FORMACIÓN DE PRESBITEROS
Tu sala personal para profundizar en la palabra de Dios.

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4. El don del Espíritu Santo

AA.VV., "Semanas de Estudios Trinitarios", Salamanca, Secretariado Trinitario 1973ss; L. Bouyer, Le consolateur, París, Cerf 1980; Y. M. Congar, El Espíritu Santo, Barcelona, Herder 1983; F. Durrwell, El Espíritu Santo en la Iglesia, Salamanca, Sígueme 1986; G. García Suárez, El Espíritu Santo, fuente primaria de vida cristiana y espiritual, Madrid, Rev. Espiritualidad 1991; J. de Goitia, La fuerza del Espíritu, Bilbao, Mensajero-Univ. Deusto 1974; C. Granado, El Espíritu Santo en la teología patrística, Salamanca, Sígueme 1987; D. J. Lallevent, La tres Sainte Trinité, mystère de la joie chrétienne, París, Téqui 19B4; S. Muñoz Iglesias, El Espíritu Santo, Ed. Espiritualidad, Madrid 1997; G. Philips, Inhabitación trinitaria y gracia, Salamanca, Secretariado Trinitario 1980; M. M. Philipon, Los dones del Espíritu Santo, Palabra, Madrid 19974; J. Rivera, El Espíritu Santo, Apt. 307, Toledo 19973; A. Royo Marín, El gran desconocido; el Espíritu Santo y sus dones, BAC min. 29, Madrid 19977; N. Silanes, El don de Dios, ib.1976.
Véase también León XIII, enc. Divinum illud munus 9-V-1897; Juan Pablo II, enc. Dominum et vivificantem 18-V-1986: DP 1986,112. Catecismo 683-741.
Divina presencia creacional y presencia de gracia
A pesar del pecado de los hombres, Dios siempre ha mantenido su presencia creacional en las criaturas. Sin ese contacto entitativo, ontológico, permanente, las criaturas hubieran recaído en la nada. León XIII, citando a Santo Tomás, recuerda esta clásica doctrina: "Dios se halla presente a todas las cosas, y está en ellas "por potencia, en cuanto se hallan sujetas a su potestad; por presencia, en cuanto todas están abiertas y patentes a sus ojos; por esencia, porque en todas ellas se halla él como causa del ser"" (enc. Divinum illud munus: STh I,8,3).
Pero la Revelación nos descubre otro modo por el que Dios está presente a los hombres, la presencia de gracia, por la que establece con ellos una profunda amistad deificante. Toda la obra misericordiosa del Padre celestial, es decir, toda la obra de Jesucristo, se consuma en la comunicación del Espíritu Santo a los creyentes.
Primeros acercamientos de Dios
La historia de la presencia amistosa de Dios entre los hombres comienza en Abraham. Un Dios, todavía desconocido, se le manifiesta varias veces en formidables teofanías y locuciones. Un Dios distante y cercano, terrible y favorable, un Dios fascinante en su grandeza y bondad: "Yo soy El Sadai; anda tú en mi presencia y sé perfecto" (Gén 17,1). Así comienza Yavé su amistad con el linaje de Abraham: "Hizo Yavé alianza con Abraham" (15,18; +cps.12-18).
En los tiempos de Moisés la presencia de Dios se hace más intensa y viene a ser más establemente expresada en ciertos signos sagrados. Moisés trata confiadamente con Yavé, que le dice su nombre (Ex 3,14). Llega a verle de lejos y "de espaldas" (33,18-23); incluso se dice que habla con el Señor "cara a cara, como habla un hombre a su amigo" (33,11). Pero todavía Yavé permanece distante y misterioso para el pueblo, que no puede acercársele, ni hacer representaciones suyas (19,21s; 20,4s).
Todo esto, para un pueblo acostumbrado a la idolatría, torpe para la religiosidad, resulta muy espiritual. El linaje de Abraham, Isaac y Jacob exige "un dios que vaya delante de nosotros" (32,1). Y Yavé condesciende: "Que me hagan un santuario y habitaré en medio de ellos. Habitaré en medio de los hijos de Israel y seré su Dios" (25,8; 29,45). Y a este pueblo nómada, Yavé le concede ciertas imágenes móviles de su Presencia gloriosa y fuerte.
La Nube, etérea y luminosa, cercana e inaccesible, es el sacramento que significa la presencia de Yavé. De día y de noche, con providencia solícita, guía al pueblo de Israel por el desierto (Ex 13,21; 40,38).
La Tienda es un templo portátil. La cuidan los levitas, se planta fuera del campamento, en una sacralidad característica de distancia y separación (25,8-9; 33,7-11).
El Arca del testimonio guarda las Tablas de la Ley. Sobre ella está el propiciatorio, el lugar más sagrado de la presencia divina: "Allí me revelaré a ti, y de sobre el propiciatorio, de en medio de los dos querubines, te comunicaré yo todo cuanto te mandare para los hijos de Israel" (2 Sam 7,6-7). Cuando más adelante Israel se establezca en la tierra prometida, Salomón entronizará solemnemente el Arca en el Templo (1 Re 8).
En la veneración de Israel por estos signos sagrados no hay idolatría, como la había entre los vecinos pueblos paganos hacia imágenes, piedras, montes o fuentes. Los profetas judíos enseñaron a distinguir entre el Santo y las sacralidades que le significan. Ellos siempre despreciaron los ídolos y se rieron de ellos.
En medio de Israel la presencia de Dios guarda siempre celosamente una divina transcendencia (1 Re 8,27). Yavé trata sólo con Moisés, el mediador elegido (Ex 3,12;19,17-25). El pueblo no se atreve a acercarse a Yavé, pues teme morir (Dt 18,16). Pero aún así, sabe Israel que su Dios está próximo y es benéfico: "¿Cuál es, en verdad, la gran nación que tenga dioses tan cercanos a ella, como Yavé, nuestro Dios, siempre que le invocamos?" (4,7; 4,32s). Las grandes intervenciones de Yavé en favor de su pueblo -paso del mar Rojo, maná, victorias bélicas prodigiosas- son signos claros de la presencia activa y fuerte de Dios entre los suyos. Estos signos deben silenciar a los murmuradores: "¿Está Yavé en medio de nosotros o no?" (Ex 17,7).
El Templo
La Nube, la Tienda, todos los antiguos lugares sagrados -Bersabé, Siquem, Betel-, santificados por la presencia de Dios, hallan en el Templo de Jerusalén la plenitud de su significado religioso: "Yavé está ahí" es lo que significa "Jerusalén" (Ez 48,35). En efecto, es Sión "el monte escogido por Dios para habitar, morada perpetua del Señor", ante la envidia de los otros montes (Sal 67,17). Es allí donde Yavé muestra su rostro, da su gracia, perdona a su pueblo: "Sobre Israel resplandece su majestad, y su poder, sobre las nubes. Desde el santuario Dios impone reverencia: es el Dios de Israel quien da fuerza y poder a su pueblo. ¡Dios sea bendito!" (67,35-36).
David quiso construir para Yavé el Templo -proyecto que su hijo Salomón realizó-. Y Yavé, a su vez, con toda solemnidad, promete a David hacerle una Casa, un linaje permanente: "Suscitaré a tu linaje, después de ti, el que saldrá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará Casa a mi nombre, y yo estableceré su trono para siempre. Yo le seré padre, y él me será hijo. Permanente será tu Casa para siempre ante mi rostro, y tu trono estable por la eternidad" (2 Sam 7,12-16). Este es el mesianismo real davídico, que había de cumplirse en Jesús, el "Hijo de David" (Lc 1,30-33).
La devoción al Templo es grande entre los piadosos judíos (Sal 2,4; 72,25; 102,19; 113-B,3; 122,1). Allí habita la gloria del Señor, allí peregrinan con amor profundo (83; 121), allí van "a contemplar el rostro de Dios" (41,3). También los profetas judíos aman al Templo, pero enseñan también que Yavé habita en el corazón de sus fieles (Ez 11,16), y que un Templo nuevo, universal, será construido por Dios para todos los pueblos (Is 2,2-3; 56,3-7; Ez 37,21-28). Ese Templo será Jesucristo, Señor nuestro.
La presencia espiritual
En la espiritualidad del Antiguo Testamento la cercanía del Señor es vivamente captada, sobre todo por sus exponentes más lúcidos, como son los profetas y los salmos.
El justo camina en la presencia del Señor (Sal 114,9), vive en su casa (22,6), al amparo del Altísimo (90,1). "Cerca está el Señor de los que lo invocan sinceramente. Satisface los deseos de sus fieles, escucha sus gritos y los salva. El Señor guarda a los que lo aman" (144,18-20; +72,23-25). Ninguna cosa puede hacer vacilar al justo, pues tiene a Yavé a su derecha (15,8). Nada teme, aunque tenga que pasar por un valle de tinieblas, ya que el Señor va con él (22,4).
El Señor promete su presencia y asistencia a ciertos hombres elegidos: "Yo estaré contigo, no temas" (Gén 26,24; Ex 3,12; Dt 31,23; Juec 6,12.16; Is 41,10; Jer 1,8.19), y también la asegura a Israel, a todo el pueblo: "Yo estaré con vosotros, no temáis" (Dt 31,6; Jer 42,11). La misma confortación dará el Señor a María y a los Apóstoles (Lc 1,28; Mt 28,20).
Por otra parte, también se dice en la Escritura que el Espíritu divino está especialmente sobre algunos hombres elegidos para ciertas misiones: "Vino sobre él el Espíritu de Yavé" (Núm 11,25; Dt 34,9; Juec 3,10; 6,34; 11,29; Is 6; Jer l; Ez 3,12). Más aún: se anuncia para la plenitud de los tiempos un Mesías lleno del Espíritu -los "siete" dones de la plenitud (Is 11,2)-: "He aquí a mi Siervo, a quien yo sostengo, mi Elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él" (42,1). De la plenitud espiritual de este Mesías se va a derivar para todo el pueblo una abundancia del Espíritu hasta entonces desconocida, aunque muchas veces deseada (Sal 50,12; Is 64,1): "Yo os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo. Yo pondré en vosotros mi Espíritu. Seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios" (Ez 36,24-28; +11,19-20; 37; Jer 31,33-34; Is 32,15; Zac 12,10).
Jesucristo, fuente del Espíritu Santo
Cristo es el anunciado hombre del Espíritu. "A Jesús de Nazaret le ungió Dios con Espíritu Santo y poder" (Hch 10,38). "En Cristo habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente" (Col 2,9). El es el "Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Y todos nosotros hemos recibido de su plenitud gracia sobre gracia" (Jn 1,14.16).
Jesucristo sabe que él es el Templo-fuente de aguas vivas, tal como lo anunciaron los profetas (Ez 47,1-12; Zac 13,1). "El que beba del agua que yo le diere no tendrá jamás sed, sino que el agua que yo le dé se hará en él una fuente de agua que brota para vida eterna" (Jn 4,14). Y esto que dice a la samaritana, lo dirá en público a todos: "Gritó diciendo: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Quien cree en mí, como dijo la Escritura, ríos de agua viva manarán de su seno". Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él, pues aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado" (7,37-39). Finalmente, Jesucristo en la cruz, al ser destrozada su humanidad sagrada -como un frasco que, al ser roto, derrama su perfume-, "entregó el espíritu [el Espíritu]" (19,30).
Así se cumplieron las Escrituras. Moisés, golpeando la roca con su cayado, la convirtió en fuente (Ex 17,5-6). Ahora "uno de los saldados, con su lanza, le traspasó el costado [a Jesús], y al instante brotó sangre y agua" (Jn 19,34). San Pablo interpreta esto autorizadamente: "La Roca era Cristo" (1Cor 10,4); por él "a todos se nos dio a beber del mismo Espíritu" (12,13). Se cumplieron así las antiguas profecías: "Aquel día derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí; y a Aquel a quien traspasaron, le llorarán como se llora al unigénito. Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, a fin de lavar el pecado y la impureza" (Zac 12,10; 13,1).
Jesucristo, Templo de Dios
Jesús venera el Templo antiguo, a él peregrina, lo considera Casa de Dios, Casa de Oración, paga el tributo del Templo, frecuenta sus atrios con sus discípulos (Mt 12,4; 17,24-27; 21,13; Lc 2,22-39. 42-43; Jn 7,10). Pero Jesús sabe que él es el nuevo Templo. Destruido por la muerte, en tres días será levantado (Jn 2,19). El se sabe "la piedra angular" del Templo nuevo y definitivo (Mc 12,10). En efecto, "la piedra angular es el mismo Cristo Jesús, en quien todo el edificio, armónicamente trabado, se alza hasta ser Templo santo en el Señor; en el cual también vosotros sois juntamente edificados para ser morada de Dios en el Espíritu" (Ef 2,20-22; +1Cor 3,11; 1Pe 2,4-6).
En su vida mortal, Jesucristo es un Templo cerrado, "pues aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado" (Jn 7,39). Muerto en la cruz, se rasga el velo del Templo antiguo, que ya no tiene función salvífica. Al tercer día se levanta Jesucristo para la vida inmortal, haciéndose entonces para los hombres el Templo abierto, "mejor y más perfecto, no hecho por manos de hombre, esto es, no de esta creación" (Heb 9,11; +Ap 7,15; 13,16; 21,3). Y cuando en Pentecostés los discípulos son "bautizados en el Espíritu Santo" (Hch 1,5), ya pueden entonces entrar en el Templo nuevo, santo y definitivo, para ser así ellos templos en el Templo (2Cor 6,16; Ex 29,45).
Entremos, pues, en Cristo-Templo, que en la resurrección, la ascensión, y pentecostés, ha sido abierto e inaugurado para todos los hombres que crean en él. "Acercáos a él, piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, y vosotros también edificáos como piedras vivas, como Casa espiritual, para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios por Jesucristo" (1Pe 2,4-5). "Teniendo, pues, hermanos, en virtud de la sangre de Cristo, firme confianza de entrar en el Templo que él nos abrió como camino nuevo y vivo a través del Velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la Casa de Dios, acerquémonos con sincero corazón" (Heb 10,19-22; +4,16).
La consumación del Templo nuevo será en la parusía, al fin de los tiempos, cuando venga Cristo con sus ángeles y santos. "Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa que se engalana para su esposo. Oí una voz potente, que del trono decía: "He aquí el Tabernáculo de Dios entre los hombres", y erigirá su Tabernáculo entre ellos... "He aquí que hago nuevas todas las cosas"" (Ap 21,2-5).

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