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DOMINGO 31 DE AGOSTO
DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS: JER 20, 7-9; SAL 62; ROM 12, 1-2; MT 16, 21-27
EL QUE QUIERA VENIR CONMIGO, QUE RENUNCIE A SÍ MISMO, QUE
TOME SU CRUZ Y ME SIGA
Comentando la Palabra de Dios
Jer. 20, 7-9. Dios ha encendido su Luz en nosotros. Y desde ese
momento nada ni nadie podrá apagarla. Tal vez nuestras cobardías
y pecados la oculten; pero ahí continuará presente
esperando el que nuestro amor a Dios sea sincero y nos mueva a dar
testimonio de Él, y a trabajar por su Reino. Aquel que realmente
cree en Dios no puede quedarse con una fe rancia que más
que testigo le convierte en un hipócrita, pues se conforma
con la vida cultual, pensando que así tiene contento al Señor,
pues ya le ha cumplido puntualmente al acudir a alabarlo conforme
a la costumbre recibida de sus antepasados. Aquel que realmente
cree en Dios debe ser consciente de que se ha hecho uno con Cristo,
y que su camino de fe será tomar su cruz de cada día,
convirtiéndose así en signo de amor y de salvación
para los demás.
Tomar nuestra cruz de cada día no será sólo
asumir nuestras responsabilidades personales; efectivamente tomar
nuestra cruz de cada día será hacer nuestras las miserias,
las angustias, las tristezas y los pecados de los demás y,
en un amor auténtico y totalmente comprometido hacia ellos,
luchar por erradicar en ellos esos males para que, libres de esa
carga puedan vivir con autenticidad su ser de hijos de Dios.
El Señor nos ha manifestado que realmente nos ama. Pero nos
pide caminar tras sus huellas. Ojalá y no seamos timoratos
ante el horizonte de fe y de amor comprometido hasta el extremo
que el Señor espera de nosotros.
Sal. 63 (62). Refugiarnos en el Señor. ¿Refugiarnos
en el Señor? Si buscamos al Señor porque esté
sedienta de Él nuestra alma no será sólo para
sentirnos en paz y seguros en su presencia, sino porque queremos
luchar por conquistar su Reino en nosotros y en aquellos a quienes
hemos sido enviados. Admiremos la gloria y el poder de Dios. Entremos
en comunión de vida con Él. Tengamos de Él
una experiencia personal a profundidad. Pero una vez que nos hayamos
encontrado con Él no rehuyamos al compromiso que tenemos
de darlo a conocer a los demás.
Es verdad que muchas veces tendremos que enfrentar persecuciones
y muerte. Sin embargo recordemos que así como el oro se acrisola
en el fuego, así el justo es acrisolado en la prueba. No
vayamos por el mundo renegando; conservemos la paz y la alegría,
pues más allá de nuestra muerte está la vida,
vida eterna para quienes permanezcan fieles al Señor hasta
el final. Dios es nuestro poderoso protector y no permitirá
que el mal se adueñe de nosotros, por eso vivamos constantemente
confiado en Él, en su amor y en su misericordia.
Rom. 12, 1-2. Dios nos ha hecho hijos suyos mediante nuestra unión
a su Hijo Jesús, a través de nuestra fe en Él
y el Bautismo que hemos recibido en su Nombre. Así participamos
de la misma Vida de Dios. Y así estamos llamados a ser abundantemente
fecundos en buenas obras. Toda nuestra vida se convierte, por tanto,
en una continua ofrenda a Dios, santificada por la presencia real
del Espíritu Santo en nosotros. Por eso, quienes creemos
en Cristo no podemos conformarnos con darle Culto a Dios en el templo,
sino que, a partir de nuestro encuentro y unión con Él,
hemos de convertirnos en signos de salvación para el mundo
entero, en cualquier lugar y circunstancia en que se desarrolle
nuestra vida.
No seamos portadores de maldad ni de muerte. Siempre meditemos sobre
cuál es la voluntad de Dios para que constantemente hagamos
lo que es bueno, lo que le agrada a Dios y lo que es perfecto. Ante
un mundo que necesita un poco de luz para caminar en el amor fraterno,
en la justicia, en la solidaridad y en la capacidad de generar vida
y no muerte, los que nos gloriamos de ser la Iglesia de Cristo no
podemos vivir bajo el signo de la hipocresía, llevando una
vida de doblez por aparentar piedad y rectitud en el templo, para
después convertirnos en malvados en la vida ordinaria; tampoco
podemos vivir bajo el signo de la cobardía, temerosos a ser
criticados, marginados, perseguidos o asesinados por el Nombre del
Señor.
Si el Señor nos ha confiado la misma misión salvadora
que Él recibió del Padre cumplámosla con gran
amor, no confiando en nuestras débiles fuerzas, sino en el
Poder del Espíritu Santo, que habita en nosotros porque el
mismo Dios lo ha infundido en nosotros.
Mt. 16, 21-27. El Padre Dios nos eligió y nos amó
aún antes de crearnos. Y nos llamó a la vida no sólo
porque nos ama, sino para confiarnos la misma misión salvadora
de su Hijo Jesús. La Iglesia, unida a su Señor, continúa,
efectivamente, su obra salvadora en el mundo.
Junto con Cristo podemos decir: Yo para eso nací, para eso
he venido al mundo. Por eso, a pesar de las diversas tentaciones
que quisieran apartarnos del cumplimiento fiel y amoroso de la voluntad
de Dios en nosotros, debemos continuar decididamente nuestro camino
hacia nuestra propia pascua, en cuyo horizonte no podemos quedarnos
contemplando los momentos arduos, difíciles y amargos que
son consecuencia de nuestra fidelidad al Señor, sino que
hemos de ver la Gloria del Hijo de Dios, que es el punto final de
nuestro camino como testigos del Señor en este mundo. Sólo
entonces podremos decir que vamos como discípulos del Señor
y no como discípulos de los criterios de este mundo.
Nuestra vida de fe sólo cobrará su auténtica
dimensión cuando nos pongamos atrás de Cristo y Él
se convierta para nosotros en el único punto de referencia
en nuestra forma de pensar, de hablar, de actuar y de realizar toda
nuestra vida. No tenemos otra fuente en la que podamos beber y participar
de la vida de Dios. Y si permanecemos unidos a Él seamos
fecundos en buenas obras. Entonces, sólo entonces podremos
realmente decir que, al entregar nuestra vida para que los demás
tengan vida, estaremos manifestando que ya desde ahora hemos hecho
nuestra la salvación que Dios nos ofrece, pero que pone en
nuestras manos para que la distribuyamos, para que la hagamos llegar
al mundo entero.
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
La Pascua de Cristo debe leerse y experimentarse en clave de donación.
Efectivamente Él ha venido al mundo para eso: para entregarnos
su Vida para que nosotros tengamos vida. Y en este día el
Señor nos reúne en torno él para hacernos partícipes
de su misma Vida y de su mismo Espíritu. Y esto lo hace no
sólo porque nos ama, sino para que nosotros nos convirtamos
en portadores de su vida para el mundo entero.
Reconocer a Cristo como Señor y centro de nuestra vida no
puede eludirnos de pasar por nuestro propio calvario, de la entrega
de nuestra propia vida, pues sólo tras las huellas de Cristo
llegaremos a la participación de la Gloria que Dios ha prometido
dar a quienes le vivan fieles. Por eso no tengamos miedo en convertir
toda nuestra vida en una continua ofrenda de suave aroma a nuestro
Dios y Padre para que Él continúe distribuyendo su
salvación al mundo entero por medio nuestro. Por eso no sólo
hemos venido en este día a celebrar la Eucaristía,
sino a aceptar nuestro compromiso de convertirnos en Eucaristía
por nuestra unión al Misterio Pascual de Cristo Jesús,
Señor y Cabeza de la Iglesia.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida
del creyente.
¿Para qué creer en Cristo? ¿Para qué
confesarlo como el Mesías e Hijo de Dios? Si detrás
de nuestras palabras no está toda nuestra vida comprometida
con Él, ¿qué sentido tiene creer en Él?
Contemplemos a Cristo. Contemplemos su entrega constante en favor
de todos, siempre dispuesto a hacer el bien, a fortalecer a los
decaídos, a perdonar de corazón a los pecadores arrepentidos,
a socorrer a los pobres, a consolar a los tristes, a liberar de
su esclavitud a los oprimidos por el diablo. Contemplémoslo
amándonos hasta el extremo, con tal de ganarnos para Él
y tenernos en Él eternamente. Efectivamente Él no
nos quiere con Él; Él nos quiere en Él ya desde
ahora. Y si Él permanece en nosotros y nosotros en Él
es porque su obra salvadora continuará concretizándose
en todo tiempo y lugar por medio de quienes vivimos unidos a Él.
La Iglesia, Esposa del Cordero inmaculado, ha de continuar pasando
haciendo el bien a todos; y por eso debe renunciar a sus propias
miserias, a buscar la gloria y el poder de este mundo, y debe estar
al servicio lleno de amor fraterno hacia todas las personas humanas,
pues ese fue el camino de Cristo y ese ha de ser el mismo camino
de la Iglesia. Habrá muchas ofertas que quisieran apartarnos
del amor y de la entrega que se espera de nosotros a favor de los
demás; pero sólo tras las huellas de Cristo como discípulos
no cederemos a las seducciones del mundo y del mal. Vivamos como
siervos del Evangelio, trabajando intensamente y sin cobardías
a favor del Reino de Dios, ya desde ahora, entre nosotros.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Virgen María, nuestra Madre, la gracia de tomar nuestra
cruz de cada día y seguir las huellas de Cristo, su Hijo
y Hermano nuestro, para hacer que su vida llegue a todos, hasta
que algún día todos juntos podamos glorificar su Nombre
eternamente por habernos permitido Él manifestarles su Rostro
lleno de paz y de misericordia. Amén.
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