JUEVES 08 DE OCTUBRE

LECTURAS: MAL 3, 13-20; SAL 1; LC 11, 5-13

Mal. 3, 13-20. Hemos amado a Dios: reconstruimos su templo y hemos tratado de vivirle fieles; pero ¿cómo nos ha amado Dios a nosotros? Parece que premia mejor a los que se comportan mal que a nosotros que caminamos en su presencia. Y el Señor se muestra abrumado por esos reclamos e indica a su Pueblo que jamás deben desconfiar de Él. Ante Él no cuentan las riquezas, sino la fidelidad. Efectivamente: ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su vida?
Ojalá y no perdamos el rumbo cuando decimos dirigirnos a Dios. Ojalá y jamás dejemos de manifestarnos como hijos de Dios que, aún en las grandes pruebas le vivan fieles. Dios velará siempre por nosotros y siempre estará de nuestra parte.
Si vivimos entre pobrezas y persecuciones, que no sea por culpa nuestra; si abundamos en bienes que no apeguemos a ellos nuestro corazón, pues el Señor nos quiere no como quien almacena buscando su seguridad en lo pasajero, sino como administradores de sus bienes en favor de los demás.
Quien ha cambiado a Dios por lo pasajero al final, ya demasiado tarde, comprenderá que nadie puede comprar ante Dios su propio rescate, y que sólo vivirán con Él para siempre quienes le fueron fieles y no pasaron de largo ante las miserias de su prójimo.

Sal 1. Andemos conforme a la Inspiración del Espíritu de Dios en nosotros. Vayamos en el camino del Señor que nos conduce a la salvación. Sentémonos a los pies del Señor como discípulos para escuchar su Palabra y ponerla en práctica.
Entonces no habremos equivocado del Camino que lleva a la Vida. Entonces seremos como árbol plantado junto al río y no como paja que se lleva el viento. Entonces, cuanto emprendamos tendrá éxito, pues, aun cuando tengamos que padecer, llegaremos a la perfección del Hijo que aprendió a obedecer padeciendo y que llegó a su perfección dando su vida por amor a su Padre y por amor a nosotros, convirtiéndose a sí en causa de salvación para todos.
Por eso, apartémonos del camino que conduce a la muerte y vivamos, no como impíos, ni pecadores, ni cínicos, sino como quienes han sido reconciliados con Dios y hechos justos mediante la fe en Cristo Jesús.

Lc. 11, 5-13. No podemos extender constantemente los brazos hacia Dios esperando de Él que remedie nuestras enfermedades y pobrezas, esperando que le dé paz al mundo, esperando que Él haga desaparecer todos los males que aquejan a la humanidad. Una oración en la que esperáramos que Dios lo hiciera todo, además de ser una oración engañosa, sería alienante, de tal forma que, esquivando nuestra responsabilidad, le echaríamos a Dios la culpa de los males que no fueran resueltos conforme a nuestras peticiones hechas de modo equivocado.
Por eso el Señor nos invita a orar con insistencia al Padre Dios pidiéndole el Espíritu Santo. Entonces seremos capaces de no eludir nuestra responsabilidad en el trabajo que hemos de realizar en favor de la paz, en favor de erradicar la pobreza en el mundo, en favor de superar las enfermedades que, como pandemias, azotan a nuestra humanidad, en favor de vivir libres de la esclavitud al pecado que nos encadena a cualquiera de sus manifestaciones.
Recordemos que no hemos recibido un Espíritu de cobardía sino de fortaleza para que no dejemos de esforzarnos por construir el Reino de Dios entre nosotros.

En esta Eucaristía nos reunimos como amigos en torno al Señor. No sólo venimos de visita, sino que venimos para permanecer con Él, no tanto quedándonos en el lugar de culto, sino porque Él se convierte en huésped de nuestro corazón; así, no sólo entramos en comunión de vida con Él en esta Celebración de su Misterio Pascual, sino que permanecemos con Él y Él con nosotros, caminando con nosotros en nuestra vida ordinaria, y convirtiéndonos en un signo de su presencia salvadora ahí donde se desarrolle nuestra existencia.
Pidámosle que nos fortalezca con su Espíritu para que seamos sus testigos, sin dejarnos amedrentar por los ambientes hostiles a nuestra fe.

El pedir y el recibir el Espíritu Santo no es para deleitarnos románticamente con su presencia en nosotros, es para proclamar el amor de Dios a todos mediante nuestro compromiso de esfuerzo constante para que se viva, no sólo con mayor dignidad, sino con la dignidad de hijos de Dios que, finalmente, no se han dejado dominar por el malo, sino que procuran que el amor, la verdad, la justicia social, la paz sean bienes que todos disfruten, por participar, ya desde ahora, del Reino de Dios.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir nuestra fe manifestándola con obras y no sólo con palabras; entonces no sólo nos llamaremos, sino que en verdad seremos hijos de Dios. Amén.

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