|
7
El matrimonio
Ahora que ya tenéis en vuestra mente más precisión
y claridad sobre un buen número de cuestiones relacionadas
con el amor humano, entramos ya a considerar el matrimonio natural,
es decir, lo que la experiencia y la razón pueden enseñarnos
acerca de este tema tan central: el matrimonio y la familia.
El matrimonio, que por naturaleza es monógamo e indisoluble,
es el único marco adecuado para que las relaciones sexuales,
según la ley personalista del amor, se realicen de un modo
digno de la persona humana. El matrimonio es el único vínculo
amoroso en el que dos personas se entregan y se poseen mutuamente
como sujetos, sin que ninguna se vea reducida a la condición
de objeto sexual, formando así una unidad definitiva.
Tratemos, pues, para empezar, de sus principales falsificaciones.
Poligamia
La poligamia, el casamiento múltiple (polys, mucho; gameo,
matrimonio), es una grave deformación del matrimonio, y como
ya vimos más arriba, altera siempre la igualdad debida entre
esposo y esposa, sea en la poliginia (un hombre con varias mujeres),
sea en la poliandria (una mujer con varios hombres). En su primera
forma, la más común, la poligamia da ocasión
a que el hombre considere a la mujer como objeto de goce y fuerza
de trabajo, lo que degrada al uno y a la otra. De hecho, generalmente
la poligamia lleva consigo la compra de las esposas, que pueden
adquirirse como cabezas de ganado.
Los países occidentales, aunque rechazan la poligamia, aceptan
una poligamia sucesiva, al facilitar los divorcios. Esta forma de
poligamia resulta cara, y como la simultánea, sólo
es practicada por los más ricos, que de este modo pueden
ir adquiriendo sucesivamente varios cónyuges.
Divorcio
La unión disoluble, que admite el divorcio, también
deforma gravemente la naturaleza propia del matrimonio. En el matrimonio
con posibilidad de divorcio los cónyuges no llegan a hacer
donación real de sus personas, sino que sólo se entregan
uno al otro en depósito, que en cualquier momento puede ser
retirado. El cónyuge no tiene así en el amor la posesión
firme del otro, sino que sólo llega a ser su depositario.
Todo lo cual degrada en su misma raíz el amor conyugal, sustituyendo
la norma personalista del amor total por un precario principio utilitario.
En este planteamiento, el cónyuge es un objeto -un objeto
además desechable-, que puede ser abandonado cuando deja
de agradar, o cuando otro objeto parece más agradable, y
se tienen posibilidades de adquirirlo.
Toda vida conyugal pasa necesariamente por crisis, cansancios y
tormentas. Pero estas pruebas fácilmente causan el naufragio
definitivo del amor de un matrimonio, cuando la disolubilidad del
vínculo pesa sobre él como una permanente amenaza.
Lo que puede separarse es probable que acabe separándose
(un tercio de los matrimonios en Occidente terminan en divorcios,
y en no pocos países más de la mitad).
Por el contrario, el matrimonio indisoluble refuerza mucho el amor
conyugal, que va creciendo en él con toda seguridad y confianza.
En el matrimonio monógamo, es decir, en el matrimonio verdadero,
todas esas pruebas y dificultades, experimentadas por unos esposos
que excluyen de su horizonte mental la posibilidad del divorcio,
son ocasión de purificación y fortalecimiento del
amor.
Que el divorcio, como posibilidad legal, va en contra del amor conyugal,
y que perjudica gravemente a los hijos, obligándoles a crecer
en un hogar mono-parental, sin la referencia diaria al padre o a
la madre, o imponiéndoles un cambio de padre o madre, es
algo perfectamente comprensible por la razón humana. Se opone,
pues, no sólo a la fe cristiana, sino a la naturaleza misma
del matrimonio.
No conviene, por tanto, emplear siquiera la expresión matrimonio
disoluble, pues es contradictoria en sí misma: si es matrimonio,
es indisoluble; y si es indisoluble, no es matrimonio. Monogamia
e indisolubilidad pertenecen al matrimonio no porque lo diga la
Iglesia, sino porque lo exige la propia naturaleza humana, que se
degrada tanto en la poligamia como en el matrimonio disoluble.
La maravilla de la fidelidad duradera
Quizá todo lo expuesto os parezca verdadero. Pero quizá
puede pareceros un ideal apenas realizable. Tal vez penséis
que son los menos los que son capaces de vivir la maravilla del
matrimonio monógamo. Pero si estuviérais en estas
dudas... eso significaría que veríais como algo dudoso
que el hombre y la mujer puedan alcanzar a vivir la dignidad de
la vida humana. A estas dudas no daré respuesta completa
hasta que lleguemos a estudiar el matrimonio en Cristo, en Cristo
Salvador. Pero ya ahora se pueden adelantar algunas afirmaciones
importantes.
La fidelidad conyugal perseverante está siempre exigida y
posibilitada por el amor conyugal y paternal. Aquella persona que
se acerca al matrimonio, antes de hacer la donación irrevocable
de sí misma por el amor, debe estar cierta de que no va a
ser un día repudiada. Tener acceso a esa certeza no es un
lujo, es un derecho natural. O en otras palabras: quien se une en
matrimonio tiene derecho a estar seguro de que el cónyuge
que se le entrega, se le da del todo, es decir, para siempre. Si
esa persona, concretamente, se entrega en el matrimonio del todo,
irrevocablemente, y la otra persona se le da con limitaciones y
reservas previas, la primera es objeto de un fraude, o quizá
de una estafa. Y del mismo modo esta fidelidad perseverante viene
exigida por los hijos, que tienen el derecho natural de poder crecer
con toda confianza en la familia que, sin haberles consultado previamente,
les ha traído a este mundo. Tienen derecho a estar seguros
de que en ningún momento van a ser abandonados por el padre
o la madre.
Nosotros no nos despertamos cada día dudando del suelo o
del aire: "¿Tendré hoy suelo donde apoyarme y
caminar? ¿Va a faltar hoy quizá el aire que necesito
para respirar?". Nosotros vivimos ciertos de la solidez de
la tierra y de la permanencia del aire. Otras serán las cuestiones
que reclamen nuestra atención y que nos preocupen. Pues bien,
una persona casada o un hijo han de vivir apoyándose con
absoluta certeza -como cuentan con el suelo o el aire- en la permanencia
fiel del cónyuge o de los padres.
Nunca consideréis la posible infidelidad como un derecho.
Un subjetivismo egocéntrico y amoral no conoce la maravilla
de la fidelidad, y piensa: "Yo no tengo por qué mantenerme
fiel a compromisos que tomé hace veinta años. Si mi
corazón ha cambiado, la fidelidad a mi propia verdad personal
me exige cambiar mi vida de dirección. Otra cosa sería
miedo al cambio, esclerosis espiritual o hipocresía".
No, no es así. La fidelidad no es obstinación, ni
es hipocresía, ni falta de valor para cambiar. Es como la
fidelidad de un árbol a sí mismo: lo que le da fuerza
para aguantar todas las tormentas, para crecer siempre en el mismo
sentido, fiel a sí mismo, y para llegar a dar fruto.
La fidelidad es siempre amor, amor que sabe permanecer sin negar
su propia verdad. La fidelidad es siempre verdad, abnegación
y coraje. Y la gran fidelidad perseverante, la que dura toda la
vida, la que ha mantenido unidos a esa pareja de ancianos esposos
que atraviesan la calle tomados de la mano, está edificada
en muchas pequeñas fidelidades diarias, y también
en arrepentimientos y perdones. Lo repito, es siempre posible. Exige,
eso sí, una ascesis diaria, una custodia cuidadosa del corazón,
una alimentación permanente del amor mutuo, una práctica
generosa del perdón, en fin, una renovación continua
de la originaria y recíproca donación personal. Por
lo demás, ser digno de la condición humana requiere
a veces esfuerzos heróicos. Pero vivir como un animal -y
a veces peor que los animales- supone para el hombre penalidades
aún mucho mayores.
La fidelidad puede ser muy dolorosa, particularmente cuando el otro
cónyuge es infiel, pero mucho más costosa es la vida
en común disoluble, en la que fácilmente se introducen
recelos y temores, servidumbres humillantes soportadas por miedo
al abandono, y ofensas que unos cónyuges verdaderos no se
permiten cometer, sabiendo que han de seguir unidos en el futuro.
La separación
La separación, sin embargo, puede ser a veces inevitable.
Puede darse en los cónyuges una imposibilidad moral de mantener
la vida en común. La única solución digna de
ellos es entonces la separación sin disolución del
vínculo. Si los esposos no pasan a nuevas nupcias, aunque
de hecho no puedan vivir juntos, guardan la fidelidad matrimonial,
y el matrimonio mantiene su carácter de institución
al servicio de la unión entre las personas, y no sólamente
al servicio de sus relaciones sexuales. Cualquier otra concepción,
aparentemente más benigna para los cónyuges, reduciría
inevitablemente a la persona a la condición de posible objeto
de utilidad y placer, y sería por tanto mucho más
cruel.
Quizá se os ocurra aquí hacer el mismo comentario
que hicieron los apóstoles al principio, cuando todavía
se extrañaban de ciertas enseñanzas de Cristo: "Si
tal es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta
casarse" (Mt 19,10). Y en cierto sentido, es verdad. En efecto,
las personas que no saben amar no deberían contraer matrimonio.
Es duro decirlo, pero ésa es la verdad. El matrimonio es
algo que les viene grande, y no podrían asumirlo sin destrozarlo
y estropearse en él ellas mismas.
Pero dejemos las cosas en su verdad. Para ir al matrimonio prudentemente,
no es preciso vivir ya un amor perfecto. Basta que el amor tenga
la calidad suficiente como para que pueda madurar y perfeccionarse
en el marco del matrimonio, y gracias a él.
El matrimonio como institución
Institución es palabra que expresa algo establecido, con
formas justas y visibles. Pues bien, también el amor entre
el hombre y la mujer ha de encuadrarse en un marco jurídico,
que lejos de violar esa intimidad del amor conyugal y familiar,
la protege y favorece, dándole un cuadro apropiado. Este
marco jurídico viene exigido:
1. por la sociedad, de la cual el matrimonio es célula fundamental,
y en la cual el matrimonio y la familia son sujetos de derechos
y deberes muy importantes.
2. por las personas de los cónyuges, en particular por la
mujer, que es quien necesariamente asume en forma más inmediata
las consecuencias naturales de esa unión conyugal. Matrimonio
(matrismunia, deberes de la madre) es palabra especialmente referida
a la esposa (como patrimonio, patrismunia, señala los deberes
económicos del padre).
3. y por los hijos que, habiendo sido traídos a la vida por
voluntad de los padres, tienen pleno derecho a que éstos
les reciban en un hogar matrimonial auténtico, con todas
las garantías que ello implica. Por estas tres razones, todos
los pueblos y culturas han entendido la necesidad de dar un marco
institucional al matrimonio y a la familia.
Pero sobre todo la institución del matrimonio viene exigida
por el amor conyugal, que de este modo no sólamente se afirma
entre los esposos, sino que también se manifiesta abiertamente
ante la sociedad. Unas relaciones clandestinas, por apasionadas
que sean, hacen dudar de la autenticidad del amor. La novia o la
esposa han recibido de su amado una declaración de amor pública,
que no han recibido ni pueden recibir la compañera, la querida
o la amante.
Relaciones sexuales extra-matrimoniales
Cuanto hemos visto nos hace comprender que fuera del matrimonio
son malas todas las relaciones sexuales, sean pre-matrimoniales,
o sean extra-conyugales, como el adulterio. Y son ilícitas
porque de ninguna manera son conciliables con las exigencias de
la dignidad de la persona y la veracidad del amor. La unión
sexual, por muy adornada que esté de verdadera sensualidad
y de genuino afecto, realizada fuera del matrimonio, no puede producir
una donación real de las personas, y por tanto reduce inevitablemente
a la persona poseída a la condición de objeto de placer,
que se deja a un lado cuando ya no sirve -como lo muestra constantemente
la experiencia-. La sexualidad extra-matrimonial no es, pues, digna
de la persona humana.
Institución religiosa
Pero demos un paso más. Es necesario que el matrimonio sea
una institución religiosa, es decir, que las relaciones conyugales
sean justificadas ante el Creador. El hombre, a diferencia de todas
las demás criaturas de este mundo, puede por su razón
-y mejor aún por su fe, si la tiene- llegar al conocimiento
del Creador y al reconocimiento de su propia condición de
criatura. Sabiendo, pues, el hombre que pertenece a Dios, en el
más profundo y ontológico sentido de la palabra, comprende
que su unión matrimonial debe ser aprobada por Él.
Por esto todos los pueblos y culturas han revestido el matrimonio,
sagrada fuente transmisora de la vida humana, de una clara significación
religiosa. Y también la Iglesia, como veremos, a la luz de
Cristo, reconoce que el matrimonio es un sacramento desde la creación
de la primera pareja humana (sacramentum es palabra latina que en
primer lugar significa misterio, misterio sagrado).
|