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Vivir
en Cristo
Jesucristo vivifica una raza nueva de hombres celestiales.
"El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente;
el último Adán, espíritu vivificante.
El primer hombre fue de la tierra, terreno; el segundo hombre
fue del cielo. Cual es el terreno, tales son los terrenos;
cual es el celestial, tales son los celestiales" (l Col
15,45.47-48).
Jesucristo es el Pastor que en la cruz dio la vida por sus
ovejas, para vivificarlas con vida sobreabundante (Jn 10,
1-30). Y si Israel era una viña plantada y cuidada
por Yavé (Jer 2,21; Ez 15,6; 19,10-14; Os 10,1; Sal
79), Cristo es ahora la Vid y nosotros los sarmientos que
de él recibimos vida y frutos (Jn 15,1-8). Cristo es
también "la Cabeza del cuerpo de la Iglesia"
(Col 1,18); él es "la Cabeza, por la cual el cuerpo
entero, alimentado y trabado por coyunturas y ligamentos,
crece con crecimiento divino" (2,19; +Ef 1,23;5,23-30;
1Cor 12). Los que somos de Cristo (1Cor 15,23), hemos sido
"creados en Cristo Jesús, para hacer buenas obras,
que Dios de antemano preparó para que en ellas anduviésemos"
(Ef 2,10).
Ahora, pues, los cristianos vivimos en Cristo (Rm 16,12; 1Cor
1,9; Flp 4,1-7), por él (2Tes 5,9), con él (Rm
6,4;8,17; Gál 2,19; Ef 2,5-6; 2 Tim 2,11-12), revestidos
de él (Rm 13,14; Gál 3,27), imitándole
siempre (Jn 13,15; 1Cor 11,1; 2Tes 1,6; 1Pe 2,21), pero imitándole
no como si fuera un modelo exterior a nosotros, sino en una
docilidad constante a la íntima acción de su
gracia en nosotros. Porque Cristo está en nosotros
(Rm 8,10), habita en nosotros (Ef 3,17), se va formando día
a día en nosotros (Gál 4,19). Y es que el Padre
nos lo envió "para que nosotros vivamos por él"
(1 Jn 4,9; +Jn 5,26; 6,57). El ideal, por tanto, será
para todo cristiano aquello de San Pablo: "Ya no vivo
yo, es Cristo quien vive en mí" (Gál 2,20).
Amar a Jesucristo
"Ya no os digo siervos, os digo amigos" (Jn 15,15).
Los cristianos somos los amigos de Cristo, elegidos por él
(15,16). Toda la vida cristiana ha de entenderse como una
amistad con Jesucristo, con todo lo que ésta implica
de conocimiento personal, mutuo amor, relación íntima
y asidua, colaboración, unión inseparable, voluntad
de agradarse y no ofenderse. Esa es la amistad que nos hace
hijos del Padre, y que nos comunica el Espíritu Santo.
Estudiar y describir sus diversos aspectos es el objeto de
este libro en todos y cada uno de sus capítulos.
Santa Teresa de Jesús enseña con una convicción
firmísima que la amistad con Jesucristo en cuanto hombre
es el camino principal de la espiritualidad cristiana. "Con
tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se
puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Es
ayuda y da fuerza, nunca falta, es amigo verdadero. Y yo veo
claro que, para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes,
quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima,
en quien dijo Su Majestad que se deleita. Muy, muy muchas
veces lo he visto por experiencia; me lo ha dicho el Señor;
he visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos
nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así
que, señor, no quiera otro camino, aunque esté
en la cumbre de la contemplación; por aquí va
seguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen
todos los bienes" (Vida 22,6-7). Algunos pseudo-místicos,
proponiendo una oración al estilo del zen, pensaban
que "apartarse de lo corpóreo" era condición
indispensable para llegar a la plena contemplación
y unión con Dios. Contra esto la Santa arguye con energía
que "no ha de entrar en esta cuenta la sacratísima
Humanidad de Cristo" (22,8). Ya lo dijo Jesús:
"Nadie llega al Padre sino por mí" (Jn 14,6).
"Que nosotros adrede y de propósito nos acostumbremos
a no procurar con todas nuestras fuerzas traer delante siempre
-y pluguiese al Señor que fuese siempre- esta sacratísima
Humanidad, esto digo que no me parece bien, y que es andar
el alma en el aire, porque parece que no trae arrimo, por
mucho que le parezca anda llena de Dios. Es gran cosa mientras
vivimos y somos humanos traerle humano" (22,9).
Nuestro corazón debe "aprender a amar a Jesucristo"
conociendo el ejemplo de los santos. Ellos hablan de Jesús
con el lenguaje de los enamorados. San Pablo: "cuanto
tuve por ventaja, lo reputo daño por amor de Cristo,
y aun todo lo tengo por daño, a causa del sublime conocimiento
de Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor todo
lo sacrifiqué y lo tengo por estiércol, con
tal de gozar de Cristo" (Flp 3,7-8). Es el lenguaje de
Santa Teresa de Jesús:
"De ver a Cristo me quedó imprimida su grandísima
hermosura... Quedó [mi alma] con un provecho grandísimo
y fue éste: tenía una grandísima falta,
de donde me vinieron grandes daños, y era ésta,
que como comenzaba a entender que una persona me tenía
voluntad, y si me caía en gracia, me aficionaba tanto
que me ataba en gran manera la memoria a pensar en él...
Era cosa tan dañosa que me traía el alma harto
perdida; [pues bien] después que vi la gran hermosura
del Señor, no veía a nadie que en su comparación
me pareciese bien, ni me ocupase [el corazón y la memoria];
que con poner un poco los ojos de la consideración
en la imagen [de Jesús] que tengo en mi alma, he quedado
con tanta libertad en esto que después acá todo
lo que veo me parece hace asco en comparación de las
excelencias y gracias que en este Señor veía"
(Vida 37,4).
Cuando sale el sol, desaparecen las estrellas. La hermosura
de Cristo es inefable, pues revela la belleza de la Trinidad
divina: "quien me ve a mí ve al Padre" (Jn
14,9).
Él es "el esplendor de la gloria del Padre"
(Heb 1,3), y siendo al mismo tiempo "la imagen del Dios
invisible y el Primogénito de toda criatura" (Col
1,15-19), todas las bellezas del mundo -el hombre, la mujer,
los niños, los mares y los bosques, las flores y los
astros, las sinfonías y los poemas- todas están
sintetizadas y superadas infinitamente por Él, por
nuestro Señor Jesucristo.
Conocer y amar a Jesús: ésa es la suprema bienaventuranza.
Digamos, pues, con Tomás de Kempis: "Dame, oh
dulce y bondadoso Jesús, alegrarme en ti sobre todas
las cosas creadas, sobre toda salud y belleza, sobre toda
gloria y honor, sobre todo poder y dignidad, sobre toda ciencia
y sabiduría, sobre toda riqueza y arte, sobre toda
alegría y encanto, sobre toda dulzura y consuelo, sobre
toda esperanza y promesa, sobre todo merecimiento y deseo,
sobre todos los dones que tú puedes dar y repartir,
sobre todo gozo y satisfacción que pueda sentir el
corazón, por encima también de ángeles
y arcángeles y sobre la corte del cielo, por encima
de todo lo visible e invisible, por encima, Dios mío,
de todo lo que no seas tú" (Imitación de
Cristo, III,23).
Conocer y amar a Jesús es, en fin, la esencia más
profunda del culto al Sagrado Corazón, del que Pío
XII dice: "se considera, en la práctica, como
la más completa profesión de la religión
cristiana" (enc. Haurietis aquas 15-V-1956, 29).
Y como tantas veces Jesús ha sido y es odiado, menospreciado
u olvidado, bien se comprende que, como dice Pío XI,
"el espíritu de expiación y reparación"
tiene justamente "la primacía y la parte más
principal en el culto al Sacratísimo Corazón
de Jesús" (enc. Miserentissimus Redemptor 8-V-1928,
9).
Pablo VI, por otra parte, declara la excelencia de este culto
y devoción, relacionándolos profundamente con
el misterio de la Eucaristía (cta. apost. Investigabiles
divitias Christi 6-II-1965).
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