LA REFLEXIÓN SABATINA

DONDE DOS O TRES SE REÚNEN EN MI NOMBRE, AHÍ ESTOY YO EN MEDIO DE ELLOS.

Jesús es el Buen Pastor, que ha salido a buscar a la oveja descarriada. Y no ha descansado hasta encontrarla, y cargarla sobre sus hombros, lleno de gozo, para llevarla de vuelta al redil.

Jesús sabe que somos como niños por encontrarnos desprotegidos ante las injusticias de los poderosos, llámense personas o medios de comunicación, que quieren dominarnos y manipularnos a su antojo, creando un permisivismo que destruye los valores fundamentales de la persona humana. Y Jesús se acerca a nosotros para que encontremos en Él no tanto un refugio y una defensa, ni sólo un punto de referencia para nuestra realización plena, sino la Vida nueva y la fuerza de su Espíritu Santo para que lleguemos a la perfección plena a la que es llamada toda persona humana, sabiendo que de Dios venimos y a Dios volvemos, hechos uno con Él en Cristo Jesús.

Aquel que vive y camina en el amor no puede desentenderse de su hermano; no puede decir como Caín: ¿Acaso soy guardián de mi hermano?

El amor verdadero hacia nuestros hermanos nos lleva a no convertirnos en sus destructores, pensando que con ello limpiamos al mundo de malvados y pecadores, pues con una actitud semejante estaríamos reclamando a Dios el haberlos creado. Y a los pobres, a los que se han quedado sin fe, sin capacidad de amar, atados a tradiciones destructivas, pobres porque se quedaron con el corazón vacío e incapaz de amar, los tendremos siempre con nosotros para que seamos los primeros en salir a buscarlos hasta encontrarlos, buscándolos hasta el último rincón de la tierra, no para asesinarlos, sino para cargarlos sobre nuestros hombros, atentos a todo aquello que los hizo huir de la luz para darles una respuesta concreta a sus requerimientos, para ayudarles a recobrar la paz y la capacidad de luchar por la vida, para ayudarles a llenar su corazón de amor e integrarse en la construcción de una nueva sociedad que tenga como esperanza el llegar a lograr la construcción de una verdadera civilización del amor.

El Señor está en medio de nosotros. Y lo está no sólo como compañero de viaje. Para quienes creemos en Él está como cabeza, y nosotros estamos como miembros suyos. No podemos, por tanto, traicionar a Cristo actuando como jueces implacables, incapaces de luchar por sus hermanos, incluso hasta llegar a entregar nuestra vida por ellos, con tal de ganarlos a todos para el Señor.

Por tanto, como nos dice el Apóstol Pablo: hemos de predicar la Palabra de Dios, insistir a tiempo y a destiempo, corregir, reprender y exhortar, haciéndolo con mucha paciencia y conforme a la enseñanza.

Jamás hemos de desanimarnos, pues no hemos recibido un espíritu de cobardía, sino el Espíritu de Dios, que ama a todos y quiere que todas las personas se salven y lleguen al conocimiento de Dios.

Seamos, pues, un signo creíble del Señor que hoy continúa en medio de nosotros para salvarnos y conducirnos, como miembros suyos, a la participación de la Gloria que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre.

Trabajemos constantemente en la construcción del Reino de Dios entre nosotros, pues esta es la Misión que el Señor nos ha confiado. Veámonos como hermanos. Sepamos que también nosotros somos frágiles y que necesitamos vivir en una continua conversión. Por tanto, seamos misericordiosos con los demás, como Dios ha sido misericordioso para con nosotros, pues con la misma medida que midamos a los demás, con esa misma medida el Señor nos medirá a nosotros.

Oremos al Señor. Oremos para que tengamos un corazón dócil para escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Entonces podremos proclamar el Evangelio no sólo con las palabras, sino con las obras y la vida misma tratando de pasar haciendo el bien a todos, a imagen de como lo hizo Cristo para con nosotros.

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