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DOMINGO 24 DE AGOSTO
DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS: IS 22, 19-23; SAL 137; ROM 11, 33-36; MT 16, 13-20
Y USTEDES ¿QUIÉN DICEN QUE SOY YO?
Comentando la Palabra de Dios
Is. 22, 19-23. Jesús, mientras era juzgado por Pilatos,
le dijo: "No tendrías ninguna autoridad sobre mí
si no se te hubiera dado de lo alto." Y antes a sus discípulos
les había dicho: "El que de ustedes quiera ser el mayor
que se convierta en el menor y en el servidor de todos, así
como el Hijo del Hombre que no vino a ser servido, sino a servir
y a dar su vida por todos."
Por desgracia la megalomanía, es decir, el afán enfermizo
de poder, puede ser causa de grandes injusticias, pues no se busca
el servicio a los demás, sino el brillar a costa de ellos,
aun cuando para ello se les tengan que pisotear sus derechos fundamentales.
Jesucristo, el Dios Todopoderoso y Hombre Perfecto, nos ha manifestado
su grandeza a través de su cercanía a nosotros, y
de la entrega de su propia vida para que nosotros tengamos vida
y seamos elevados, junto con Él, a la gloria que le corresponde
como a Hijo unigénito del Padre. El camino de los que creemos
en Él no puede confundirse con la forma de gobernar de los
poderosos de este mundo.
Nosotros hemos de amar y servir a la misma altura como nosotros
hemos sido beneficiados por nuestro Salvador Jesucristo. Quien vaya
por otro camino no puede decir que esté abriendo las puertas
de la gloria, sino que estará cerrando para sí mismo
la posibilidad de reinar junto con Cristo, no como opresor, sino
como signo de amor verdadero, incluso a costa de la entrega de la
propia vida a favor de los demás.
Sal 138 (137). Dios es amor. Es amor misericordioso y siempre fiel.
Él conoce nuestras fragilidades. A Él no se le ocultan
nuestros pecados. Y a pesar de conocer lo más profundo de
nuestro ser y lo más secreto de nuestra vida, jamás
ha dejado de amarnos. Él se manifiesta para con nosotros
como un Padre, lleno de amor y de ternura para con sus hijos. Si
nosotros nos gloriamos de tener a Dios por Padre no podemos proceder,
en nuestro trato con nuestro prójimo, de un modo distinto
a como nosotros hemos sido amados por Dios. Jesús nos dice:
"Les he dado ejemplo, para que así como yo los he amado
se amen los unos a los otros."
Vivamos ante Dios con un corazón agradecido por todos los
beneficios que de Él hemos recibido. Y que nuestra gratitud
a Él no consista únicamente en nuestros cantos de
alabanza y en nuestra adoración, sino también en el
servicio, lleno de amor, hacia nuestros hermanos, especialmente
hacia los pobres, marginados y despreciados. Entonces toda nuestra
vida se convertirá en una continua alabanza del Nombre de
nuestro Dios y Padre. Sea Él bendito por siempre.
Rom. 11, 33-36. El que diga que no tiene pecado es un mentiroso,
pues la Verdad no está en él. A pesar de vivir como
enemigos de Dios, Él nos envió a su propio Hijo para
reconciliarnos con Él y hacernos, junto con Él, hijos
suyos. Quienes nacimos sin pertenencia al pueblo de los Israelitas,
pertenecíamos a un pueblo rebelde, pecador y sin esperanza.
Pero los judíos, al rechazar a Cristo, entraron también
ellos a formar parte de los rebeldes contra Dios.
Todos, judíos y no judíos, hemos recibido una manifestación
de la Misericordia Divina, pues, gracias a la obediencia de un sólo
hombre, Jesucristo, hemos sido salvados. Todo cae en el plan de
Dios, de quien proviene todo, por quien todo ha sido hecho, y hacia
el que se orienta todo. Orientemos hacia Él nuestra vida
y no continuemos siendo rebeldes al Señor. Dejemos que su
salvación llegue a nosotros y nos haga criaturas nuevas,
que manifiesten con sus buenas obras que en verdad hemos aceptado
la gracia y la misericordia de Dios en nuestra vida.
Mt. 16, 13-20. No basta con verter conceptos precisos acerca de
lo que es Jesús. Tal vez uno sepa mucho acerca de Él
por los estudios realizados. Pero la fe no puede basarse únicamente
en eso. La Iglesia, con Pedro a la Cabeza, no es transmisora sólo
de verdades teológicas o dogmáticas.
La Iglesia no ha sido enviada sólo a ilustrar la mente de
los demás, sino principalmente a salvarlos desde la propia
experiencia del caminar con Jesús, de conocerlo como se conoce
a un amigo, y de amarlo entrañablemente, haciendo nuestra
su vida y la misión que Él recibió del Padre.
Por eso Jesús, una vez que ha recibido la respuesta de Pedro
y que lo ha constituido en Piedra de la Iglesia, le indica que se
ponga atrás de Él para que, cargando su propia cruz,
experimente lo que es realmente amar hasta entregar la vida por
los demás para salvarlos, pues finalmente esa será
la Misión de la Iglesia que el Señor encomendará
a Pedro. Y Pedro no podrá sólo enseñar a la
Iglesia la verdad sobre Jesucristo, sino que le enseñará
a amar y a dar la vida para que la humanidad entera tenga vida,
por medio de ella, como instrumento de salvación en manos
de Dios.
Aprendamos, pues, a vivir conforme a los criterios de Dios y no
conforme a los criterios de los hombres.
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
El Señor nos reúne para celebrar su Victoria sobre
el pecado y la muerte. No nos encontramos ante un rey meramente
humano. El Reino de los cielos no nos desliga de la tierra, pero
tampoco nos hace olvidar los bienes eternos. Ante el seguimiento
de Cristo no podemos sentirnos seguros de la salvación conforme
a los criterios mundanos.
Los que colaboran con los gobernantes de este mundo muchas veces
gozan de inmunidad ante sus canalladas. Los que colaboramos con
Cristo no podremos escapar del juicio de Dios si sólo nos
quedamos en una fe superficial, tal vez instruyendo a los demás
como maestros, pero viviendo con una gran hipocresía cargando
el peso de la fe sobre los demás, mientras nosotros no la
hemos vivido en lo más mínimo.
Hemos de aprender a ir tras de Jesús para no sólo
convertirnos en predicadores, sino en testigos de la Buena Nueva
de salvación. Este es el compromiso que adquirimos al entrar
en comunión de vida con el Señor en esta Eucaristía.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida
del creyente.
Dios se ha mostrado misericordioso para con nosotros. Él
nos ha hecho participar de su Vida y de su Espíritu. Su amor
en nosotros nos ha identificado con el Señor, de tal forma
que nos ha convertido en un signo de Él ante el mundo entero.
Toda esta Gracia recibida de Dios debemos no sólo anunciarla
con los labios, sino dar testimonio de la misma desde una vida que
se convierta en la Revelación de Dios, desde su Iglesia,
para todos. La Iglesia, por eso, no sólo es Maestra de la
humanidad en cuanto a que es depositaria de la verdad para transmitirla
a los demás, sino que también es Madre en cuanto que
engendra a los hijos de Dios por obra del Espíritu Santo,
comunicándoles la Vida que ella misma ha recibido de Dios.
Al responder personalmente sobre quién es Jesús para
nosotros, nos estamos involucrando y reflejando en nuestra respuesta.
Quien sólo dé una respuesta conceptual estará
indicando su falta de fe y de compromiso con el Señor. Quien
responda con sus obras, actitudes y vida amando y preocupándose
del bien de todos, tal vez no sepa explicar muy bien su respuesta
con palabras, pero sus obras estarán diciendo que Cristo
ocupa el centro de su existencia.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de ser verdaderos testigos del Evangelio, de tal forma que no nos
conformemos con anunciarlo con los labios, sino con las obras y
con nuestra vida misma. Amén.
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