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Moral del amor
Situacionismo
Existe hoy una llamada moral de situación, según la
cual la vida humana se compone de situaciones, cada una de las cuales
constituye una especie de norma de acción. La vida humana,
tan compleja y condicionada por las diversas circunstancias, no
puede admitir normas generales y abstractas de conducta. Por eso
el situacionismo -que procede del protestantismo, con su aversión
luterana a la ley, y del existencialismo filosófico-, al
menos en sus formas más radicales, no reconoce la existencia
de normas morales universales, válidas en todo tiempo y lugar.
Las normas, pues, no tienen más que una función orientativa,
sin fuerza vinculadora de la conciencia. En esta moral, por lo que
se refiere concretamente a la moral conyugal, no hay especiales
dificultades para justificar -se entiende, en situaciones conflictivas-
la anticoncepción, la esterilización, el aborto, el
divorcio o lo que sea. La falsedad del situacionismo es patente:
-No hay moral, si no es universal. Así como no puede existir
un hombre concreto sino dentro de una humanidad universal, no puede
haber una moral individual concreta sino dentro de una moral natural
y universal, vigente en la conciencia de todos y de cada uno de
los hombres. Lo que la persona ha de hacer en su vida concreta será
aplicar, mediante la virtud de la prudencia, las normas morales
a su caso individual, que ciertamente es único e irrepetible.
-Pensar que las normas morales objetivas oprimen o suprimen la libertad
personal es un grueso error. Precisamente la voluntad, afirmándose
en normas morales objetivas y universales, libera su libertad de
un cúmulo de temores y deseos, errores y cambiantes condicionamientos
de época. En otras palabras: sin ley natural, sin el conocimiento
y el reconocimiento de una norma objetiva natural y universal, no
hay propiamente libertad en la persona, sino una precaria arbitrariedad
irresponsable, tan dañina para la persona como para los otros.
Volviendo a nuestro tema: el amor entre hombre y mujer puede ser
considerado como un fenómeno meramente psicológico,
o más bien como una relación moral, que tiene, por
supuesto, determinadas modalidades psicológicas. La moral
de situación cae en el psicologismo, al desvincular la voluntad
de una norma ética objetiva. Y desautorizando de este modo
a la voluntad, la deja sin fuerza para integrar todo ese mundo,
ya descrito, de sensaciones y sentimientos, afectos y emociones.
Por eso, dáos cuenta bien de esto: el amor no puede alcanzar
su plenitud psicológica y afectiva sin la plenitud de su
dimensión moral. En otras palabras: el amor es vida, vida
vivificante, sólamente cuando se hace virtud.
Utilitarismo
El utilitarismo -en cualquiera de sus formas antiguas, como el hedonismo
o el epicureísmo, o en sus diversas versiones modernas- pretende
que la acción procure el máximo de placer y el mínimo
de pena para el mayor número de hombres. A primera vista,
esta norma de vida puede parecer verdadera y buena, e incluso altruista,
y conforme por tanto con la naturaleza humana.
Sin embargo, el utilitarismo es falso y perverso, y como tal es
causa de innumerables males y sufrimientos. El utilitarista ignora
que el placer no es el único bien, ni menos aún el
fin esencial de la actividad humana, sino algo accesorio, que puede
presentarse o no en el curso de una acción, sin que determine
por eso, evidentemente, la calidad moral, la bondad o maldad de
esa acción. Vosotros sabéis perfectamente cómo
puede haber acciones gratas que son perversas o que son altamente
meritorias; como también pueden darse otras acciones muy
penosas que quizá sean meritorias o lamentablemente culpables.
Podéis, pues, reconocerlo con toda seguridad: no es el placer
o la pena lo que hace que una acción humana sea buena o sea
mala. Y por tanto, organizar la acción humana sólamente
con el fin del placer o de la ausencia de dolor es algo contrario
a la naturaleza misma del hombre.
La falsedad y maldad del utilitarismo, por otra parte, se manifiestan
con especial claridad cuando lo consideramos a la luz de la dignidad
de la persona humana. Si tú te confiesas utilitarista -imaginémoslo
por un momento-, querrás según tu credo experimentar
un máximo de sensaciones gratas y placenteras; lo que, inevitablemente,
te llevará a considerar a los otros meramente como un medio
para la obtención de tu placer; y, finalmente, tú
mismo habrás de considerarte como un posible objeto de placer
y de utilización para los otros. Es ése un camino
real para llegar a una degradación completa.
Entiéndelo bien: si caminas por la senda del utilitarismo,
tu vida se atendrá a un frío programa de egoísmo
consecuente, y jamás tendrás acceso a ese altruismo
auténtico, el único digno del ser humano. No podrás
llegar a conocer la verdad, la profundidad, el esplendor del amor
humano. Tu matrimonio nunca podrá ir más allá
de una precaria armonía de egoísmos, siempre frágil
e inestable. Ese círculo vicioso de egoísmos quedará
oculto, disfrazado, mientras el egoísmo masculino y el egoísmo
femenino vengan a ser útiles el uno para el otro. Pero en
el mismo instante en que termine esa simultaneidad del provecho
común -que evidentemente, en ese planteamiento, no podrá
durar mucho-, no quedará nada de esa armonía. Incluso
es posible que aquel falso amor utilitarista, despojado ya de su
careta, se transforme bruscamente en odio. Y entonces lo que era
más apreciado de tu vida se revolverá contra ti, y
lo verás destrozarse entre tus manos.
Entendedlo bien, pues es muy importante: la persona humana sólo
puede realizarse por el camino del amor verdadero. Frente a la miseria
del situacionismo y del utilitarismo, sólo la norma personalista
del amor es digna de regir la vida humana. Sólo el amor puede
hacer el bien de las personas, sin sacrificar unas a otras más
pronto o más tarde, y sin producir tragedias sumamente dolorosas.
Sólo el amor verdadero puede liberar al hombre, sacándolo
de la cárcel férrea de su propio egoísmo. Es
el amor genuino y abnegado -lo vemos cuando alguien se enamora de
verdad- lo que despierta en el ser humano lo mejor que hay en él,
lo más precioso. El hombre, por ser imagen de Dios, está
destinado a amar y a ser amado. Cuanto más ama, mejor se
realiza. Cuanto menos o peor ama, más se frustra, se amarga
y se autodestruye.
Humanismo autónomo
Es muy frecuente en la sociedad secularizada un cierto autonomismo,
según el cual la dignidad del hombre reside precisamente
en que él mismo es su propia norma (autós, propio,
él mismo, nomos, ley, norma). Él es, según
Kant, por ejemplo, la fuente de su propia justicia.
Pero reconoced que ésa es una gran falsedad. El hombre sólo
podría ser su propia ley en el supuesto de que no fuera criatura,
es decir, si él fuera la causa de sí mismo, el creador
de sí mismo. Pero puesto que es criatura, recibe necesariamente
del Creador no sólamente la existencia, sino también
las leyes íntimas de su ser, también aquéllas
que deben regir su vida sexual. Y es ley natural que el hombre y
la mujer se unan en donación recíproca, única
e indisoluble, y que no eliminen artificiosamente en su unión
la apertura a una posible transmisión de la vida humana.
La virtud del amor
El amor es una virtud, una virtud personal radicada primariamente
en el querer libre de la voluntad. Recordad que virtud (=virtus)
significa fuerza, fuerza espiritual y operativa. No es, pues, el
amor sólamente, ni principalmente, un sentimiento, y menos
aún una excitación de los sentidos. Ya visteis que
la sensualidad es de suyo cambiante, y se orienta hacia los cuerpos,
en cuanto éstos se aprecian como posibles objetos de placer.
Y también comprendisteis que la afectividad muestra una inestabilidad
semejante. Reafirmad, pues, vuestro convencimiento de que el amor
sólo alcanza la perfección de su ser cuando la persona
compromete en él su voluntad libre; es decir, cuando la persona
humana elige conscientemente y quiere libremente, comprometiéndose
así profundamente con otra persona.
De este modo, superando situacionismos, utilitarismos, humanismos
autónomos y otros planteamientos falsos, y siguiendo la norma
personalista, es como el amor se hace una virtud, y por tanto una
fuerza espiritual consciente y libre, hondamente arraigada en la
persona, profunda y persistente, fundada no en ilusiones, sino en
el conocimiento verdadero y lleno de estima de la persona amada.
Y este amor-virtud, fuerte y volitivo, no sólamente no desvanece
los deseos sexuales, como si éstos fueran insignificantes,
sino que, por el contrario, es lo único que puede darles
profundidad y permanencia.
La donación personal recíproca
Al hacer una análisis del amor en general, pudimos comprobar
que el amor perfecto se produce en la donación recíproca
de dos personas. Efectivamente, es así como el amor arranca
a la persona de su aislamiento original, y la saca de sí
para entregarla a la persona amada, que a su vez se le entrega:
"Yo soy tuyo, y tú eres mía, pues nos amamos".
Y si hay en esta entrega amorosa un renunciamiento a la condición
personal independiente, hay al mismo tiempo sin duda un enriquecimiento
expansivo de la persona.
Sólo la voluntad de la persona -pues ella es la que elige,
quiere, ama, entrega, perdona- podrá custodiar la fidelidad
persistente del amor, renovando día a día la entrega
personal y la aceptación de la persona amada. Y es así
como la alianza conyugal no se apoya principalmente sobre sensaciones
o sentimientos, sino que tiene su fundamento objetivo en el don
mutuo y en la pertenencia recíproca de las dos personas que
se aman.
Y fijáos bien en que el matrimonio exige que dos personas
sepan no sólo darse, sino también aceptarse. Una donación,
incluso jurídicamente, no es válida si no es aceptada
por el interesado. Por eso en el misterio precioso de la reciprocidad
conyugal, la donación de sí mismo al otro se entrecruza
con la aceptación del otro: "Yo me doy a ti para siempre,
y te acepto a ti para siempre, tal como eres". No puede haber
una valoración mayor de la persona amada. De este modo una
persona, cuando es esposada, se ve a sí misma confirmada
por el amor conyugal de un modo profundo y estable.
Fuera de estos planteamientos verdaderos, el amor no pasa de ser
un compromiso utilitario, un contacto corporal y afectivo, un juego
más o menos durable de sensaciones y de sentimientos. Pero
esta relación no es digna del hombre y de la mujer, ya que
no llega a producir verdadera unión de las personas. No es,
por el contrario, sino una coincidencia pasajera de egoísmos,
que está destinada a explotar un día en un conflicto
de intereses irreconciliables, y que hasta entonces se disimula
en una ficción, inmerecidamente llamada amor. Pero el amor
es otra cosa. Al margen de la norma personalista -la única
por la que el amor llega a la persona- no hay, no puede haber verdadero
amor.
La elección responsable de la persona
Aceptar la donación de una persona, que va a ser en adelante
pertenencia amorosa de quien la recibe, despierta en la persona
humana una responsabilidad conyugal sumamente estimulante. Por eso
quien confunde el amor con el erotismo no llega nunca a conocer
la verdadera exaltación del amor, gozosa y duradera, en la
cual la persona se crece y da lo mejor de sí misma.
Pero pensemos también en la responsabilidad que hay en la
elección de la persona amada. Es una responsabilidad muy
grande. Es como si una persona se escogiese a sí misma en
la otra, para formar un único nosotros, pasando definitivamente
del singular al plural.
¿Podrá ser tomada una decisión tan grave y
personal a edad muy temprana, cuando la personalidad apenas ha integrado
sus tendencias dispersas en una síntesis de relativa madurez,
cuando apenas se conoce a sí misma, ni conoce bien la realidad
compleja del mundo que le rodea? No, no parece posible. El error,
en estas cuestiones tan grave y doloroso, sería más
probable que el acierto.
Por otra parte, tomar consejo de otros no elimina la libertad personal,
sino que la ayuda y perfecciona. En este sentido, la sabiduría
de muchos pueblos ha reconocido a los padres una función
importante en la elección conyugal de sus hijos, sobre todo
cuanto éstos son muy jóvenes.
¿Cómo elegir a la persona amada?
La elección verdadera en el amor es aquélla en la
que el valor de la persona es el motivo decisivo, que integra también,
por supuesto, el aprecio en ella de diversos valores, sexuales,
culturales, familiares, sociales, etc. Y la autenticidad de la elección,
al paso del tiempo, se hará manifiesta cuando el amor permanezca
inalterable, o incluso crezca, aunque se produzcan disminuciones
o pérdidas en alguno de esos valores accesorios.
La elección falsa en el amor es, por el contrario, aquélla
en la que, ignorando a la persona en sí misma, o asignándole
un valor secundario, se aprecian primariamente sus valores accesorios
-sociales, sexuales, culturales, etc.-, o bien aquélla en
la que se estima la persona, pero idealizada, falseada, realmente
inexistente. Tal elección, como no produce en realidad unión
de las personas, no podrá mantenerse cuando todos o algunos
de los valores accesorios determinantes disminuyan o falten, o cuando
la idealización amorosa venga a ser brutalmente sustituída
por la decepción.
No olvidéis en esto que, necesariamente, todo amor concreto
ha de pasar en la vida por no pocas situaciones de prueba, en las
que habrá de revelarse su verdadera naturaleza. Todo eso
ha de haceros muy conscientes de que es una obligación moral
muy grave verificar cuidadosamente la calidad del propio amor antes
de declararlo, y antes de aceptar la entrega personal ofrecida en
correspondencia. Toda ligereza, todo espíritu de conquista,
con la vanidad y el amor propio que implica, toda oferta prematura,
temeraria e irresponsable, toda curiosidad trivial, deben ser excluídos
como francamente inmorales. Son inconciliables con la dignidad -propia
y ajena- de la persona humana.
El compromiso de la libertad
El amor conyugal es un amor mutuo de elección. A los padres
o hermanos hay que amarlos, por decirlo así, necesariamente.
Pero el marido elige a su esposa, y ésta a él. El
amor que les une, por tanto, es un amor de elección. Un amor
que, evidentemente, exige el compromiso de la propia libertad, por
la cual alguien hace donación de sí mismo a la persona
amada.
Y esta autodeterminación de la propia libertad -una vez más,
vosotros sois testigos de ello-, lejos de experimentarse como una
pérdida, se vive como una ganancia absolutamente positiva.
Y es que la libertad está hecha para el amor. Por eso precisamente
la libertad personal, cuando permanece no enajenada por el amor,
da al hombre la sensación de vacío. La razón
es muy clara: y es que la libertad sólo se realiza plenamente
por el amor. Después de todo, la libertad es un medio para
el amor, que es un fin.
En todo caso, la elección de la persona amada ha de ser plenamente
libre, y esa libertad de elección, cuando se decide, afirma
elocuentemente el valor de la persona elegida. En efecto, los valores
sexuales podrán ser reconocidos por cualquiera; concretamente
en el hombre, poco basta para despertar en él la tendencia
sexual. Pero el misterio único de la persona ha de ser descubierto,
reconocido y afirmado, en una elección amorosa estrictamente
personal. El interés sexual, e incluso la emoción
afectiva, se despiertan fácilmente; pero ha de ser la voluntad,
en el compromiso de la libertad personal, la que haga cristalizar
el amor. De ahí que algunas personas, aunque son capaces
de sentir la inclinación sexual y afectiva, no pueden llegar
al amor, porque sufren una impotencia psicológica o moral
para comprometer su persona mediante la decisión de su voluntad.
La búsqueda de la felicidad
Todas estas consideraciones han de llevaros a contemplar la inmensa
grandeza del hombre, cuya voluntad está naturalmente orientada
hacia el bien infinito, es decir, hacia la felicidad, y es capaz
de buscar ésta no sólo para sí, sino también
para otros. Pues bien, el amor verdadero, siguiendo este impulso
natural de la voluntad, hace a la persona capaz de desear para otro
el bien infinito, la felicidad: "Yo te amo y quiero la felicidad
para ti lo mismo que la quiero para mí".
Por eso el enamoramiento genuino suscita en la persona una conciencia
renovada de su propia fuerza moral: "Soy capaz de desear, incluso
con sacrificio mío, el bien de otra persona; luego soy capaz
de desear el bien sinceramente". El amor verdadero centra así
al hombre en su vocación originaria, que es justamente amar.
La persona, cuando se enamora de verdad, se crece.
La ternura
La ternura, el cariño, nace de la afectividad, y se dirige
no sólo hacia las personas humanas, sino también,
aunque en modo análogo, hacia otros seres -un animal, por
ejemplo- que están unidos a la persona por lazos especiales.
La ternura tiende a hacer propios los estados anímicos del
otro, y lleva de la mano, como hermana, a la compasión. Por
todo esto, la ternura tiene inclinación a exteriorizarse
en gestos cariñosos: estrechar la mano, sonreir, abrazar,
besar. De suyo es púdica, como la afectividad de quien nace,
y se relaciona más con la benevolencia que con el deseo.
Revestida de la castidad, la ternura se somete siempre a las exigencias
del verdadero amor, y busca sinceramente el bien de la otra persona.
Por el contrario, la sensualidad -suavizada a veces por la ternura-
está orientada al cuerpo del otro, en cuanto posible objeto
de placer, y busca ante todo la gratificación egocéntrica.
La ternura-débil es perjudicial. Ciertas efusividades desbordantes
que tienen algunos padres con sus hijos, y que tanto contribuyen
a malcriarlos y a hacerlos débiles y consentidos, han de
ser clasificadas en el orden de la sensualidad afectiva, más
bien que en el de la ternura verdadera. Una ternura demasiado fácil
y sensiblera no inspira confianza, sino más bien hace sospechar
que en sus tiernas manifestaciones esconda un medio de satisfacer
la sensualidad o las necesidades afectivas personales.
La ternura-firme, por el contrario, es altruísta y benéfica,
conforta a los esposos entre sí, y da a los hijos un marco
de vida grato y sereno. La verdadera ternura es un amor suave y
fuerte, que sabe luchar, llegado el caso, por el genuino bien de
la persona. Esa es la ternura que un Pablo de Tarso expresaba hacia
la comunidad cristiana de Corinto: "Yo de muy buena gana me
gastaré y me desgastaré hasta agotarme por vuestra
vida, aunque, amándoos con mayor amor, sea menos amado"
(2Cor 12,15). Por otra parte es la castidad la que asegura a la
ternura su verdadera calidad y profundidad. Es ella la que facilita
la verdadera integración de la sensualidad y el afecto en
el impulso fuerte y generoso del amor, haciendo a éste tierno
y efusivo.
Por lo demás, novios y esposos habéis de tener muy
presente que tanto el hombre como la mujer están necesitados
de ternura en este mundo duro y turbulento. Quizá la necesitan
más que nada. En el matrimonio, concretamente, la ternura
es el arte de sentir a la persona entera, todo lo que es y sucede
en ella, todas sus vicisitudes interiores y exteriores, buscando
siempre en su verdadero bien.
La mujer casada espera hallar en su esposo esta ternura a lo largo
de los días, también en las relaciones sexuales -que
pueden ser para ella tan brutales y displicentes-, y muy especialmente
en los períodos delicados del embarazo, del parto, de la
crianza de los niños. Un esposo bueno, pero frío y
distante, encerrado en el mundo de su trabajo, sujeto a su cuadro
de eficacias, pero ignorante de la gratuidad de la ternura, puede
ser para ella una cruz no pequeña.
Y a la inversa. El hombre necesita de la ternura de su esposa, y
la necesita normalmente mucho más de lo que lo manifiesta,
pues hay en esto cierto pudor masculino, como un temor a mostrarse
débil. Por esto, quizá, no son pocas las mujeres que,
ignorando esto al parecer, prodigan su ternura conyugal con cuentagotas,
como si se tratara de una tontería supérflua, innecesaria
entre adultos, o la reserevan astutamente para cuando quieren obtener
algún deseo personal, o la prodigan exclusivamente con los
niños, como si los mayores no necesitaran de ella.
En el matrimonio hace falta mucha ternura, y tanto el hombre como
la mujer deben educarse para ella. La ternura del amor conyugal
-que no es posible sin abnegación, humildad y castidad- sabe
no abandonarse a la espontaneidad egoísta de los estados
de ánimo, siempre cambiantes, y fluye, constantemente renovada,
de una voluntad siempre dispuesta a dar y a amar, siempre alerta
para poner el placer al servicio del amor, siempre pronta a salir
de sí para servir el bien de la persona amada.
La educación del amor
El amor es la vocación más alta de la persona, pero
es preciso aplicarlo a lo cotidiano con arte y paciencia. Y aquí
es donde surge la necesidad de educar el amor. Los enamorados, sobre
todo si sois jóvenes, no captáis del todo a veces,
ingenuamente, esta necesidad, y como sentís con fuerza la
inclinación de los sentidos y del afecto, pensáis
quizá que con esto el amor ya está hecho. Pero eso
explica los grandes fracasos y daños causados por un amor
inmaduro. El amor entre hombre y mujer nunca es algo ya hecho, sino
que debe ser elaborado y reelaborado día a día.
El amor ha de ser una obra plenamente humana, digna del hombre y
de su Creador, digna del amante y del amado. Para ello, la persona,
más que en cualquier otra cuestión, ha de empeñar
la lucidez de su mente y la elección libre de su voluntad,
ha de integrar el poderoso dinamismo de la sensualidad y de los
afectos, y ha de reafirmar así día a día el
prodigio siempre nuevo de la donación personal recíproca.
Más aún, habéis de llegar a descubrir en el
amor, en esa vinculación mutua y misteriosa que se produce
entre dos personas, la participación secreta del Creador
invisible, que siendo él mismo puro amor, es también
la fuente originaria de todo amor.
¿Es posible educar el amor? Es posible y necesaria integrar
el amor profundamente en la opción más personal de
la persona, escapando así de toda desintegración tan
falsa como egoísta. De esto trataremos al hablar de la castidad.
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