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La
pasión de Cristo
En "la doctrina de la cruz de Cristo" (1Cor 1,18)
está la clave de todo el Evangelio. La cruz es la suprema
epifanía de Dios, que es amor. Por eso no es raro que
la predicación apostólica se centre en la cruz
de Cristo (1,23; 2,2). Sin embargo, la cruz de Jesús
es un gran misterio, "escándalo para los judíos,
locura para los gentiles; pero es fuerza y sabiduría
de Dios para los llamados, judíos o griegos" (1,23-24).
Gran misterio: una Persona divina llega a morir de verdad.
Parece imposible, inconcebible. Pero es verdad: el Hijo divino
encarnado experimentó la suprema humillación
de la muerte y de la cruz. En tal muerte ignominiosa los judíos
incrédulos vieron la prueba de que no era el Hijo de
Dios (Mt 27,43). Pero otros, como el centurión, por
la cruz llegaron a la fe: "Verdaderamente este hombre
era hijo de Dios" (Mc 15,39).
Gran misterio: el Padre decide la muerte de su Hijo amado.
"El nos amó a nosotros, y envió a su Hijo
como víctima expiatoria de nuestros pecados" (1
Jn 4,10). "No perdonó a su propio Hijo, sino que
le entregó por todos nosotros" (Rm 8,32). ¿Cómo
es posible que la suma abominación de la cruz sucediera
"según los designios de la presciencia de Dios"
(Hch 2,23)? Sin embargo, ha sido así como "Dios
[Padre] ha dado cumplimiento a lo que había anunciado
por boca de todos los profetas: que su Mesías iba a
padecer" (3,18). La cruz, sin duda, fue para Cristo "mandato
del Padre" (Jn 14,31), y su obediencia hasta la muerte
(Flp 2,8), fue una obediencia filial prestada al Padre (Mt
26,39)...
Gran misterio: la obra más santa de Dios confluye con
la obra más criminal de los hombres. En aquella hora
de tinieblas, los hombres matamos al Autor de la vida (Hch
3,14-19; Mc 9,31), y de esa muerte nos viene a todos la vida
eterna...
Gran misterio: la muerte de Cristo en la cruz es salvación
para todos los hombres. ¿Cómo explicar esa causalidad
salvífica universal de la muerte de Jesucristo? La
Revelación, ciertamente, nos permite intuir las claves
de tan inmenso y misterioso enigma...
La cruz de Cristo es expiación sobreabundante por los
pecados del mundo. "El castigo salvador peso sobre él,
y en sus llagas hemos sido curados" (Is 53,5). "El
justo por los injustos"... (1Pe 3,18; +2,22-25; Rm 5,18;
2Cor 5,14-15).
La cruz de Cristo es reconciliación de los hombres
con Dios. "Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo
consigo y no imputándole sus delitos" (2Cor 5,19;
+Col 1,20.22; 1 Tim 2,5-6).
La cruz de Cristo ha sido nuestra redención. Al precio
de la sangre de Cristo, hemos sido comprados y rescatados
del pecado y de la muerte (1Cor 6,20; 1Pe 1,18-19; Mc 10,45;
Jn 10,11). Jesús "se entregó por nosotros
para rescatarnos de toda iniquidad, y purificar para sí
un pueblo que fuese suyo, fervoroso en buenas obras"
(Tit 2,14).
La cruz de Cristo es un sacrificio, una ofrenda cultual de
sumo valor santificante. "Cristo nos amó y se
entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda
y víctima a Dios" (Ef 5,2; +Rm 3,24-25; 5,9; 1Cor
5,7).
La cruz de Cristo es victoria sobre el Demonio, que nos tenía
esclavizados por el pecado. "Ahora el príncipe
de este mundo será arrojado fuera" (Jn 12,31;
+Col 2,13-15).
El signo de la cruz
Cuando contemplamos el misterio de la cruz, vemos ante todo
un signo doloroso, clavos, sangre, sufrimiento, abandono,
humillación extrema, muerte. Y nos preguntamos ¿qué
nos significa Dios con la suma elocuencia del Crucificado?
¿Cuál es la realidad que en el signo de la cruz
se nos ha de revelar?...
1.-La cruz es la revelación suprema de la caridad,
es decir de Dios, pues Dios es caridad, y a Dios nadie le
había visto jamás (1 Jn 4,8.12; Tit 3,4). Muchas
cosas pueden revelar el amor -la palabra, el gesto, la ayuda,
el don-, pero el signo más elocuente, el más
fidedigno e inequívoco del amor es el dolor: mostrarse
capaz de sufrimiento, de dolor extremo, en bien del amado.
Pues bien, el que quiera conocer a Dios -y en ese conocimiento
está la vida eterna (Jn 17,3)-, que mire a Cristo,
y a Cristo crucificado. Por eso Dios dispuso en su providencia
la cruz de Cristo, para expresar-comunicar por ella en forma
definitiva el misterio eterno de su amor trinitario.
Esta es la realidad expresada en el signo de la cruz. No es
raro, pues, que los santos no se cansen de contemplar la pasión
de nuestro Señor Jesucristo.
El signo de la cruz, alzado para siempre en medio del mundo,
nos dice con su extrema elocuencia:
-Así nos ama el Padre. "Dios acreditó su
amor hacia nosotros en que, siendo todavía pecadores
[enemigos suyos], Cristo murió por nosotros" (Rm
5,8; +Ef 2,4-5). Mirando al Crucificado, ya nunca dudaremos
del amor que Dios nos tiene, sea cual fuere su providencia
sobre nosotros.
-Así Cristo ama al Padre, hasta llevar su obediencia
al extremo de la muerte, y muerte de cruz (Flp 2,8). Refiriéndose
a su cruz, dice Jesús poco antes de padecer: "Conviene
que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que según
el mandato que me dio el Padre, así hago" (Jn
14,31). Podría Cristo haber resistido y evitado la
cruz (Mt 26,53-54; Jn 18,5-6.11); pero quiso entregarse "libremente",
para revelar al mundo su amor al Padre, expresado en la obediencia
a su mandato (10,17-18).
-Así Cristo nos ama, hasta dar su vida por nosotros,
como buen pastor (Jn 10,11), para darnos vida eterna, vida
sobreabundante (10, 10.28), para recogernos de la dispersión
y congregarnos en la unidad (12,51-52). Jesús aceptó
la cruz para así hacernos la suprema declaración
de amor: "Nadie tiene un amor mayor que éste de
dar uno la vida por sus amigos" (15,13).
-Así hemos de amar a Dios, con todo el corazón,
con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas
(Mc 12,30), como el Crucificado amó al Padre. Permaneceremos
en el amor de Dios, si guardamos sus mandatos, como Cristo
se mantuvo en el amor del Padre, obedeciendo su mandato (Jn
14,15.21-24; 15,10; 1 Jn 5,2-3).
-Así hemos de amar a los hombres, como Cristo nos amó
(Jn 13,34). El que quiera aprender el arte de amar al prójimo,
y quiera ponerlo en práctica, que contemple la cruz,
que se abrace a la cruz. Solo así su amor será
sincero y fuerte. Cristo "dio su vida por nosotros, y
nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos"
(1 Jn 3,16).
Cristo Crucificado es la proclamación máxima
de la ley evangélica: amor a Dios, amor al prójimo.
Y del amor extremo (Jn 13,1) del Crucificado nos viene la
fuerza para vivir ese amor que en la cruz nos enseñó.
2.-La cruz revela a un tiempo el horror del pecado y el valor
de nuestra vida. Si alguno pensaba que nuestros pecados eran
poca cosa, y que la vida humana era una sucesividad de actos
triviales, condicionados e insignificantes, que mire la cruz
de Cristo, que considere cuál fue el precio de nuestra
salvación (1Cor 6,20). Si alguno sospechaba que nuestra
vida apenas tenía valor e importancia ante Dios, Señor
del cielo y de la tierra, que mire la cruz de Jesús,
y que se entere de que no hemos sido "rescatados con
plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de
Cristo" (1Pe 1,18-19). Y que no piense tampoco que ese
amor y ese precio Jesucristo lo entregó "por la
humanidad" en general, pero no "por mí";
pues cada uno de nosotros puede decir con toda verdad lo mismo
que San Pablo: "El Hijo de Dios me amó y se entregó
por mí" (Gál 2,20).
3.-La cruz es el sello que garantiza la verdadera espiritualidad
cristiana. "No hay perdón sin derramamiento de
sangre" (Heb 9,22). Hemos de tomar la cruz cada día
si queremos ser discípulos de Cristo (Lc 14,27). Cuando
nos enseñen un camino espiritual, fijémonos
bien si lleva la cruz, el sello de garantía puesto
por Jesús. Si ese camino es ancho y no pasa por la
cruz sino que la rehuye, no es el camino de Cristo: el verdadero
camino evangélico, el que lleva a la vida, es estrecho
y pasa por puerta angosta (Mt 7,13-14).
La glorificación del humillado
"El que se humilla será ensalzado" (Lc 14,11;18,14).
Cristo bendito no se mantuvo igual a Dios en gloria, sino
que se abatió hasta el abismo de la muerte, y "por
eso Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que
está sobre todo nombre" (Flp 2,5-11).
La glorificación del Humillado se produce en misterios
sucesivos, hondamente vinculados entre sí. Cristo mismo,
por su palabra, va iluminando previamente el significado de
tales misterios: su muerte y resurrección (Lc 9,22),
su ascensión a los cielos (Jn 20,17; Mt 28,7), la comunicación
pentecostal del Espíritu Santo (Hch 1,4).
-La muerte en la cruz, ya es el comienzo de la glorificación
de Cristo, alzado de la tierra, como en Israel fue alzada
la serpiente de bronce (Jn 3,14-15; 12,32): la naturaleza
tiembla, se rasga el velo del Templo (Mt 27,51-54; Lc 23,44-49),
muchos hombres, golpeándose el pecho, reconocen a Jesús
(Mc 15,39; Lc 23,48).
Cristo, al morir, entregó al Padre su espíritu
(Lc 23,46; Jn 19,30). Inmediatamente el alma humana de Jesús
es glorificada por el Padre, aunque todavía no su cuerpo.
Ya anunció Cristo que pasaría "tres días
y tres noches en el seno de la tierra" (Mt 12,40).
-El descenso al reino de los muertos, el "sehol"
de los judíos, continúa glorificando al Humillado.
"Muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu,
en él fue a predicar a los espíritus que estaban
en la prisión" (1Pe 3,18-19; +Ef 4,8-10). Un júbilo
indecible ilumina el reino de las sombras. Cristo es ahora
un muerto entre los muertos, él es, para esperanza
viva de todos ellos, "el Primogénito de los muertos"
(Col 1,18). El es la puerta abierta que da paso al reino de
la luz y de la vida. "Yo soy la puerta; el que por mí
entrare se salvará" (Jn 10,9).
-La resurrección de Cristo es absolutamente gloriosa.
Se cumplen en ella las profecías (Sal 15,10; Hch 2,27)
y los anuncios del mismo Jesús (Mt 12,40; 28,5-6; Lc
9,22; Jn 2,19;10,17):... al tercer día, en el día
siguiente al sábado.
No es la fe de los discípulos la que crea la resurrección
del Maestro; es la resurrección de Jesús la
que crea la fe de los discípulos. Éstos, tras
los sucesos del Calvario, estaban atemorizados y perplejos,
y ni siquiera dieron crédito a los primeros testimonios
de la resurrección (Mc 16,8-11; Lc 24,22-24). Incluso
cuando ya se les aparece el Resucitado, "aterrados y
llenos de miedo, creían ver un espíritu",
y es el mismo Cristo el que les habla, se deja ver y tocar,
come ante ellos, para convencerles de la realidad de su resurrección
(24,37-43; Jn 20,24-28).
Cristo resucitado está verdaderamente investido de
la gloria divina. Los apóstoles, a quienes fue dado
ser "testigos oculares de su majestad" (l Pe 2,16),
pudieron decir con toda razón: "Hemos visto al
Señor" (Jn 20,24), "hemos visto su gloria,
gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia
y de verdad" (1,14); hemos visto, tocado y oído
realmente al Verbo de la vida (1 Jn 1,1), hemos "comido
y bebido con él después de resucitado de entre
los muertos" (Hch 10,40-41).
"Los apóstoles atestiguaban con gran poder la
resurrección del Señor Jesús" (Hch
4,33): ésta fue la Buena Noticia fundamental de la
predicación apostólica (2,24.32; 17,31s; 1Cor
15,1-8). La idea de la resurrección era perfectamente
extraña para los griegos, era algo increíble
y ridículo (Hch 17,32), y entre los mismos judíos
era un tema discutido: los saduceos negaban la resurrección,
los fariseos creían en ella (23,8). Es Cristo resucitado
quien nos asegura con certeza la Buena Noticia: hay otra vida;
los muertos resucitarán en el último día.
Es el Padre quien resucita al Hijo, quien despierta al Hijo,
dormido en la muerte (Hch 2,27-28; Rm 10,9; 2Tes 1,10), cumpliendo
así lo que había prometido públicamente:
"Yo le glorifiqué y de nuevo le glorificaré"
(Jn 12,28; +17,5). Ello significa que el Padre admite y recibe
el sacrificio redentor de Cristo en la cruz. En efecto, el
Padre entrega al Hijo salvador "toda autoridad en el
cielo y en la tierra" (Mt 28,18). Ahora Jesús,
el hijo de María virgen, es el "Hijo, nacido de
la descendencia de David, según la carne, Hijo de Dios,
poderoso según el Espíritu de santidad después
de la resurrección de entre los muertos, Jesucristo
nuestro Señor" (Rm 1,3-4).
Es el Padre quien "nos reengendró a una viva esperanza
por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos"
(1Pe 1,3). Y nosotros contemplamos ahora "cual es la
excelsa grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes,
según la fuerza de su poderosa virtud, que él
ejerció en Cristo, resucitándole de entre los
muertos y sentándole a su diestra en los cielos"
(Ef 1,19-20; +Jn 1,12-13; 3,5-7; Ef 2,5-6; Col 2,13).
Después de su resurrección, Jesucristo tuvo
un trato frecuente y amistoso con sus discípulos, "se
dio a ver en muchas ocasiones, apareciéndoseles durante
cuarenta días y hablándoles del reino de Dios,
y comiendo con ellos" (Hch 1,3-4). Pero esto modo de
presencia había de terminar, como el mismo Jesús
lo había anunciado: "Salí del Padre y vine
al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre" (Jn
16,28; +3,13).
-La ascensión de Jesucristo a los cielos se produjo
"viéndole" los discípulos: "fue
llevado hacia lo alto, y una nube lo ocultó a sus ojos"
(Hch 1,9; +Lc 24,50-51). La nube expresa la condición
divina de Jesús (Dan 7,13-14). En la nube también,
igualmente, volverá como Juez universal al fin de los
tiempos (Mt 24,30-31; Hch 1,11). Cristo resucitado habita
ahora en la gloria del Padre, totalmente celeste e invisible.
"El mismo que bajó es el que subió sobre
todos los cielos para llenarlo todo" (Ef 4,10). En adelante,
se produce un cambio notable en la presencia de Cristo. El
Resucitado que la Magdalena confunde con un hortelano (Jn
20,14-15), el compañero de camino de los de Emaús
(Lc 24,13-31), el que hace fuego en la orilla y prepara el
desayuno a sus amigos pescadores (Jn 21,1-14), es ahora el
Cristo glorioso y mayestático, el Cristo lleno de fuerza
y hermosura que describe el Apocalipsis (1,13-18; 5; 21,7-17):
"El Señor Jesús fue elevado a los cielos
y está sentado a la derecha del Padre" (Mc 16,19),
"a la diestra de la Majestad en las alturas" (Heb
1,3; +Hch 2,33; 5,31; 7,56; 1Pe 3,22; Ap 5,7).
Con tales palabras se quiere expresar que la humanidad de
Jesucristo ha sido de tal manera glorificada que ejerce, sin
limitación alguna, el poder divino sobre toda criatura
del cielo y de la tierra (Mt 28,18). Cristo resucitado es
el Rey del Universo, y precisamente desde esta plenitud de
potencia envía a los apóstoles: "Id, pues,
enseñad a todas las gentes, bautizándolas en
el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"
(28,19).
-En Pentecostés es cuando culmina la glorificación
del Humillado, cincuenta días después de su
resurrección. Todavía en la ascensión,
el Cuerpo místico de Jesús es carnal ("Señor
¿es ahora cuando vas a establecer el reino de Israel?",
Hch 1,6). La glorificación de la Cabeza no es perfecta
hasta que en Pentecostés el don del Espíritu
Santo se difunde en todo su Cuerpo, que es la Iglesia (Jn
16,7). Ahora sí, y para siempre: El Humillado ha sido
glorificado, no sólo en sí mismo, sino también
en los miembros de su Cuerpo.
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