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La
virtud de la castidad
Comprenderéis mejor la virtud de la castidad si conseguimos,
en primer lugar, precisar bien el significado de los términos
hábito y virtud. No hablo aquí del hábito-costumbre,
que por la repetición de actos se contrae, muchas veces incluso
al margen de la voluntad de la persona, y que en ocasiones viene
a limitar su libertad. Tampoco me refiero al hábito-vestido.
Trato aquí del hábito en su sentido filosófico
más propio, según el cual el hábito es una
aptitud adquirida para producir ciertos actos con facilidad y perfección.
Dada la plasticidad del ser humano, la persona puede, en efecto,
perfeccionarse indefinidamente, adquiriendo hábitos intelectuales
(por ejemplo, discurrir con lógica), hábitos motores
(como tocar el piano o nadar), y hábitos morales (como lo
son las virtudes). Y todo el conjunto de los hábitos adquiridos
y desarrollados dan la fisonomía propia de la persona.
Según esto, las virtudes llegan a formar en el hombre como
una segunda naturaleza. Cuatro son los virtudes morales más
importantes: la prudencia que perfecciona el discernimiento práctico
de la razón, la justicia que hace buena y sana la voluntad,
y por último la fortaleza y la templanza, que ordenan y perfeccionan
todo el mundo de los sentidos, sentimientos y afectos.
La templanza, que ordena y modera en el corazón del hombre
la inclinación al placer, no es la más alta de las
virtudes, pero es imprescindible, ya que sin ella se degradan todas
las demás virtudes. En efecto, no puede el hombre ejercitar
las virtudes más altas -la sabiduría, la religiosidad,
la generosidad, la solidaridad fraterna- si está a merced
de sus filias o de sus fobias sensibles. Sin la templanza el hombre
no es libre, y sin libertad no puede ejercitar las virtudes. Gracias
a ella, en cambio, todos los movimientos sensuales y afectivos son
sujetados cuando son malos, y son integrados al más alto
nivel personal cuando son buenos y oportunos.
Pues bien, la castidad pertenece a la virtud de la templanza, y
perfecciona en el hombre todo el dinamismo de su tendencia sexual
y amorosa. Es por tanto una fuerza positiva, una virtud de la persona.
Ya hemos visto que virtus significa en latín fuerza, y en
este sentido las virtudes son como músculos espirituales.
Por tanto, es un hábito que inclina positivamente a la persona
hacia el bien honesto que le es propio, dándole facilidad
y seguridad para conseguirlo, y que al mismo tiempo pone en la persona
una repugnancia hacia el mal contrario.
Por eso entender la virtud de la castidad como una represión
negativa, como un freno ciego que rechaza las tendencias sexuales
hacia el subconsciente, donde esperan la ocasión de explotar,
mientras enferman al hombre y le debilitan, es complementamente
falsa. La castidad no es eso.
Esa concepción denota una ignorancia profunda acerca de la
virtud en general. Pensemos en otras virtudes distintas de la castidad.
La laboriosidad inclina al hombre hacia el trabajo, y pone en él
una repugnancia consecuente hacia el ocio indebido. La austeridad
inclina al hombre hacia los objetos funcionales, bellos y suficientes,
y le hace sentir disgusto hacia en medio de un lujo injusto e inútil.
Pues bien, de modo semejante, la castidad inclina positivamente
al bien honesto, y produce en la persona repugnancia creciente hacia
lo deshonesto. Por ejemplo, un esposo profundamente casto, de tal
modo tiene el corazón centrado por el amor en su esposa,
que, como no sea de un modo accidental y superable, no siente normalmente
inclinaciones adúlteras, y tendría que hacerse una
gran violencia para irse tras otra mujer, por atractiva y accesible
que fuera.
Aunque muchos no llegan a creerlo, quizá por falta de experiencia,
las virtudes son realmente una forma de ser personal, son inclinaciones
positivas, consciente y libremente adquiridas por la persona. En
este sentido, vivir según las virtudes no implica represión
ninguna, ni tampoco exige normalmente grandes esfuerzos. Ejercitar
las virtudes sólo cuesta esfuerzos, a veces muy notables,
cuando se están adquiriendo, es decir, cuando apenas se poseen
todavía; o cuando sufren la violencia de una fuerte tentación.
Pero normalmente las virtudes se viven con facilidad y con gozo.
Por otra parte, la castidad crece por actos intensos, como ocurre
en todas las virtudes. Cualquier hábito -tocar el piano,
por ejemplo-, ejercitado con imperfección y desgana, no mejora
con el ejercicio, sino que se va deteriorando. Son únicamente
los actos intensos, aquéllos en los que la persona, procurando
la perfección, compromete su mente y corazón, los
que de verdad perfeccionan el hábito que los produce. Por
eso la castidad es virtud que muchas veces se desarrolla con ocasión
de las tentaciones, mediante los actos intensos que son precisos
para rehuirlas o enfrentarlas victoriosamente.
El esplendor de la castidad
Ya sabemos que la castidad no es la más grande de las virtudes,
por supuesto, pero también sabemos que es una de las más
hermosas, es decir, una de las que más embellecen espiritual
y aun físicamente al ser humano. Podemos recordar aquí
algunos de sus aspectos más atractivos.
La castidad es amor, pues purificando el atractivo amoroso de motivaciones
egoístas y modalidades groseras, une realmente a las personas
de manera profunda y estable. Es ella la que integra, bajo la guía
del entendimiento y de la voluntad, todas las tendencias sensuales
y afectivas -que, abandonadas a sí mismas, serían
destructivas-. Es, pues, ella la que perfecciona el amor, y hace
posible la vinculación profunda, pacífica y durable
entre dos personas. Según esto, la castidad no sólamente
no daña al amor, sino que denuncia y niega el amor falso
y desintegrado, aquel pseudo-amor que, sin más base que el
placer, no alcanza el nivel de las personas, ni llega a unirlas
verdaderamente entre sí.
La castidad da libertad al hombre, y facilitándole un dominio
real sobre sí mismo, le permite obrar desde la persona, y
llegar de verdad hasta la persona amada. Sólo la acción
libre es digna del hombre y expresiva del verdadero amor. Y la castidad
es libertad. En efecto, la persona casta es libre, pues es dueña
de sí misma, y como se auto-posee, es la única que
de verdad puede darse al otro. Por eso sólo en la castidad
puede haber amor real, pues sólo en ella hay libertad real.
La castidad ennoblece el cuerpo y su sexualidad, integrando sus
valores en el alto nivel de la persona y del amor. De este modo
es precisamente la castidad la que salva el deseo sensual, y no
sólamente no lo destruye, sino que lo hace duradero, integrándolo
en el amor vgenuino. Insisto: la castidad no sólamente no
mata el deseo, sino que lo profundiza y lo salva de su inestabilidad
congénita, dándole permanencia, y fijándolo
por el amor en la persona.
La castidad no desprecia al cuerpo, pero lo hace humilde, es decir,
verdadero, despojándolo de falsas grandezas ilusorias. El
cuerpo humano, ante la grandeza de la persona y ante la calidad
espiritual del amor, debe mantenerse en la humildad, dejando a un
lado toda arrogancia y toda pretensión vana de protagonismo.
La castidad no daña la salud del hombre, sino que le libera
de muchas lacras corporales y de muchos lastres y empobrecimientos
psíquicos. Siendo en el hombre la agresividad y la sexualidad
dos tendencias muy fuertes ¿por qué es sano y recomendable
que el hombre controle su agresividad y es en cambio insano y peligroso
que domine su sexualidad? Éstos, los que así dicen,
tendrán que pensar, por ejemplo, que si se enciende la agresividad
entre dos novios, lo sano es que la repriman, y que no se acometan
a patadas y estacazos, por mucho que les apetezca hacerlo; pero
que si en esos mismos novios se enciende la sexualidad, lo sano
es que se dejen llevar por el impulso, pues refrenarlo podría
resultar para ellos altamente traumático. Escuchad a vuestra
propia conciencia, y ella os dirá que para poder creer en
tal sofisma hace falta despedirse de la verdad y adentrarse decididamente
por el camino de la mentira.
Es, por lo demás, un dato de experiencia que no pocos hombres
y mujeres, jóvenes o viejos, solteros, casados o viudos,
perfectamente castos, gozan de longevidad y de gran equilibrio psicosomático.
¿Esos hombres y mujeres, en cambio, abandonados a la lujuria,
son ejemplos tan indudablemente saludables?
En fin, la castidad es una forma de la caridad, una forma de respeto
profundo a nuestro hermano, y por eso ella nos da así acceso
real a las personas, permitiéndonos conocerlas y quererlas
de verdad. "Los limpios de corazón verán a Dios",
dice Jesús (Mt 5,8). Y podríamos añadir aquí:
"Los limpios de corazón verán al prójimo".
Sólo ellos.
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