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DOMINGO 20 DE JULIO
DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS: SAB 12, 13. 16-19; SAL 85; ROM 8, 26-27; MT 13, 24-43
LOS JUSTOS BRILLARÁN COMO EL SOL EN EL REINO DE SU PADRE.
Comentando la Palabra de Dios
Sab. 12, 13. 16-19. El Señor, nuestro Dios, se muestra siempre
con nosotros como un Padre lleno de amor y de ternura. Él
conoce nuestra fragilidad. Él sabe que muchas veces nuestros
caminos no han sido rectos; que hemos sido infieles a su Alianza
con nosotros. Sin embargo Él jamás nos ha abandonado,
ni dado marcha atrás en el amor que nos tiene.
Por eso hemos de estar atentos a su amor, a dejarnos amar por Él,
de tal forma que dejemos que Él se convierta en el Huésped
central de nuestra vida. A partir de ese nuestro encuentro con el
Señor y de su permanencia en nosotros, hemos de saber escuchar
con un amor fiel su Palabra, de tal forma que, meditándola
en nuestro corazón, dejemos que tome carne en nosotros, hasta
llegar a convertirnos nosotros mismos en un Evangelio viviente del
Padre para toda la humanidad. Dios nos llama para que estemos con
Él.
Ojalá y escuchemos hoy su voz y no seamos rebeldes a sus
enseñanzas. El Señor espera de nosotros una sincera
conversión, un reconocimiento de nuestras miserias y una
gran confianza en su misericordia, pues Él no es un enemigo
a la puerta de nuestra vida, sino nuestro Dios y Padre, siempre
dispuesto a perdonarnos y a recibirnos con amor de Padre, a nosotros,
a quienes ha hecho hijos suyos por nuestra fe y unión, por
medio del Bautismo, a su Hijo Jesús.
Entonces, no por nuestros méritos, sino por pura gracia,
brillaremos e iluminaremos al mundo con la misma Luz de Dios, que
habita en nosotros.
Sal. 86 (85). Dios nos ama. Dios siempre está a nuestro
lado como una muralla inexpugnable. Dios nos protege y nos salva.
Nosotros no sólo hemos de invocar su Santo Nombre, como si
fuese algo mágico, para logra la protección y la gracia
de nuestro Dios. A nosotros, más bien, corresponde vivir
en la presencia de nuestro Dios y Padre como hijos suyos, de tal
forma que, a través de nuestras buenas obras, manifestemos
que realmente el Señor habita en nosotros. Hechos uno con
Cristo, único camino de salvación para nosotros, único
Camino y Nombre con que nos unimos a Dios, vivamos en el amor fiel
a Aquel que nos ha amado hasta entregar su Vida por nosotros para
que, purificados de todo pecado, permanezcamos con Él para
siempre, disfrutando de la misma Gloria que le corresponde como
herencia por ser el Hijo único del Padre.
Si Dios nos ha amado tanto, y si nosotros lo amamos e invocamos
su Santo Nombre ¿acaso seremos abandonados por Él?
Si le somos fieles tengamos fe en que Él estará siempre
con nosotros y nos concederá cuanto le pidamos para encaminarnos
con seguridad a la posesión de los bienes definitivos.
Rom. 8, 26-27. Jesús es el Hijo amado en quien el Padre
se complace. Él es el Hijo obediente que, por medio de su
entrega y de su muerte, de su sufrimiento, llegó a la perfección
siendo glorificado a la diestra de su Padre Dios. Él cumplió
con amor su Misión Salvadora a favor nuestro. Por eso ahora
tiene un Nombre que está por encima de todo nombre. Y el
Padre Dios nos ha llamado para que participemos de la misma Gloria
de su Hijo. Nuestra vocación final mira hacia nuestra glorificación
junto con Cristo. Pero mientras llega ese momento, caminamos hacia
ella en medio de tentaciones y persecuciones.
Sólo el Espíritu Santo, que habita en nosotros, podrá
pedir, desde nosotros, lo que mejor nos convenga para no detenernos,
para no dar marcha atrás, o para no abandonar ese camino
de perfección que hemos iniciado en Cristo Jesús.
Por eso, reconociendo nuestra debilidad y fragilidad humanas estemos
siempre dispuestos a dejarnos fortalecer y guiar por el Espíritu
Santo, que Dios ha derramado en nuestros corazones.
Mt. 13, 24-43. Dios ha sembrado la Buena Semilla de su Palabra
en todos nosotros, que somos la arada del Señor. Sin embargo
a veces, en lugar de aparecer el fruto del buen trigo podríamos
manifestarnos como personas que no sólo produzcan frutos
venenosos, sino que incluso lleguen a convertirse en aquellos que
inducen a otros al mal, convirtiéndonos así, no en
sembradores de la Buena Semilla del Evangelio, sino en sembradores
del mal, del pecado y de la muerte.
A pesar de que seamos grandes pecadores, de tal forma que llegásemos
incluso a pensar que ya no tenemos perdón de Dios, sepamos
acogernos al trono de Gracia y de la Misericordia de Dios. Él
siempre está dispuesto a perdonarnos.
Y aun cuando el Reino de Dios se inicie entre nosotros como la más
pequeña de las semillas, si le permitimos anidar en nosotros,
algún día será como el más grande de
los árboles, capaz, incluso de dar cobijo, seguridad, a los
demás, llegándoles a manifestar el mismo amor que
nosotros hemos recibido de Dios. Entonces podremos dar testimonio
de nuestra fe mediante obras de un amor auténtico hacia nuestro
prójimo, y estaremos colaborando para que el Reino de Dios
se extienda a más y más corazones. Efectivamente unidos
a Cristo, purificados de nuestros pecados y llenos del Espíritu
Santo, el Señor hará que en verdad seamos fermento
de santidad en el mundo para que poco a poco vayamos ganando a todos
para Cristo.
Sólo entonces podremos decir que realmente somos personas
que creemos en Cristo Jesús como Señor y Salvador
nuestro.
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
En esta Eucaristía el Señor nos manifiesta su amor
y su misericordia. Él nos ha convocado para que estemos con
Él y recibamos su perdón, su amor y su paz. Él
quiere reconciliarnos para que volvamos a ser, a vivir y a caminar
nuevamente como hijos suyos. Él jamás nos guardará
rencor, pues no es un enemigo a la puerta, sino nuestro Dios y Padre
que jamás ha dejado de amarnos. En la Eucaristía el
Señor nos quiere como un campo bien dispuesto a dejar que
se siembre en él el Evangelio de salvación.
El Señor espera de nosotros los buenos frutos del amor, de
la verdad y de la vida. Hoy nos reúne el Señor para
celebrar este Misterio de Vida que nos ofrece convertido para nosotros
en Pan de Vida eterna. La levadura que fermenta la Eucaristía
para que sea Pan de Vida es el mismo Espíritu de Jesús.
Quienes nos alimentamos de Él somos transformados en el Hijo
de Dios, que continúa entregando su vida y derramando su
sangre para el perdón de los pecados del mundo entero por
medio de su Iglesia; por eso celebremos esta Eucaristía,
y vivamos en el mundo como una Iglesia convertida en el Memorial
salvífico del Señor para todos, de tal forma que todos
encuentren en nosotros la paz, la seguridad y la alegría
para sus vidas.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida
del creyente.
El Señor quiere que nosotros seamos los primeros involucrados
en vivir como Evangelios vivientes del Padre. La Palabra de Dios
se ha de hacer realidad en nosotros. Dios conoce hasta lo mas íntimo
de nuestro ser. Ante Él no podemos llegar con exterioridades
ni hipocresías. Ante Él llegamos con un corazón
humilde y dispuesto a dejarse salvar por Él. Ante Él
retomamos nuestro compromiso de pasar haciendo el bien a todos.
Sólo siendo un signo creíble del amor de Dios para
nuestros hermanos podremos decir que al final, por gracia de Dios,
seremos almacenados como buen trigo en los Graneros eternos, pues
ya desde esta vida estaremos manifestando que somos buen trigo de
Cristo.
Nuestro corazón debe ser como un buen terreno que acoja a
Aquel que es la Palabra, para que produzca en nosotros abundantes
frutos de salvación. A partir de esa presencia del Señor
en nosotros hemos de procurar el bien para todos, pues hemos sido
llamados y enviados para hacer nuestra la misma Misión de
Cristo: Salvar todo lo que se había perdido. Por eso la Iglesia
jamás puede rechazar a alguna persona. Todo aquel que se
acerque a ella debe encontrar apoyo para su vida y la posibilidad
de desarrollarse plenamente. Más aún, debe encontrar
la capacidad de convertirse en alimento sustancioso y no venenoso
para cuantos le traten. El Señor espera que su Iglesia sea
fiel a la fe que profesamos en Él y a la Misión que
nos ha confiado.
Nosotros hemos de amar y servir como hemos sido amados y servidos
por Cristo. Lejos de Él tal vez sólo lleguemos a ser
unos charlatanes del Evangelio y no Profetas, Testigos de Dios,
y lo único que daríamos a luz sería viento
y no hijos de Dios, pues estos no nacen del orgullo de la ciencia
del hombre, sino de la humildad y de la sencillez con que actúa
el Espíritu Santo en el seno de su Iglesia, convertida por
Él en fermento de santidad en el mundo.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de vivir plenamente en comunión con Cristo Jesús,
para que sea Él quien continúe realizando su obra
salvadora en el mundo por medio de su Iglesia. Amén.
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