MIÉRCOLES 07 DE OCTUBRE

LECTURAS: JON 4, 1-11; SAL 85; LC 11, 1-4

Jon. 4, 1-11. El camino que nos lleva a la perfección puede causarnos demasiados problemas; pues, por desgracia, a veces no entendemos sino a base de grandes golpes que nos sientan a reflexionar sobre lo que en realidad es Dios y lo que nos imaginamos, equivocadamente de Él.
A veces no quisiéramos dejar actuar a Dios; más aún: quisiéramos un dios a la medida de nuestros intereses, de nuestros pensamientos, de nuestros egoísmos religiosos para manipularlo a nuestro antojo. Pero Dios se escapa de cualquier trampa que le tendamos y nos manifiesta que, así como Él ama a todos sin distinción, así hemos de amarnos unos y otros.
¡Qué alegría tan grande hay en el cielo por un sólo pecador que se convierte! Pero el hermano mayor siempre se enoja porque el hermano menor retorna a casa, derrotado por sus anhelos equivocados, sin darse cuenta que también él ha sido derrotado por sus imaginaciones equivocadas acerca de aquellos que son amados de Dios.
A veces nos entristecemos más porque desaparece aquello que nos daba seguridad, como el dinero y los bienes materiales, que porque muchos, lejos del Señor, viven al borde de perderse para siempre. Jesucristo nos ha enviado a salvar todo lo que se había perdido; no podemos, por eso, condenar a nadie sino buscar a quienes desbalagaron en una noche de tinieblas y oscuridad; y buscarlos hasta encontrarlos, no para despreciarlos, no para condenarlos, no para hacerlos volver a golpes y amenazas al redil, sino cargarlos amorosamente sobre nuestros hombros, haciendo nuestras sus miserias y tristezas para que recuperen la paz y la alegría y puedan, así, volver a Dios.

Sal. 86 (85). Recuerda, Señor, el amor y la misericordia que manifestaste a nuestros antiguos padres, librándolos de sus enemigos y de sus males cuando invocaban tu Nombre. Ahora, Señor, contémplanos a nosotros con misericordia, escucha nuestra oración y da respuesta pronta a nuestras súplicas.
Quienes creemos en Cristo; quienes hemos unido nuestra vida a Él, somos conscientes de que en su Nombre nos dirigimos al Padre Dios como hijos suyos.
Dios, sabiendo que nuestro corazón está inclinado al mal desde nuestra adolescencia, se manifiesta siempre como un Padre comprensivo para con todos. Sin embargo no se hace cómplice de nuestras fallas; antes al contrario nos hace un fuerte llamado a dejar nuestros malos caminos y volver a Él, para caminar, ya no movidos por nuestras miserias, sino por su Espíritu que nos hace, no sólo llamar Padre a Dios, sino comportarnos realmente como hijos suyos.

Lc. 11, 1-4. El Señor, mediante la oración, nos enseña a relacionarnos con Dios no sólo como criaturas, sino como hijos suyos. En la oración del Padre nuestro estamos aceptando el compromiso de reconocer que Dios no es Padre exclusivo de un grupo, pues no decimos, por ejemplo, Padre de los cristianos, sino Padre Nuestro, Padre de todos. Santificamos el Nombre de Dios no sólo cuando le rendimos culto, sino cuando, por nuestras buenas obras, elevamos hacia Él una continua alabanza a su santo Nombre. Su Reino sólo vendrá a nosotros cuando se haga realidad su amor en nuestros corazones, amor que nos una a todos sin distinción, como Dios nos quiere. El Pan nuestro de cada día lo pedimos sin querer entregar nuestro corazón a los bienes materiales, pues bástele a cada día sus propias preocupaciones; y si el Señor nos concede más de lo que necesitamos que sea para que sepamos compartir con los pobres lo que el Señor nos ha confiado. Cuando veamos que la unidad está en riesgo de perderse a causa de nuestra fragilidad que nos arrastra a ofender a los demás, o a ser ofendidos por ellos, hemos de pedir a Dios que nos perdone, con un arrepentimiento sincero que nos lleve a restaurar nuestras relaciones de hijos con Dios y nuestras relaciones fraternas con nuestro prójimo. Finalmente le pedimos a Dios que no nos deje caer en tentación, que vele por nosotros, que nos fortalezca con su Espíritu para que, a pesar de nuestras fragilidades e inclinaciones al mal, permanezcamos firmes en hacer el bien; entonces la Victoria de Cristo sobre el Malo será también nuestra Victoria.
Así vislumbramos que el Padre Nuestro no es sólo una oración para recitarla de memoria, sino una oración que ha de recitarse con el compromiso de la vida diaria hecha testimonio de la presencia del Señor en nosotros, que nos lleva a vivir unidos como hermanos, libres de maldades, egoísmos y odios, en torno a nuestro Dios y Padre, manifestando así que ya desde este mundo hemos dado inicio al Reino de Dios entre nosotros.

En esta Eucaristía nos hemos reunido, libres de odios y de rivalidades en torno a nuestro Padre Dios, unidos mediante una misma fe y un mismo Espíritu que nos hace tener un sólo corazón por nuestra unión a Cristo, Cabeza de la Iglesia.
El Señor nos hace un fuerte llamado a la unidad; nos invita a reconocer que somos pecadores y frágiles; pero también nos invita a confiar en la Ayuda, en la Fuerza que nos viene de lo alto: el Espíritu que Dios ha derramado en nuestros corazones.
Mientras nos dejemos conducir por el Espíritu de Dios, el Señor hará su obra salvadora en nosotros, y desde su Iglesia hará que la salvación llegue a todas las personas sin distinción alguna.

Cristo entregó su vida por todos y, queriendo que todos se salven, nos llena de su Vida y de su Espíritu, y nos envía para que, en su Nombre, convoquemos a todos a vivir en la unidad en torno a un sólo Señor, una sola fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre.
Que la celebración de este Misterio Pascual de Cristo nos impulse a cumplir con gran amor la Misión que el Señor ha confiado a su Iglesia: ser signos del Buen Pastor, buscando a la oveja descarriada, manifestándole un amor auténtico hasta el extremo de dar, no sólo la Palabra de Dios, sino incluso la vida propia por ella, si es necesario, con tal de ganar a todos para Cristo.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir nuestra fe con un amor sincero hacia Él y hacia nuestros hermanos, para que llegue a nosotros su Reino de verdad, justicia, amor y paz. Amén.

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