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DOMINGO 10 DE AGOSTO
DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS: 1RE 19, 9. 11-13; SAL 84; ROM 9, 1-5; MT 14, 22-33
VERDADERAMENTE TÚ ERES EL HIJO DE DIOS.
Comentando la Palabra de Dios
1Re. 19, 9. 11-13. No podemos crearnos una imagen falsa de Dios.
Dios es lo que es y no nuestras imaginaciones, muchas veces pensadas
conforme a nuestros requerimientos personales, religiosos o sociales.
Ya Dios, al pasar frente a Moisés dijo de sí mismo
que es misericordioso y fiel, siempre dispuesto a perdonar a quien
se arrepiente. Dios no es huracán que todo lo destruye, no
es terremoto que todo lo derrumba, no es fuego que todo lo consume.
Dios es bondad, misericordia, paz y amor siempre fiel. Es como una
suave brisa que reconforta a quienes lo aman y a quienes Él
ama. Él se presentó entre nosotros en la fragilidad
de nuestra naturaleza; hecho uno de nosotros no vino a destruirnos,
por muy pecadores que seamos, sino a buscarnos para salvarnos a
costa, incluso, de la entrega de su propia vida. No es el Dios contra
nosotros, sino el Dios-con-nosotros.
Por eso nosotros, que creemos en Él y vivimos en comunión
de vida con Él, jamás nos podemos levantar en contra
de nuestro prójimo; no podemos juzgarlo ni condenarlo; no
podemos convertirnos en falsos mesías, queriendo limpiar
al mundo de pecadores mediante la violencia ejercida en contra de
ellos. El Señor nos ha enviado a llevar la Buena Noticia
del amor a todos los pueblos, y, al igual que Él, a buscar
y salvar todo lo que se había perdido.
Sal. 85 (84). Continuamente nos encaminamos hacia nuestra plenitud
en Cristo, el Hombre Perfecto, el Hijo de Dios hecho Hombre, el
único Camino que nos une al Padre y nos hace participar de
su misma Vida. Aquel que cada día va siendo transformado
en Dios, no por naturaleza, sino por participación, hasta
donde le sea dado a nuestra naturaleza por obra del Espíritu
Santo, ha de manifestar la misericordia, la verdad, la justicia,
la paz y el amor de Dios a todos aquellos con quienes se relacione
a través de su vida.
Ser fieles a Dios no puede desligarnos de nuestras responsabilidades
temporales. Ser fieles a Dios no puede encerrarnos en los templo
y mantenernos de rodillas en la presencia del Señor. Ser
fieles a Cristo nos hace participar, además, de la misma
misión salvadora que Él recibió del Padre.
Por eso hemos de escuchar la Palabra de Dios y, hecha nuestra, la
hemos de transmitir a los demás como palabra de paz, no de
odio, de desprecio, de injusticia ni de división para el
mundo.
Dios ha sembrado su Palabra en nosotros; no la ahoguemos con nuestras
preocupaciones por lo pasajero, sino que dejemos que dé abundantes
frutos de salvación para que, desde la Iglesia, el mundo
entero experimente el amor de Dios.
Rom. 9, 1-5. Recordamos aquella afirmación de Jesús
hecha a la Samaritana: La salvación viene de los judíos.
Pues, efectivamente, de ellos procede Cristo según la carne.
¿Tendrá algún caso el que el Padre Dios, cumpliendo
las promesas hechas a los antiguos padres, haya enviado a su Hijo
para que, encarnado, nos salvara, si al final muchos de su Pueblo
no lo aceptaron? A pesar de su cerrazón, los Israelitas son
los primeros en ser llamados a la salvación en Cristo. Y
aun cuando no todos aceptaron a Cristo, hubo un pequeño resto
fiel que sí lo hizo. Tenemos la esperanza de que algún
día todas las gentes reconozcan al Salvador, Cristo Jesús.
Pablo, muchas veces rechazado por ellos, continuaría toda
su vida preocupándose por encaminarlos a Cristo; hoy nos
dice que, incluso, estaría dispuesto a ser considerado un
anatema de Cristo (Separado de Cristo) si eso ayudara a la salvación
de los de su pueblo y raza.
Nosotros no podemos conformarnos con vivir nuestra fe de un modo
personalista, sino que nos hemos de esforzar constantemente en cumplir
con la misión que el Señor nos ha confiado: Hacer
que todos los hombres se salven en Cristo; pero ¿Realmente
estamos dispuestos a ser condenados con tal de salvar a quienes
viven rechazando a Cristo?, ¿Estamos dispuestos a cargar
como nuestros sus pecados, y hacer nuestras sus pobrezas y enfermedades?
¿Estamos dispuestos a padecer por Cristo sabiendo que Él
está presente en nuestros hermanos? ¿Hasta dónde
amamos? ¿Realmente hasta que nos duela? o ¿Sólo
anunciamos el Nombre de Dios y volvemos a nuestras comodidades y
a nuestra vida muelle y poltrona? ¿Cuál es nuestro
compromiso de fe?
Mt. 14, 22-36. Pasar a la otra orilla, e iniciar la travesía
para alcanzarla. Todos fijamos la mirada en un más allá
donde culminen nuestros deseos y esperanzas. Hacemos planes para
lograr nuestras metas y objetivos. Tal vez partimos solos, mientras
Jesús, a quien dejamos sólo, sube a orar ante su Padre
Dios por nosotros; finalmente Él jamás nos ha abandonado.
Cuando la oscuridad, el desánimo y las contrariedades de
la vida están a punto de hacernos dar marcha atrás
en lo que pretendemos, Él se acerca no como un juez implacable
que viene a juzgarnos, a castigarnos y a espantarnos. Él
es el Dios misericordioso que nos invita a no tenerle miedo sino
a recibirlo como compañero de viaje en la barca de nuestra
propia vida, de nuestros trabajos, de nuestros logros y aparentes
fracasos. Él se define como YHWH (Yo Soy).
Dios se acerca a nosotros despojado de todo, hecho uno de nosotros
para tendernos la mano cuando el mal, el pecado y la muerte amenazan
con acabar con nosotros. El verdadero discípulo de Jesús
no puede trabajar al margen del Señor. Ojalá y los
apóstoles se hubiesen quedado con Jesús, y junto con
Él hubiesen subido al monte a orar para después partir,
junto con Él, hacia la otra orilla; entonces las cosas habrían
sido diferentes desde el principio.
No partamos solos hacia la realización de nuestra vida y
hacia el cumplimiento de la Misión que el Señor nos
ha confiado: hacer llegar el Evangelio de la gracia hasta el último
rincón de la tierra. Aprendamos a unirnos en intimidad con
Dios por medio de la oración humilde y sencilla. Aprendamos
a partir junto con Él, fortalecidos por su Espíritu
Santo, a proclamar su Nombre y a abrirle paso al Reino de Dios entre
nosotros.
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
Al celebrar la Eucaristía el Señor no sólo
quiere alimentarnos con el Pan de Vida, sino que quiere impulsar
nuestra existencia para que trabajemos incansablemente a favor del
Reino de los cielos. Este es el momento más importante de
la vida de la Iglesia.
Efectivamente la Iglesia se construye en torno a la Eucaristía;
en ella nos encontramos personalmente con el Señor. Él
conoce nuestras heridas; las que ha abierto en nosotros el pecado.
Sin embargo el Señor nos sigue amando y en este Memorial
continúa entregando su Cuerpo y derramando su Sangre para
el perdón de nuestros pecados.
Mientras aún es tiempo aprovechemos este tiempo de gracia
del Señor, pues si confiamos en Él nos reconstruirá
y hará que seamos una digna Morada suya; entonces su Iglesia
realmente proclamará el Nombre del Señor para salvación
de todos no sólo con sus palabras, sino con el testimonio
de la propia vida.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida
del creyente.
Unidos a Cristo debemos retornar a nuestras labores cotidianas
no como derrotados por el mal, sino como participantes de la Victoria
de Cristo sobre el pecado y la muerte. Esto nos ha de poner en camino
para luchar por el bien de nuestros hermanos.
En medio de sus desánimos, de las heridas que ha abierto
en ellos la injusticia, la pobreza, o las maldades y vicios, hemos
de ser para ellos el signo de la cercanía de Dios, que llega
a ellos no para asustarlos, no para amenazarlos, no para dirigirles
una diatriba, sino para manifestarles el amor que el Señor
les sigue teniendo; y esto no se los anunciaremos sólo con
palabras, sino con las obras que serán como un tenderles
la mano para que no se los trague el abismo.
Sabiendo que la Iglesia es guiada por el Espíritu Santo,
que ha sido derramado en nosotros, seamos constructores de un Pueblo
Nuevo en el que brille la paz, la justicia y la misericordia para
el mundo entero. Esto nos debe llevar a trabajar no sólo
bajo nuestras propias luces, sino a la Luz del Señor que
llegará a nosotros mediante la oración sincera, oración
comprometida que nos ponga al servicio del bien de nuestro prójimo.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber reconocernos pecadores; pero también la gracia de
saber confiar en su amor, no sólo para sentirnos amados y
perdonados, sino comprometidos en la construcción de su Reino
ya desde ahora entre nosotros. Amén.
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