VIERNES 09 DE OCTUBRE

LECTURAS: JOEL 1, 13-15; 2, 1-2; SAL 9; LC 11, 15-26

Joel 1, 13-15; 2, 1-2. Sobre los campos israelitas se ha cernido una nube de langostas que ha dejado al pueblo sin alimentos y en un grave peligro, pues no hay grano para alimentarse, y las reses, al faltarles el sustento, acabarán muriendo y poniendo en grave riesgo al pueblo.
Por eso se convoca a todo el pueblo para que haga oración, para que haga penitencia. Dios, rico en misericordia, librará a los suyos de este ejército que se ha cernido sobre ellos; y, entonces, también el culto estará asegurado.
Dios, todo amor con quien lo ama y con quien invoca su Nombre, ha mirado nuestra humillación y se ha compadecido de nosotros enviándonos a su Hijo para que nos libre de la mano de nuestros enemigos y de todos los que nos odian. No sólo lo hemos de invocar con el corazón arrepentido y con signos externos de penitencia; nuestra mejor forma de honrar a Dios es manifestando, con nuestras obras, que en verdad hemos vuelto a Él y que hemos hecho nuestra su Victoria sobre nuestro enemigo.

Sal. 9. Gracias sean dadas al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque por su gran poder y amor hacia nosotros, nos ha librado de nuestros enemigos, juzgando al orbe con justicia y rigiendo a las naciones con rectitud.
Quien vive fiel a Dios no vacilará jamás; en cambio los malvados se hundirán en la tumba que hicieron y su pie quedará atrapado en la red que escondieron.
Dios vela por nosotros para que no nos alcance ningún daño. Dios se ha convertido en nuestro fuerte defensor que siempre está a nuestro lado. Confiemos en Él, démosle gracias y proclamemos a todos sus maravillas para que el mundo sepa, comprenda y entienda que no hay Dios como nuestro Dios, que no hay roca que nos salve como lo hace el Señor Dios nuestro con aquellos que lo ama.

Lc. 11, 15-25. Jesús actúa con el Poder de Dios, pues al expulsar a Satanás nos llena de la Vida Divina y del Espíritu Santo. Así, libres de toda influencia del mal en nosotros, manifestamos con obras que el Reino de Dios ha llegado a nosotros. Por eso nuestra vida de fe no puede convertirse en un simple juego; no podemos actuar con hipocresía de tal forma que, aparentando una fe que nos hiciese cercanos a Dios, llevásemos en realidad una vida lejos de Él.
Es entonces cuando se puede aplicar a esa clase de hipócritas las palabras con que Dios recriminaba a esa clase de gentes: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí.
Si hemos hecho nuestra la vida de Dios no dejemos vacío nuestro corazón; permitámosle a Dios que Él sea quien habite en nosotros, de tal forma que, siempre ocupada por Dios nuestra vida no haya espacio, en nosotros, para que nuevamente tome posesión en nuestro interior el autor del pecado.

En esta Eucaristía el Señor quiere hacerse huésped de nuestra vida. Él habitará en nosotros si es que nosotros le permitimos vivir en nuestro propio interior. Su presencia en nosotros no es algo ocioso. Quien participa de la vida y del Espíritu de Dios, es porque tiene una misión que cumplir: trabajar esforzadamente porque el Reino de Dios se extienda a más y más corazones.
Jesucristo nos pide no sólo reconocer nuestras miserias y pedir perdón sabiendo que Él es rico en misericordia. Nos pide que, al aceptar su perdón, abramos todo nuestro ser a su presencia en nosotros, de tal forma que, entrando en comunión de vida con Él, podamos convertirnos en un signo vivo de su amor en medio de nuestros hermanos.

Efectivamente, quien ha entrado en comunión de vida con Dios debe trabajar constantemente para que quienes han sido esclavizados por el mal se vean libres de aquello que los ha oprimido.
No sólo hemos de luchar por erradicar la pobreza, sino porque aquellos que la han causado abran sus ojos ante las miserias de sus hermanos, no se esclavicen a lo pasajero y sean más justos en la retribución que han de dar a sus trabajadores.
No sólo hemos de orar por la paz en el mundo, sino hemos de hacernos cercanía para quienes la han destruido, para que vivan con mayor lealtad el servicio al bien de la sociedad que está en sus manos; para hacer que todos vivan con mayor dignidad y no llevarlos hacia su propia destrucción.
No sólo hemos de pedirle a Dios que se viva conforme al Evangelio, hemos de tomar nuestra propia responsabilidad y convertirnos en aquellos que proclaman la Buena Nueva a todos y que viven conforme a los criterios del Evangelio que se anuncia.
Mientras nos arrodillemos piadosamente ante Dios, pero después actuemos en contra de la fe que decimos profesar, estaremos manifestando, con las obras, que quien habita en nosotros es Satanás, pues Dios estaría, en realidad, muy lejos de nosotros.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser esforzados constructores de su Reino entre nosotros para que, viviendo como hermanos, podamos, algún día, ser dignos de participar de la Gloria de Dios eternamente. Amén.

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