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DOMINGO 17 DE AGOSTO
DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS: IS 56, 1. 6-7; SAL 66; ROM 11, 13-15. 29-32; MT 15, 21-28
MUJER, ¡QUÉ GRANDE ES TU FE! QUE SE CUMPLA LO QUE
DESEAS.
Comentando la Palabra de Dios
Is. 56, 1. 6-7. Por medio de Jesús, Dios se ha hecho cercanía
del hombre. Dios jamás ha abandonado a los suyos. Para los
Israelitas la Palabra de Dios se ha hecho Ley que los guía;
por eso tratan, no sólo de entenderla, sino de cumplirla
hasta los más mínimos detalles, y le entonan cantos
de alabanza. Para algunos Israelitas más abiertos al Señor,
su Palabra también ha tomado cuerpo en los profetas, a quienes
escuchan como al mismo Dios y se dejan conducir por Él.
Llegada la plenitud de los tiempos la Palabra se hizo carne y habitó
entre nosotros, no sólo mostrándonos el camino que
nos conduce al Padre, sino haciéndose Camino, Verdad y Vida
para nosotros para que lleguemos al Monte Santo y nos llenemos eternamente
de alegría en nuestro Dios y Padre.
En nuestros días la Palabra se ha hecho Iglesia, no al margen
de Jesús, pues lo tiene a Él por Cabeza. A la Iglesia
corresponde la responsabilidad de continuar haciendo presente en
la historia al Hijo Encarnado, Salvador de todo. Dios así
ha querido exaltar a los humildes y humillar hasta el suelo a los
poderosos para que sirvan de camino que pisan los pies de los humildes
y los pobres.
Ojalá y, fortalecidos y guiados por el Espíritu de
Dios, nos mantengamos fieles al Señor y seamos, en verdad,
la manifestación del Reino de Dios en nuestro mundo, no humillados,
sino exaltados a la diestra del Padre por nuestra fe en Cristo Jesús.
Sal. 67 (66). Que Dios tenga piedad de nosotros y nos bendiga.
Él nos ha unido a sí mismo por medio de Jesús,
su Hijo, constituido en Cabeza de la Iglesia. En Él nosotros
participamos de la Vida de Dios. Unidos a Él a nosotros corresponde
hacer conocer a toda la tierra la bondad del Señor y su obra
salvadora.
El anuncio del Evangelio no nos llevará sólo a transmitir
conocimientos eruditos a los demás acerca de Aquel que es
la Palabra encarnada, sino que nos hará, sobre todo, entregar
a Cristo para que habite en cada una de las personas de todos los
tiempos y lugares. Sólo entonces haremos llegar, no sólo
el conocimiento del Evangelio, sino el Evangelio mismo, que es Cristo,
para que ilumine y salve a todos los pueblo. Sólo entonces
dejaremos de ser portadores de dolor, de sufrimiento y de muerte,
y nuestra vida, al igual que la de todas las naciones, se convertirá
en un canto de alabanza, continuamente elevado hacia nuestro Dios
y Padre. Entonces la bendición, la paz y la alegría
eterna, que Dios da a los que le viven fieles, serán nuestras
ya desde ahora, y después en el gozo eterno.
Rom. 11, 13-15. 29-32. El que diga que no tiene pecado es un mentiroso,
pues la Verdad no está en él. A pesar de vivir como
enemigos de Dios, Él nos envió a su propio Hijo para
reconciliarnos con Él y hacernos, junto con Él, hijos
suyos. Quienes nacimos sin pertenencia al pueblo de los Israelitas,
pertenecíamos a un pueblo rebelde, pecador y sin esperanza.
Pero los judíos, al rechazar a Cristo, entraron también
ellos a formar parte de los rebeldes contra Dios. Todos, judíos
y no judíos, hemos recibido una manifestación de la
Misericordia Divina, pues, gracias a la obediencia de un sólo
hombre, Cristo Jesús, hemos sido salvados.
Todo cae dentro del plan salvador de Dios, de quien proviene todo,
por quien todo ha sido hecho, y hacia el que se orienta todo. Orientemos
hacia Él nuestra vida y no continuemos siendo rebeldes al
Señor. Dejemos que su salvación llegue a nosotros
y nos haga criaturas nuevas, que manifiesten con sus buenas obras
que en verdad hemos aceptado la gracia y la misericordia de Dios
en nuestra vida.
Mt. 15, 21-28. Jesús es el Enviado del Padre para reunir
a los hijos que el pecado había dispersado. Él es
consciente de que ha venido como el Pastor que busca, incansablemente,
a las ovejas que se han extraviado. Su ministerio se desenvuelve
conforme a la cultura de su tiempo. Por eso nos da a entender que
el Mensaje de salvación debería ser anunciado primero
a los judíos. Llegará el momento en que envíe
a sus discípulos a anunciar el Evangelio hasta el último
rincón de la tierra. Ese Mensaje de Salvación no es
sólo para ser escuchado, sino para liberar al hombre de sus
ataduras al pecado y a la muerte. Y esto con la finalidad de que
todos seamos criaturas nuevas en Cristo. El Señor, a quienes
no pertenecíamos al Pueblo de los elegidos, no nos dio las
migajas que caen de la mesa de los hijos, sino que nos sentó
a su Mesa para que podamos disfrutar en plenitud de la Vida de Dios
y de la participación de su Espíritu Santo. Sólo
si tenemos puesta nuestra fe en Cristo podremos, por nuestra unión
a Él, llegar a ser hijos de Dios.
Vivamos no sólo como quienes esperan de Dios sus dones, sino
como quienes, al recibir la vida de Dios se preocupan, a impulsos
del mismo Espíritu Santo, en hacerla llegar a todos, sin
darnos jamás descanso en ello, y sin rechazar a alguien por
su cultura, ni por su condición social, ni por sus miserias
y pecados. Sabemos que muchas veces nuestra fe es puesta a prueba;
sin embargo jamás desconfiemos del Señor, pues Él
nos ama y está siempre dispuesto a velar por nosotros, que
somos sus hijos.
Recordemos que nuestra fe se engrandece sólo cuando seguimos
amando a Dios y confiando en Él a pesar de que tengamos que
pasar por momentos demasiado arduos y difíciles.
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
El Señor nos convoca para sentarnos a su Mesa y alimentarnos
con su Palabra y con el Pan de Vida. Ese alimento no es sólo
para que lo guardemos como un don para nosotros. El Señor
nos quiere apóstoles suyos. Por eso a quienes llamó
los purificó; a quienes purificó los llenó
de su Vida y a quienes llenó de su Vida los envió
como testigos suyos en el mundo a través de la historia.
Nosotros hemos venido en este día a participar de la Vida
que el Señor nos ofrece. Y venimos con la intención
de dejar a un lado nuestros ídolos. Nuestro corazón,
en adelante, sólo ha de pertenecer al Señor. Él
será el centro de nuestra vida, de nuestro amor y de nuestra
entrega en favor de los demás. No sólo contemplamos
la entrega de Cristo por nosotros.
Sabemos que, por nuestra unión a Él, también
nosotros hemos de tomar nuestra cruz de cada día e ir tras
sus huellas.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida
del creyente.
Por eso los que participamos de la Mesa del Señor no podemos
volver a nuestra vida diaria para sentarnos en la mesa de los demonios.
Si somos sinceros en nuestra unión con Cristo deben haber
quedado atrás nuestras maldades y vicios. Si antes fuimos
unos malvados, ahora, renovados en Cristo, hemos de vivir de un
modo santo y justo.
Es verdad que estando en una continua relación con el mundo
muchas veces encontraremos la ocasión de ser injustos y de
hacer el mal a los demás. El Señor nos invita e impulsa
diciendo: En el mundo tendréis muchas tribulaciones; pero
¡ánimo! no tengan miedo, yo he vencido al mundo. Si
muchas veces nos encontramos con personas que tal vez se han vuelto
enemigos nuestros, no los despreciemos; no pasemos de largo ante
su dolor, ante su pobreza, ante su sufrimiento, ante sus desesperanzas
diciendo que si ellos se lo buscaron, ellos lo encontraron.
Cristo nos invita a dar, no sólo las migajas de nuestro amor,
de nuestra ayuda; sino a dar incluso nuestra propia vida, como Él
lo hizo por nosotros, para que los demás recobren su dignidad
y vivan como hijos de Dios y hermanos nuestros.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de vernos y amarnos como hermanos, velando unos por otros y preocupándonos
de hacer el bien a todos, especialmente a los más desprotegidos,
o a los que viven lejos del Señor, hasta que, todos juntos,
podamos sentarnos eternamente a la Mesa de nuestro Dios y Padre.
Amén.
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