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DOMINGO 27 DE JULIO
DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS: 1RE 3, 5-13; SAL 118; ROM 8, 28-30; MT 13, 44-52
TODO ESCRIBA INSTRUIDO EN LAS COSAS DEL REINO DE LOS CIELOS ES
SEMEJANTE A UN PADRE DE FAMILIA.
Comentando la Palabra de Dios
1Re 3, 5-13. Como fruto de la oración sincera ante Dios
y del culto que Salomón le tributa, el Señor se le
aparece en sueños y le dice que le pida lo que quiera, pues
se lo va a conceder. Y Salomón pide la Sabiduría para
poder estar atento en juzgar al pueblo con verdad, y para discernir
entre el bien y el mal. Así, Salomón prefiere pedir
la Sabiduría y no que se le prolongue la vida, ni riquezas
y ni la muerte de sus enemigos. Junto con la sabiduría llegarán
a Salomón las riquezas y la victoria sobre sus enemigos.
Nosotros hemos de examinar sobre el objeto de nuestra oración
ante Dios: ¿Qué buscamos, que pedimos, qué
deseamos como lo más importante en nuestra vida? Ojalá
y pidamos la Sabiduría necesaria para ser rectos, para ayudar
a los demás y para saber compartir con ellos los bienes que
Dios nos concede. Junto con la Sabiduría llegará a
nosotros todo lo demás; pero no busquemos la Sabiduría
con una intención torcida, pensando que si la pedimos al
Señor Él nos llenará las manos de bienes materiales,
pues quien llegue ante el Señor sin una recta intención
no piense recibir de Él lo que equivocadamente ha tramado
en su corazón.
Sal. 119 (118). La Palabra de Dios, sembrada en nosotros, es capaz
de salvarnos, pero sólo si dejamos que anide en nosotros
y que produzca fruto abundante de buenas obras. Busquemos al Señor
no sólo para adorarlo, sino también para vivir comprometidos
con Él, escuchándolo, dejándonos guiar por
su Espíritu y trabajando para que su Reino se haga realidad
entre nosotros, ya desde ahora. Por eso nosotros debemos manifestarnos
como hijos de Dios con una vida recta.
Si en verdad amamos al Señor hemos de serle fieles en todo,
sabiendo que no es el cumplimiento de la Ley lo que nos salva, sino
nuestra fe en Cristo Jesús, que nos une a Él y nos
hace participar, junto con Él de la dignidad de hijos de
Dios. Y esto es efectivamente lo que nos ha de llevar a ser fieles
en todo a la voluntad de Dios sobre nosotros.
Por eso dejemos que los preceptos del Señor se conviertan
para nosotros en luz que ilumine nuestro camino, hasta llegar a
nuestro encuentro definitivo con Él en la vida eterna.
Rom. 8, 28-30. Jesús es el Hijo amado en quien el Padre
se complace. Él es el Hijo obediente que, por medio de su
entrega, de su sufrimiento y de su muerte, llegó a la perfección
siendo glorificado a la diestra del Padre Dios. Él cumplió
con amor su Misión Salvadora a favor nuestro. Por eso ahora
tiene un Nombre que está por encima de todo nombre. Y el
Padre Dios nos ha llamado para que participemos de la misma Gloria
de su Hijo.
Nuestra vocación final mira hacia nuestra glorificación
junto con Cristo. Pero mientras llega ese momento, caminamos hacia
ella en medio de tentaciones y persecuciones. Sólo el Espíritu
Santo, que habita en nosotros, podrá pedir, desde nosotros,
lo que mejor nos convenga para no detenernos, para no dar marcha
atrás, y para no abandonar ese camino de perfección
que hemos iniciado en Cristo Jesús.
Por eso, reconociendo nuestra debilidad y fragilidad humanas estemos
siempre dispuestos a dejarnos fortalecer y guiar por el Espíritu
Santo, que Dios ha infundido en nosotros.
Mt. 13, 44-52. El Reino de Dios se ha hecho presente entre nosotros
en Cristo Jesús. Él es el Reino. Quien se une a Él
por la fe y por el Bautismo, quien permanece fiel a Él y
camina como testigo suyo en el mundo, está haciendo presente
el Reino de Dios entre nosotros. El hombre de fe auténtica
y acendrada en Cristo Jesús no sólo lo buscará
para encontrarse con Él, sino que entrará en una Alianza
de amor, nueva y eterna, con un corazón indiviso, de pertenencia
sólo al Señor.
Quien quiera unirse a Él debe renunciar a todo; no puede
estar por encima de ese amor ni siquiera la propia familia; hay
que renunciar a todo, incluso a uno mismo; y tomar la propia cruz
e ir tras las huellas del Señor de la Iglesia, para que,
hechos uno con Él, lo hagamos presente con su entrega, con
su amor, con su misericordia en el momento de la historia que nos
tocó vivir.
Por eso el Señor nos pide venderlo todo, desapegarnos de
todo para centrar nuestro corazón sólo en el Reino
de Dios y en el trabajo por el mismo. Todo esto no puede surgir
sino de un amor verdadero hacia Cristo; amor que no nos deja en
un amor intimista con Él, sino que nos pone en camino de
servicio a nuestro prójimo. Por eso hemos de lanzar constantemente
las redes para ganar a todos para Cristo. Entonces realmente el
mundo conocerá el amor de Dios desde la Iglesia, Esposa de
Cristo, que continúa la obra salvadora de su Señor
entre nosotros.
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
En la Eucaristía nos encontramos con el Señor; Él
manifiesta cómo nos ha valorado a nosotros. Nosotros somos
para Él como el tesoro escondido en el campo de este mundo,
o como la perla de gran valor. Nosotros hemos sido rescatados del
abismo de nuestros pecados. Por nosotros Él no retuvo para
sí el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí
mismo tomando la condición de esclavo y nos "compró"
para Dios pagando el precio de su propia Sangre.
Y Él nos ha llamado en este día para que renovemos
con Él la Alianza nueva y eterna; para que nos decidamos
a ser suyos para siempre. El Apóstol san Pedro nos dice:
Ustedes fueron comprados a precio de la Sangre del Cordero inmaculado.
Por eso ya no hemos de vivir para nosotros mismos, sino para Aquel
que por nosotros murió y resucitó.
Este es el compromiso que adquirimos al celebrar la Eucaristía,
la cual no hemos de ver sólo como un acto de culto a Dios,
sino como el momento culmen de nuestro día en que nos unimos
a Cristo para recibir su Vida y para caminar, en adelante, unidos
a Él, como hijos de Dios, guiados por su Espíritu
Santo.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida
del creyente.
Vivimos en un mundo con muchos requerimientos tanto personales,
como familiares y sociales. A veces quisiéramos vivir nuestra
fe como un compromiso mayor con Dios o con el prójimo. Pensamos
que seríamos más hombres de fe si tuviésemos
más tiempo para orar, pues de ahí surgiría
una vida más profundamente comprometida en el bien hacia
todos nuestros hermanos; pero apenas podemos dedicar un poco de
tiempo para esa actividad. Encontrar el Reino de Dios como se encuentra
un tesoro o una perla no puede desligarnos de nuestros compromisos
temporales.
Una persona casada y enamorada no puede dejar a un lado sus diversos
compromisos en la vida. Irá a ellos con alegría y
seguridad, pues en el fondo sentirá el respaldo del ser amado.
Eso mismo es lo que Dios espera de quienes lo tenemos a Él
en el centro de nuestra vida. Ciertamente entraremos en una relación
de amor a Dios en el culto público y en la oración
personal. Pero esto no será como una camisa que nos ponemos
en su presencia, y que nos quitamos al salir del templo o de la
oración personal.
Aquel que viva enamorado de Dios lo seguirá amando en su
prójimo, en el cuidado de la naturaleza y en la transformación
del mundo mediante la ciencia y la técnica, colaborando para
que lo que Dios creó y puso en nuestras manos, sea cada día
una morada más digna para todos, y para que nuestras relaciones
humanas sean cada día más fraternas. Entonces el cielo
estará conectado con la tierra; entonces el Reino de los
cielos habrá iniciado a abrirse paso entre nosotros; entonces,
hecha nuestra la Misión de Cristo, iremos no sólo
a anunciar el Evangelio, sino a trabajar para que todos lleguen
a encontrarse con el Señor, y para que, creyendo en Él,
obtengan la salvación eterna.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber confiar siempre en Él; pero que esto no nos desligue
del cumplimiento fiel de nuestros compromisos temporales, sino que
más bien en ellos seamos capaces de hacer brillar un poco
más la justicia, la bondad, el amor y la alegría que
proceden del mismo Dios, como un don que Él ha hecho a su
Iglesia y que le ha confiado para hacerlo llegar a toda la humanidad
de todos los tiempos y lugares. Amén.
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