por eso aprendamos a estar a los pies de Jesús, pero aprendamos también a poner en movimiento nuestros pies para anunciar el Nombre del Señor no sólo con los labios, sino también con nuestro servicio amoroso.

El Señor nos ha convocado en este día para que, como discípulos suyos, seamos instruidos por Él. Ciertamente la oración no puede concretarse únicamente a un desgranar oraciones aprendidas de memoria.
Orar, dice santa Teresa de Jesús, es hablar de amor con Quien sabemos nos ama. Y hablar de amor es todo un compromiso, pues no sólo contamos nuestra historia, también escuchamos al Amado y, ante Él, tenemos la disposición de quien le dice: Habla, Señor, tu siervo escucha; y siervos, porque estamos dispuestos a poner en práctica lo que el Señor nos indique.
Y Él no sólo nos ha dirigido su Palabra; también nos manifiesta el amor que nos tiene entregando su vida por nosotros, y convirtiéndose en alimento nuestro.
Quienes somos testigos de su amor sabemos que estamos llamados a realizar en favor de nuestro prójimo lo mismo que el Señor ha hecho por nosotros.

Por eso, al volver a nuestra vida ordinaria sabemos que prolongaremos nuestra Eucaristía como un servicio en favor de los demás. Encontraremos muchos que requerirán de una mano que se les tienda para poder sobrevivir; encontraremos muchos pobres que sufren carencias mayores que las nuestras; encontraremos jóvenes desorientados a causa de propagandas consumistas; encontraremos hogares desintegrados a causa de inmadureces que incapacitan para el compromiso; en fin, encontraremos muchas miserias materiales, morales y espirituales.
No podemos limitarnos a proclamarles el Evangelio con los labios, ni podemos quedar satisfechos porque ya oramos por ellos en la Eucaristía; tenemos que ponernos en camino hacia ellos para convertirnos en un signo del amor de Dios, que se inclina ante ellos para levantarlos, para fortalecerlos, para devolverles la fe y la esperanza, y la capacidad de seguir amando a Aquel que es la Vida, y también a su prójimo como a hermanos suyos.
Todo esto, ciertamente, requiere en nosotros una profunda conversión, de tal forma que abandonando nuestros egoísmos, podamos abrir nuestro corazón para amar sin fronteras, y para alegrarnos de que también los demás vuelvan al Señor, y construyan el Reino de Dios junto con nosotros.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber orarle con gran amor; la gracia de saber escuchar su Palabra y ponerla en práctica, siendo un Evangelio vivo del amor salvador y misericordioso de Él para nuestros hermanos, especialmente para los más alejados de Dios, y para los más necesitados a causa de sus pobrezas. Amén.

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