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La
sexualidad
Las
consideraciones hechas sobre algunos aspectos del ser humano -emociones
y sensualidad, afectividad y voluntad- os han facilitado algunas
herramientas mentales que pueden serviros de ayuda ahora, en una
primera exploración del mundo complejo de la sexualidad.
Instinto
y voluntad
Entendemos
por instinto una manera espontánea de actuar, no sometida
a reflexión. Y en este sentido el instinto sexual es una
orientación natural de las tendencias del hombre y de la
mujer.
En
la acción instintiva se eligen los medios, se impulsa la
acción concreta, sin una reflexión consciente y libre
sobre su relación con el fin pretendido. Por eso esta manera
de proceder, que es propia de los animales, no es el modo propio
de obrar del hombre. En efecto, la acción humana, al ser
el hombre un ser racional y libre, se produce cuando la persona
reflexiona y elige conscientemente los medios en orden al fin que
pretende. Por eso cuando un hombre se deja arrastrar por sus instintos
-al comer, al huir, al seguir bebiendo, al apropiarse de un bien
ajeno y atractivo, etc.-, renuncia a actuar humanamente, es decir,
libremente. Y en este sentido, el hombre, como tiene una viva conciencia
de su propia libertad, mira con recelo cuanto pueda amenazar su
libre autodeterminación. Y por eso entre el instinto sexual
y la voluntad libre del hombre hay, sin duda, un cierto conflicto,
alguna tensión.
Ahora
bien, el hombre, por su misma naturaleza, es capaz de actuaciones
supra-instintivas, también en el campo de lo sexual. Y con
esto quiero decir que la persona es capaz de actuar de modo que
el instinto no sea destruído, sino más bien es integrado
en el querer libre de la voluntad. Por lo demás, si así
no fuera, si fuera natural al hombre dejarse llevar por la mera
inclinación del instinto, la moral en general, y concretamente
la moral de la vida sexual, no existiría, como no existe
en el mundo de los animales.
¡Pero
el hombre no es un animal! Es una persona, consciente y libre.
La
tendencia sexual de la persona
Toda
persona es por naturaleza un ser sexuado, y ello determina en el
hombre y en la mujer una orientación peculiar de todo su
ser psíquico y somático. ¿Hacia dónde
se dirige esta orientación?
1.-Hacia
el otro sexo. Otra cosa sería la perversión del homosexualismo.
Un análisis cuidadoso de la estructura psico-fisiológica
del hombre y de la mujer nos lleva al convencimiento de que uno
y otra se corresponden mutuamente de un modo perfecto y evidente.
Por eso ha de decirse -dejáos de tópicos retroprogresistas-
que quienes afirman que la homosexualidad es tan natural como la
heterosexualidad, sin duda alguna -y ellos lo saben-, mienten.
2.-Hacia
"una persona" del otro sexo. Las peculiaridades sexuales,
tanto anímicas como corporales, no existen en abstracto,
sino en una persona concreta. La tendencia sexual, por tanto, se
dirige a una persona concreta del sexo contrario. Si así
no fuera, y se dirigiera crónicamente sólo hacia el
otro sexo, sin más, ello indicaría una sexualidad
inmadura, más aún, desviada. Por eso Gregorio Marañón
considera a Don Juan un hombre tremendamente inmaduro, capaz de
enamorarse de cualquier mujer.
Pues
bien, si os fijáis bien, podréis observar en lo dicho
que la inclinación sexual humana tiende naturalmente a transformarse
en amor interpersonal. Y aquí apreciamos un fenómeno
típicamente humano, pues el mundo animal se rige sólo
por el instinto sexual; no conoce el amor. Los animales están
sujetos al instinto, es decir, en ellos el impulso sexual determina
ciertos comportamientos instintivos, regidos sólo por la
naturaleza.
Los
hombres, en cambio, por su misma naturaleza, tienen el instinto
sujeto a la voluntad. Quizá el instinto actúa en el
nacimiento del amor, pero éste no se afirma decididamente
si no interviene libre y reiteradamente la voluntad de la persona.
Habremos, pues de afirmar, en este sentido -con el permiso de los
autores de novelas rosa y de culebrones televisivos-, que el ser
humano no puede enamorarse sin querer, inevitablemente, contra su
propia voluntad. Es la persona humana la que voluntariamente sella
el proceso del enamoramiento, pues éste, aunque quizá
iniciado por el instinto, no puede cristalizarse establemente sin
una sucesión de actos libres, por los que una persona va
afirmando la elección amorosa de otra persona.
Sexualidad
humana: amor y transmisión de vida
Puede
darse amor entre dos personas, sin atracción sexual mutua.
Y puede darse atracción sexual, sin que haya amor. Pues bien,
sólo la sexualidad realmente amorosa es digna de la persona
humana; es decir, sólo es noble y digna aquella sexualidad
en la que firme y establemente una persona elige a otra con voluntad
libre y enamorada. Y esto es lo propio del amor conyugal, por el
cual un hombre y una mujer deciden mutuamente amarse.
Por
otra parte, recordemos que hay en el hombre dos tendencias fundamentales:
el instinto de conservación y la inclinación sexual.
-El
instinto de conservación, buscando alimentos, evitando peligros,
etc., procura conservar el ser humano, y es así, en el mejor
sentido del término, una tendencia egocéntrica.
-La
tendencia sexual, por el contrario, procura comunicar el ser humano,
en primer lugar hacia el cónyuge, y en seguida hacia el hijo
posible; y es, pues, así una tendencia en sí misma
alterocéntrica.
Por
eso una interpretación meramente libidinosa de la sexualidad,
asociada históricamente a la anticoncepción, que disocia
radicalmente amor y posible transmisión de vida, pervierte
la tendencia sexual, dándole aquella significación
puramente egocéntrica, propia del instinto de conservación.
Es el amor verdaderamente conyugal, abierto a la vida nueva, el
que da al amor sexual su grandiosa significación objetiva.
Es el amor que transforma a los esposos en padres, en padres de
unos hijos que son a un tiempo confirmación y prolongación
de su propio amor conyugal.
Religiosidad
del amor sexual
Si
no estáis ciegos, es decir, si reconocéis que todo
ser del mundo visible es un ser contingente, que no tiene en sí
mismo la razón de su existencia, sino que necesita continuamente
ser sostenido en ella por Otro, tendréis que concluir que
Dios crea continuamente, manteniendo cada día en la existencia
las criaturas que él ha creado.
Y
demos otros paso más, acercándonos al misterio de
la criatura humana. El nacimiento en el mundo de un nuevo ser humano
constituye algo absolutamente nuevo, que no sería posible
sin la intervención personal de Dios. Ese nuevo espíritu
del hombre nacido no puede proceder meramente de la unión
sexual física entre el hombre y la mujer. Es Dios quien crea
directamente el alma humana, espiritual e inmortal, y es Él
quien la une sustancialmente al cuerpo embrional en el momento mismo
de su concepción en el seno materno.
Esta
inefable religiosidad, esta misteriosa sacralidad del acto sexual
ha sido intuida desde siempre, aunque oscuramente, en todos los
pueblos y culturas, y es conocida aún más claramente
-como lo veremos más adelante- a la luz de la Revelación
cristiana.
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