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3.
Jesucristo
J. Galot, ¡Cristo! ¿Tú, quién eres?,
Madrid, CETE 1982; Jesús liberador, ib.; R. Latourelle,
Milagros de Jesús y Teología del milagro, Salamanca,
Sígueme 1990; Dom Columba Marmion, Jesucristo, vida
del alma, Pamplona, Fund. GRATIS DATE 19934; J. Rivera, Jesucristo,
Apt. 307, Toledo 1997; J. A. Sayés, Cristología
fundamental, ib.1985; Jesucristo, nuestro Señor, Madrid,
EDAPOR 1985.
Jesucristo, vida de los hombres
Jesús es el camino, la verdad y la vida. Nadie llega
al Padre sino por él (Jn 14,6). El es el autor, el
modelo y el fin de la vida sobrenatural de los hombres. El
es el vivificador de los hombres pecadores, muertos por el
pecado (11,25; 14,6). El ha sido enviado por el Padre para
que los hombres en él tengan vida, y vida abundante
(10,10).
Jesucristo es el vivificador de los hombres porque es el Hijo
del Padre, igual en todo el Padre. Ahora bien, lo propio del
Padre es engendrar, transmitir vida semejante a la suya, y
acrecentarla. Y eso es precisamente lo que el Hijo de Dios
encarnado, no solo en cuanto Dios, también en cuanto
hombre, hace con los hombres: comunicarles por el Espíritu
la vida eterna. "Como el Padre tiene la vida en sí
mismo, así dio también al Hijo tener vida en
sí mismo" (Jn 5,26). Y "como es fuente de
vida el Padre que me envió, y yo vivo del Padre, así
quien me come a mí, también él vivirá
por mí" (6,57).
El Padre nos "predestinó a ser conformes con la
imagen de su Hijo, para que éste sea el Primogénito
entre muchos hermanos" (Rm 8,29). Cristo es así
el nuevo Adán. "El primer hombre, Adán,
fue hecho alma viviente; el último Adán, espíritu
vivificante" (1Cor 15,45).
Conocer a Jesucristo
La vida eterna está en conocer a Jesucristo (Jn 17,3).
Jesús mismo, su nacimiento, es el primer Evangelio
(Lc 2,10-11). El que busca en los Evangelios sobre todo enseñanzas
morales, en muchos capítulos se verá defraudado;
y es que no coincide su intención con la intención
expositiva de quienes los escribieron. Los Evangelios fueron
escritos ante todo para manifestar a Jesucristo, para suscitar
la fe en Cristo, Hijo de Dios, Salvador único (Jn 20,30-31).
Por eso mismo evangelizar es "anunciar el misterio de
Cristo" (Col 4,3;+1,25-27; 2,3-4; Rm 16,25-27; Ef 1,8-10;
3,8-13; Flp 1,1-18; Hch 5,42). "No hay evangelización
verdadera -dice Pablo VI- mientras no se anuncie el nombre,
la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio
de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios" (Evangelii
nuntiandi 8-XII-1975, 22).
"Los limpios de corazón verán a Dios"
(Mt 5,8). En efecto, el ejercicio de las virtudes facilita
"la adquisición del conocimiento de nuestro Señor
Jesucristo" (2 Pe 1,5-8). Pero nadie puede llegar a conocerle
si el Padre no se lo revela (Mt 16,17), y nadie puede llegar
a él si el Padre no le atrae (Jn 6,44). A la Virgen
María le pedimos: "Muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre".
"Queremos ver a Jesús" (Jn 12,21). Conocer
un poco a Cristo vale más que conocer mucho de otras
muchas cosas. Es el bien más precioso:
-porque cuanto más conocemos a Jesús, más
le amamos, y la vida cristiana entera, en todas sus dimensiones
-oración, obediencia, castidad, perdón, etc.-
tiene su raíz y su fuerza en el amor a Jesucristo.
-porque toda la doctrina espiritual cristiana tiene su clave
en el mismo Cristo. Para comprender y vivir el amor al prójimo
lo más importante es haber contemplado el amor de Cristo
a los hombres, pues nosotros hemos de amarlos "como él
nos amó" (Jn 13,34). Igualmente la pobreza evangélica
no es una doctrina ética en sí misma; es ante
todo enamorarse de Cristo pobre, participar de la misma pobreza
de aquel que "siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro,
para que vosotros fueseis ricos por su pobreza" (2Cor
8,9). Y lo que sucede con la caridad al prójimo o con
la pobreza sucede con todo lo que en el Evangelio se enseña.
-porque la contemplación de Cristo nos transfigura
en él. "Contempladlo y quedaréis radiantes"
(Sal 33,6). Y esta progresiva configuración a Cristo
se hará perfecta cuando la fe llegue a la visión:
"Sabemos que cuando aparezca, seremos semejantes a él,
porque le veremos tal cual es" (1 Jn 3,2).
Jesús ante los hombres
Jesucristo resulta un hombre misterioso. Aunque es semejante
a los hombres en todo (Heb 2,17; 4,15), es misterioso por
lo que hace -resucita muertos, calma tempestades, cura leprosos-,
es misterioso por lo que enseña -son dichosos los que
lloran, hay que amar a los enemigos-, es misterioso sobre
todo por su identidad personal -él se dice hombre celestial,
de arriba, anterior a Abraham, igual al Padre, resurrección
de los hombres, capaz de perdonar los pecados y de comunicar
el Espíritu divino-. "¿Quién es
éste?"... (Mc 4,41). Es "el Cristo de Dios"
(Lc 9,20). Es "el misterio de Dios" (Col 2,3).
Se presenta ante los hombres con una gran autoridad, tanto
en sus palabras (Mt 24,35) como en sus obras (Lc 4,28-30;
Jn 18,6). Esto para unos es una provocación intolerable
(Jn 2,18), para otros un gran gozo (Mt 7,28-29; Mc 1,22.27).
Siempre que Jesús se presenta ante los hombres se dividen
sobre él las opiniones apasionadamente (Jn 7, 12-13,
30-32, 40-43, 46-49; 9,16; 10, 19-21; etc.) Realmente es "signo
de contradicción" (Lc 2,34-35). No cabe ante él
la indiferencia.
Es odiado por unos hasta el insulto, la calumnia, la persecución
y el asesinato. Es admirado por otros hasta la devoción
más entusiasta: se agolpan en torno a él las
muchedumbres que vienen de todas partes (Mc 3,7-10; 6,34-44;
Lc 12,1); hacen de él comentarios de sumo elogio (Lc
4,22; Jn 7,46). Es amado por sus discípulos con una
amor inmenso, que a veces tiene rasgos de adoración
(Mt 14,33).
Su presencia alegra el corazón de los hombres. Ya antes
de nacer alegra a Juan en el seno de Isabel (Lc 1,44); recién
nacido, alegra a los pastores (2,20); adolescente y adulto
llena a muchos de admiración gozosa (2,47;19,37).
Así aparece Jesús ante los hombres.
El hombre Cristo Jesús
"El hombre Cristo Jesús" (1 Tim 2,5) tiene
un cuerpo en todo semejante al nuestro, que crece ante los
hombres, que muestra una fisonomía peculiar, que camina,
come, duerme, habla... Una vez resucitado, dirá: "Palpadme
y ved, que un espíritu no tiene carne y huesos, como
veis que yo tengo" (Lc 24,39).
Jesús, nuestro único Maestro (Mt 23,8), tiene
un entendimiento totalmente lúcido para la verdad,
invulnerable al error. Cristo no discurre o argumenta laboriosamente,
sino que penetra la verdad inmediatamente, como quien es personalmente
la Verdad (Jn 14,6). Deshace fácilmente las trampas
dialécticas que le tienden (Mt 22,46). Y con admirable
sencillez, enseña con parábolas a cultos e ignorantes,
irradiando verdad con la misma facilidad con que la luz ilumina.
El es la Luz (Jn 8,12; 9,5; 12,36). El es la Luz que viene
de arriba (8,23), del Padre de las luces (Sant 1,17), "el
sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en
tinieblas y en sombra de muerte" (Lc 1,78-79).
Toda la sabiduría de Jesucristo procede del Padre;
él solo enseña lo que oye al Padre (Jn 8,38;
12,49-50; 14,10). Conoce a Dios, y lo conoce con un conocimiento
exclusivo (6,46; 8,55), como quien de él procede (7,29);
y puede revelarlo a los hombres (Mt 11,27). Conoce a los hombres,
a todos, a cada uno, en lo más secreto de sus almas
(Jn 1,47; Lc 5,21-22; 7,39s): "los conocía a todos,
y no necesitaba informes de nadie, pues él conocía
al hombre por dentro" (Jn 2,24-25). Conoce los sucesos
futuros que el Padre quiere mostrarle en orden a su misión
salvadora. Predice su muerte, su resurrección, su ascensión,
la devastación del Templo, y varios otros sucesos contingentes,
a veces hasta en sus detalles más nimios (Mc 11,2-6;
14,12-21. 27-30). "Yo os he dicho estas cosas para que,
cuando llegue la hora, os acordéis de ellas y de que
yo os las he dicho" (Jn 16,4).
El hombre Cristo Jesús tiene una voluntad santa y poderosa,
perfectamente libre e impecable. Jesús es el único
hombre completamente libre: libre ante la tentación
(Mt 4,1-10), libre de todo pecado (Jn 8,46; 1Pe 2,22; Heb
4,15), libre totalmente de sí mismo para amar al Padre
y a los hombres con un amor potentísimo (Jn 14,31;
15,13; Rm 8,35-39). Y toda esta santidad, fuerza y libertad
de la voluntad de Cristo procede de su total sujeción
a la voluntad del Padre (Jn 5,30; 6,38; Lc 22,42).
La sensibilidad de Jesús es profunda e intensa; vibra
con maravillosa armonía en todas las modalidades de
la afectividad humana. Es enérgico, sin dureza; es
compasivo, sin ser blando... Ninguna dimensión de su
vida afectiva domina en exceso sobre las otras.
Jesús es sensible al hambre, a la sed, al sueño,
al cansancio. El Corazón sagrado de Jesucristo sufre
con la traición de Judas, con las negaciones de Pedro
o con el abandono de los discípulos. Llora la ruina
de Jerusalén (Lc 19,41), llora la muerte de su amigo
Lázaro (Jn 11,33-38). Mira con ira (Mc 3,5), dice palabras
terribles, incluso a sus amigos (Mt 23; 17,17), y sabe usar
el látigo cuando conviene (Jn 2,14-17). Tiene deseos
ardientes (Lc 22,15), se ve triste hasta la muerte (Jn 12,27;
Mc 14,33-34), y llega a sentirse abandonado por el Padre (Mt
27,46). Otras veces está radiante en el gozo del Espíritu
(Lc 10,21), mira con amor al joven rico (Mc 10,21), es amigo
cariñoso con los suyos (Jn 13,1. 33-35). Pero quizá
la misericordia, la compasión más profunda y
delicada, sea el sentimiento de Jesús más frecuentemente
reflejado en los evangelios: tiene piedad de enfermos y pobres,
de niños y pecadores, de la extranjera que tiene una
hija endemoniada (Mc 7,26), de la viuda que perdió
su hijo (Lc 7,13), de la muchedumbre hambrienta y sin pastor
(Mc 8,2; Mt 9,36).
El hombre Cristo Jesús es la imagen perfecta de Dios:
quien le ve a él, ve al Padre (Jn 14,9). Y como enseña
el concilio Vaticano II, es también la imagen perfecta
del hombre: "él manifiesta plenamente el hombre
al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación.
El, que es "imagen del Dios invisible" (Col 1,15),
es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la
descendencia de Adán la semejanza divina, deformada
por el primer pecado" (GS 22ab). Nunca nosotros habíamos
conocido, por ejemplo, un hombre realmente libre (Rm 7,15).
Es decir, nunca habíamos conocido un hombre perfectamente
humano. Cristo es quien nos ha revelado qué es de verdad
el hombre.
Pues bien, el Padre nos ha destinado a configurarnos a Jesucristo,
de modo que él venga a ser Primogénito de muchos
hermanos (Rm 8,29). No contemplamos la belleza de Cristo con
una admiración distante o impersonal, como si para
nosotros fuera totalmente inasequible: la contemplamos como
cosa nuestra, como algo a lo que estamos invitados y destinados
a participar. Y de este modo, todos participamos de la hermosura
y de la bondad de Cristo, "lleno de gracia y de verdad...:
de su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia" (Jn
1,14.16).
Jesucristo, el Hijo de Dios
"¿Quién es éste?" (Mc 4,41).
Después de contemplar la sagrada humanidad de Jesucristo,
nos preguntamos acerca de su identidad personal misteriosa.
En palabras del ángel Gabriel: "será reconocido
como Hijo del Altísimo, será llamado Santo,
Hijo de Dios" (Lc 1,32. 35). Y en palabras de Simón
Pedro: él es "el Mesías, el Hijo del Dios
viviente" (Mt 16,16).
Cuando los Apóstoles dicen que Jesús es el Hijo
de Dios ¿qué quieren decir? Quieren decir que
Jesús es "imagen del Dios invisible, primogénito
de toda la creación, porque en él fueron creadas
todas las cosas, en los cielos y en la tierra...; todo fue
creado por él y para él, él existe con
anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia.
El es también la Cabeza del cuerpo, de la Iglesia:
El es el Principio, el primogénito de los muertos,
para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo
a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar
por él y para él todas las cosas, pacificando,
mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en
los cielos" (Col 1,15-20; +Flp 2,5-9; Heb 1,1-4; Jn 1,1-18).
"En Cristo habita la plenitud de la divinidad corporalmente"
(Col 2,9). La unión existente entre Dios y Jesús
no es sólamente una unión de mutuo amor, de
profunda amistad, una unión de gracia, como la hay
en el caso del Bautista o de María, la Llena de gracia.
Es mucho más aún: es una unión hipostática,
es decir, en la persona. Así lo confiesa el concilio
de Calcedonia (a.451): Jesucristo es "el mismo perfecto
en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, Dios
verdaderamente y el mismo verdaderamente hombre... Engendrado
por el Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad,
y el mismo, en los últimos días, por nosotros
y por nuestra salvación, engendrado de María
la Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad" (Dz
301).
Cristo Jesús es el hombre celestial (1Cor 15,47), que
se sabe mayor que David (Mt 22,45), anterior a Abraham (Jn
8,58), más sabio que Salomón (Mt 12,42), bajado
del cielo (Jn 6,51), para ser entre los hombres el Templo
definitivo (2,19). Esta condición divina de Jesús,
velada y revelada en su humanidad sagrada, se manifiesta en
el bautismo (Mt 3,16-17), en la transfiguración (17,1-8),
en la autoridad de sus palabras, de sus acciones y de sus
milagros.
"Jesús acompaña sus palabras con numerosos
"milagros, prodigios y signos" (Hch 2,22)"
(Catecismo 547; +548-550; 1335). En efecto, Jesucristo hizo
muchos milagros (Jn 20,30; 21,25; +Latourelle). En el más
antiguo de los evangelios, el de San Marcos, de 666 versículos,
209 (un 31%) se refieren a milagros; y aumenta la proporción
si nos fijamos en los diez primeros capítulos: de 425
versículos, 209 (47%). Los evangelios, de hecho, se
componen básicamente de las enseñanzas y milagros
del Señor. Y en ocasiones hay una unidad inseparable
entre enseñanza y milagro, siendo éste una ilustración
y una garantía de aquélla (por ejemplo, la multiplicación
de los panes, Jn 6; la curación del ciego, 9; la resurrección
de Lázaro, 11; etc.) Si se eliminan del Evangelio los
milagros, todos o un buen número de ellos, causaríamos
en él destrozos irreparables; gran parte del Evangelio
resultaría ininteligible; y muchas palabras de Cristo
serían increíbles si no estuvieran garantizadas
por el milagro que las acompaña (+Catecismo 156).
Los apóstoles en su predicación atestiguaron
con fuerza los milagros de Jesús, para suscitar la
fe de los hombres: "Varones israelitas, escuchad estas
palabras: Jesús de Nazaret, varón acreditado
por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales
que Dios hizo por él en medio de vosotros, como vosotros
mismos sabéis"... (Hch 2,22; +10,37-39).
Jesucristo es precisamente "el Hijo" de Dios Padre.
Toda su fisonomía es netamente filial. Pensemos en
la analogía de la filiación humana. El hijo
recibe vida de su padre, una vida semejante a la de su padre,
de la misma naturaleza. Incluso el hijo suele asemejarse al
padre en ciertos rasgos peculiares psíquicos y somáticos.
Al paso de los años, el hijo se va emancipando de su
padre, hasta hacerse una vida independiente -y no será
raro que el padre anciano pase a depender del hijo-. Ya se
comprende que esta analogía resulta muy pobre para
expresar la plenitud de filiación del Unigénito
divino respecto de su Padre. Esta filiación divina
es infinitamente más real, más profunda y perfecta.
El Hijo recibe una vida no solo semejante, sino idéntica
a la del Padre. Y él no solo se parece, sino que es
idéntico al Padre. Por otra parte, el Hijo es eternamente
engendrado por el Padre, recibe siempre todo del Padre, y
esa dependencia filial, con todo el amor mutuo que implica,
no disminuye en modo alguno.
El Padre ama al Hijo (Jn 5,20; 10,17), y el Hijo ama al Padre
(14,31): hay entre ellos perfecta unidad (14,10). Jesús
nunca está solo, sino con el Padre que le ha enviado
(8,16). Su pensamiento, su enseñanza, depende siempre
del Padre (5,30); y lo mismo su actividad: no hace sino lo
que el Padre le da hacer (14,10).
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