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DOMINGO
11 DE NOVIEMBRE
DOMINGO
II DE ADVIENTO
LECTURAS:
BAR 5, 1-9; SAL 125; FIL 1, 4-6. 8-11; LC 3, 1-6
TODOS
LOS HOMBRES VERÁN LA SALVACIÓN DE DIOS.
Comentando
la Palabra de Dios
Bar.
5, 1-9. Dios siempre está dispuesto a perdonarnos. Y aun
cuando a veces pareciera que bebiésemos del cáliz
de la amargura, Él jamás nos abandonará, sino
que saldrá a nuestro encuentro para convertirse en nuestro
protector, en nuestro guía y en nuestra escolta. A eso llega
su amor por nosotros.
Él quiere conducirnos seguros, en medio de un desierto plagado
de peligros, hasta la posesión definitiva de la Patria eterna.
Para eso tomó carne de nuestra carne; para eso dio su vida
por nosotros; para eso resucitó de entre los muertos; para
eso envió su Espíritu Santo a nuestros corazones.
Él, levantado en la cruz, ha atraído a todos hacia
sí para poder presentarnos ante su Padre Dios con toda la
pureza que requiere el Pueblo con el que Dios ha pactado una nueva
y definitiva alianza: Que Él sea nuestro Padre, y nosotros
sus hijos por nuestra unión a su único Hijo, Jesús.
Los que somos la Iglesia del Cordero, no hemos de dejar de ser esa
luz que el Señor ha encendido en el mundo y su historia para
que todos encuentre el camino llano que les conduzca al Padre Dios;
por eso, no podemos pasar por la vida complicándoles a los
demás su camino de fe, sino ayudándolos y fortaleciéndolos
para que alcancen la salvación que Dios ofrece a todos.
Sal.
126 (125) Dios ha hecho volver junto a Sí a su Hijo que vino
a nosotros, para sembrar en nuestros corazones la semilla de su
Palabra. La vida para nosotros no fue un trabajo sencillo y fácil
para Él. Él mismo derramó lágrimas ante
el rechazo del Pueblo que le esperaba, pero que, al venir a los
suyos, los suyos no lo recibieron.
Crucificado, muerto y sepultado, resucitó de entre los muertos.
Y vuelve al Padre cargado de todos los frutos que logró mediante
la entrega de su propia vida.
Los que seguimos sus huellas, cargando nuestra propia cruz, sabemos
que, antes que nada, su Palabra debe producir frutos abundantes
de salvación en nosotros. Y nosotros, a quienes Dios confió
el anuncio del Evangelio, no hemos de dar marcha atrás en
sembrar esa semilla, que es la única que salva, en el corazón
de todos, a pesar de que tengamos que pasar por momentos difíciles,
e incluso enfrentar la misma muerte como consecuencia del testimonio
que hemos de dar por nuestra fe. Sin embargo, al final podremos
volver a Dios, no con las manos vacías, sino con las manos
llenas, pues el tesoro que el Señor depositó en nuestras
manos, habrá producido fruto abundante, y seremos dignos
de participa de la gloria reservada a los siervos buenos y fieles.
Fil.
1, 4-6. 8-11. El día del Señor. Ojalá y nos
mantengamos limpios e irreprochables para ese momento. Y la mejor
forma de hacerlo es colaborando con el anuncio del Evangelio, realizado
con las palabras, las obras nacidas del amor que ha llenado nuestro
corazón, las actitudes que se amolden a las de Cristo, y
la vida convertida en un testimonio de la fe que profesamos.
Sin embargo no basta con proclamar la Palabra de Dios para que ésta
sea eficaz; antes que nada hemos de aprender a entrar en un diálogo
amoroso con Dios, no sólo para que nos ilumine y haga comprender
su Palabra, sino para que la vivamos en plenitud. Pero al mismo
tiempo hemos de orar por los demás, para que el Espíritu
Santo los ilumine y puedan comprender la Palabra que se les anuncie,
y, como consecuencia, pueda amoldar su vida a ella.
Lc.
3, 1-6. Dios constantemente se hace cercanía nuestra, personas
concretas, que tenemos una historia real, que vivimos en un tiempo
determinado.
Dios quiere que desaparezca de nuestro corazón no sólo
aquello que nos aleja de Él, sino también aquello
que nos divide de nuestros hermanos. Por eso, antes que nada, nos
invita a un sincero arrepentimiento.
Es necesario hacer un momento de desierto en nuestra propia vida,
para escuchar la voz de Dios que nos invita a rectificar nuestros
caminos. Dios no puede llegar a nosotros si antes no están
allanados los caminos. Por eso hemos de reconocer nuestros egoísmos,
o todo aquello que ha rebajado nuestra dignidad. Hemos de estar
dispuestos a ser renovados por el Señor, de tal forma que
recibamos la dignidad de hijos de Dios en Cristo y podamos caminar,
sin orgullos humanos, como personas que no sólo se han dejado
liberar por Cristo del Pecado, sino que se convierten en un signo
de la salvación de Dios para los demás.
La Iglesia de Cristo tiene como vocación continuar, en la
historia, la encarnación del Hijo de Dios, a quien vive unida
como los miembros de un cuerpo a su Cabeza.
Por eso, quien contemple a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, debe contemplarlo
a Él y sentir, por medio de ella, su amor protector, salvador
y misericordioso.
La
Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
Muchas
veces nos encontrábamos descarriados, como ovejas sin pastor,
lejos del Señor; pero Dios nos envió a su propio Hijo
para que, quienes creamos en Él, tengamos la oportunidad
de volver al camino recto; y no sólo como criaturas renovadas
y liberadas del pecado, sino elevadas a la dignidad de hijos de
Dios y hechos partícipes de su mismo Espíritu Santo,
que nos capacita para entrar en diálogo amoroso con Dios,
y poder alcanzar su misma perfección, si permanecemos firmemente
unidos al Hijo de Dios, hecho uno de nosotros.
En la Eucaristía se fortalecen nuestros lazos de Comunión
con Cristo. Su presencia en nosotros es una presencia transformante,
que no sólo nos hace estar alegres y esperanzados en su presencia,
sino que nos hace caminar en el bien, adornados y resplandecientes
con la vida de la Gracia, y poseyendo en nosotros las arras del
Espíritu.
Los que hemos escuchado la voz del Señor que nos convoca,
y nos hemos reunidos en su presencia, debemos tener la disposición
de que Él lleve a su perfección su obra de salvación
que ya ha iniciado en nosotros, pues no sólo nos llamó
para manifestarnos su amor y sus caminos de salvación, sino
para transformarnos, como criaturas nuevas, en hijos de Dios, por
nuestra unión cada vez más plena a Él.
La
Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida
del creyente.
¿Acaso
una Iglesia, poseyendo todos los bienes que proceden de Dios, y
manifestándolos en su vida diaria, no será una Iglesia
que realmente vea venir hacia ella a todos los que Dios ha llamado
para que sean sus hijos?
Por eso, antes que nada, hemos de propiciar en nosotros unos momentos
de silencio interior para darle una nueva orientación a nuestra
vida.
Dios quiere que vivamos y caminemos en el amor. Tal vez hayan muchas
cosas que le hayan impedido al Señor hacer su morada en nosotros,
o que hayan cerrado el corazón al amor al prójimo.
El Señor que se acerca no puede realmente vivir en nosotros
cuando en lugar de escoger lo mejor nos hayamos ido tras las obras
que nos llenan de injusticias, y que no sólo ofenden a Dios,
sino que también ofenden o denigran la dignidad de nuestro
prójimo.
Cristo se acerca a nosotros para liberarnos de nuestras esclavitudes
y darnos la paz, darnos un cántico nuevo de alabanza y gratitud.
Dios, por medio de su Hijo Encarnado, ha hecho grandes cosas por
nosotros, Santo es su Nombre. Ojalá y, unidos a Él,
tanto disfrutemos del amor que nos ha manifestado, como seamos portadores
de todos los bienes de que hemos sido objetos en el amor de Dios.
Que
Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima
Virgen María, nuestra Madre, la gracia de tener un corazón
siempre bien dispuesto para recibir a su Hijo como huésped
en nuestra vida; y que al recibirlo a Él aprendamos también
a recibir a nuestro prójimo con el mismo amor que decimos
tenerle a Cristo. Así podremos realmente ser un Pueblo siempre
dispuesto a recibir al Señor que se acerca en toda persona
de buena voluntad que busca encontrarse con Él. Amén.
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