La regulación natural de la fertilidad

La regulación natural de las concepciones consiste en abstenerse totalmente de las relaciones sexuales, o bien en abstenerse de ellas sólamente durante los períodos fecundos de la mujer, es decir, unos cuantos días en cada ciclo. Esta segunda solución se ha hecho muy viable con los conocimientos modernos de la medicina genética, que ofrece métodos fáciles y seguros -Billings, sintotérmico, etc.- para distinguir en la mujer sus períodos de fecundidad o esterilidad.
En efecto, la fecundidad biológica de la mujer es periódica, y la ciencia actual permite conocer en cada caso concreto no sólo el ritmo que divide los tiempos genésicos de los agenésicos, sino también la fase de la ovulación; con lo cual la continencia periódica, según métodos fáciles y seguros, puede aplicarse eficazmente aun cuando el ciclo femenino sea irregular.
Estos conocimientos facilitan a los esposos dos posibilidades bien importantes: de un lado, elegir los momentos más favorables para la procreación, lo cual implica, evidentemente, muy grandes ventajas; y de otro, distanciar o evitar una nueva concepción, cuando ésta parezca inconveniente. Aquí consideraremos ahora esta segunda posibilidad, estudiándola desde el punto de vista moral.
1.-La continencia periódica es lícita, supuesto que se ejercite por motivos realmente válidos. Respetando la estructura natural del acto conyugal, es decir, la plenitud de la donación recíproca y la apertura al Creador, es un modo natural de evitar las concepciones, que se atiene a la alternancia de tiempos fértiles o infértiles impuestos a la mujer por la misma naturaleza. Así pues, a diferencia de la anticoncepción, que impone una esterilidad contraria a las leyes de la naturaleza, la abstinencia periódica se ajusta a una esterilidad que viene ocasionada por la misma naturaleza femenina. Por lo demás, estas abstenciones temporales, decididas por el hombre y la mujer en acuerdo mutuo, no sólamente no debilitan el amor conyugal, sino que lo hacen más fuerte, más libre y más profundamente personal, como viene demostrado por la experiencia.
2.-Cuando los esposos alternan la unión sexual y la continencia periódica, han de mantener en sí mismos una apertura a la posibilidad de procrear; es decir, no pueden cerrar sus voluntades en un rechazo absoluto a toda concepción posible, de modo que si ésta se presentara inesperadamente, experimentaran frustración y amargura. Si los esposos pretendieran así una exclusión radical e incondicional de la concepción, se saldrían del amor conyugal y estarían usando un medio natural para contrariar la misma ley natural.
Ciertamente, sería excesivo afirmar que la unión conyugal sólo es lícita cuando intenta la procreación; pero sí puede pedirse a los esposos, que practican la continencia periódica por válidas razones, la aceptación anticipada de la concepción imprevista -consecuencia posible de sus actos, como el efecto nace de su causa-. La apertura a una posible procreación, aun cuando se esté procurando evitarla por medios lícitos, es condición indispensable para que el amor entre hombre y mujer pueda ser y llamarse verdaderamente conyugal. Ahora bien, sólo está unión es digna del matrimonio.
Observad, por último, que la aceptación anticipada del hijo posible facilita grandemente la observancia de la continencia periódica. En efecto, puesto que los principales factores de la irregularidad biológica de la mujer son de orden psíquico, un miedo morboso al embarazo no sólamente quita a la mujer, y al esposo, el gozo de experimentar un amor digno de la unión conyugal, sino que puede también ocasionar alteraciones imprevisibles que, justamente, provoquen la concepción no deseada. Así pues, en todos los sentidos la aceptación anticipada del hijo posible, aun en los casos en que se procure evitar la concepción, pertenece no sólo a la licitud, sino a la alegría del amor conyugal.
Paternidad y maternidad
Del amor conyugal nace un amor nuevo, el de la paternidad y la maternidad. Es un fenómeno largamente preparado, quizá de forma insconsciente, en el corazón del hombre, y quizá aún más en el de la mujer. Y si es verdad que la mujer gracias al hombre se hace madre, también es verdad que la paternidad de éste se forma interiormente gracias a la maternidad de la mujer. En efecto, la paternidad física tiene un lugar en el hombre mucho más reducido que la maternidad en la mujer. Y también en esto se complementan uno y otra.
La paternidad y la maternidad pertenecen a la madurez personal de los esposos, no sólo física, sino espiritual. Los padres encuentran en los hijos una sorprendente prolongación de sí mismos, y la obra generativa se desarrolla plenamente en la acción educativa, pues formar una persona es mucho más que formar su cuerpo.
"El bien es difusivo de sí mismo" -bonum est diffusivum sui-, y precisamente por eso el Creador crea el mundo, y los padres procrean los hijos. Los padres, aunque sean mediocres, sin duda alguna tratan de comunicar lo mejor de sí mismos a sus hijos. Y eso mismo les ayuda en su maduración personal. En este sentido, la paternidad y la maternidad suelen ser lo mejor que puede hallarse en los hombres y mujeres de este mundo, tantas veces egoísta y cruel.
La paternidad física debe, pues, culminarse en la paternidad espiritual, aunque ésta también puede realizarse sin aquélla, como en el caso del celibato y la virginidad. En uno y otro caso, el hombre adquiere la mayor semejanza con Dios cuando llega a ser padre o madre espiritual.II PARTE

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