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La
Trinidad divina en los cristianos
Los primeros cristianos todavía frecuentaron el Templo
(Hch 2,46), pero en seguida comprendieron que el nuevo Templo
eran ellos mismos. En efecto, Dios habita en la Iglesia y
en cada uno de los cristianos. No sólo la Iglesia es
templo de Dios, como cuerpo que es de Cristo (1Cor 3,10-17;
Ef 2,20-21), sino cada uno de los cristianos es personalmente
"templo del Espíritu Santo" (1Cor 6,15.19;
12,27). Y ambos aspectos de la inhabitación, el comunitario
y el personal, van necesariamente unidos. No se puede ser
cristiano sino en cuanto piedra viva del Templo de la Iglesia.
Ahora las tres Personas divinas viven en los cristianos. El
mismo Espíritu Santo es el principio vital de una nueva
humanidad. Esta es la enseñanza de Jesús y de
sus Apóstoles.
En la enseñanza de San Pablo, el Cristo glorioso, unido
al Padre y al Espíritu Santo, es para los hombres "Espíritu
vivificante" (1Cor 15,45). En efecto, "el Señor
es Espíritu" (2Cor 3,17), habita en nosotros,
y nosotros nos vamos configurando a su imagen "a medida
que obra en nosotros el Espíritu del Señor"
(3,18; +Gál 4,6). Todas las dimensiones de la vida
cristiana, según esto, habrán de ser atribuidas
a la acción del Espíritu Santo que procede del
Padre y del Hijo.
Es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús,
el que nos mueve internamente a toda obra buena (Rm 8,14;
1Cor 12,6). Es el Espíritu Santo -el agua, el fuego-
quien nos purifica del pecado (Mt 3,11; Jn 3,5-9; Tit 3,5-7).
Es él quien enciende en nosotros la lucidez de la fe
(1Cor 2,10-16). El levanta nuestros corazones a la esperanza
(Rm 15,13). El nos mueve a amar al Padre y a los hombres como
Cristo los amó; para nosotros esto sería imposible,
pero "la caridad de Dios se ha derramado en nuestros
corazones por la fuerza del Espíritu Santo que nos
ha sido dado" (Rm 5,5). El llena de gozo y alegría
nuestras almas (Rm 14,17; Gál 5,22; 2Tes 1,6). El nos
da fuerza para testimoniar a Cristo y fecundidad apostólica,
pues la evangelización "no es sólo en palabras,
sino en poder y en el Espíritu Santo" (1,5; +Hch
1,8). El nos concede ser libres del mundo que nos rodea (2Cor
3,17). El viene en ayuda de nuestra impotencia y ora en nosotros
con palabras inefables (Rm 8,15. 26-27; Ef 5,18-19).
En suma, lo que el Apóstol nos dice es esto: "Vosotros
no vivís según la carne, sino según el
Espíritu, si es que de verdad el Espíritu de
Dios habita en vosotros" (Rm 8,9; +10-16; Gál
5,25; 6,8). Es el Espíritu Santo el que produce en
nosotros la adopción, el que nos hace hijos en el Hijo
(Rm 8,14-17). Toda la "espiritualidad" cristiana,
por tanto, es la vida sobrenatural que el Espíritu
produce en los hombres.
Y la enseñanza de San Juan es equivalente. El que ama
a Jesús y guarda sus mandatos "permanece en Dios
y Dios en él" (1 Jn 3,24). El sarmiento que "permanece"
en la Vid, recibe de ésta espíritu, vida, fruto
(Jn 15,4-8). Si alguno ama a Cristo, será amado por
el Padre, y las Personas divinas habitarán en él
(14,23). El que se alimenta de Cristo, es internamente vivificado
por él (6,56-57). Toda la vida cristiana, por tanto,
fluye de la inhabitación de Dios en el hombre.
La inhabitación en la Tradición cristiana
La vivencia del misterio de la inhabitación ha sido
siempre, ya desde el comienzo de la Iglesia, la clave principal
de la espiritualidad cristiana. San Ignacio de Antioquía,
hacia el año 107, se da el nombre de Teóforos,
portador de Dios, y nombres semejantes da a los fieles cristianos,
teóforoi, cristóforoi, agióforoi (Efesios
9,2; saludos de sus cartas). Y así mismo enseñaba:
"Obremos siempre viviendo conscientemente Su inhabitación
en nosotros, siendo nosotros su templo, siendo él nuestro
Dios dentro de nosotros; como realmente es y se nos manifestará,
si le amamos como es debido" (Efesios 15,3).
En la antigüedad, el más alto maestro de la inhabitación
es sin duda San Agustín. El buscó a Dios en
las criaturas, y ellas le dieron algunas referencias muy valiosas
(Confesiones IX,10,25; X,6,9); pero por fin lo encontró
en sí mismo: "Él está donde se gusta
la verdad, en lo más íntimo del corazón"
(IV,12,18).
"¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y
tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro
de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba. Tú
estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían
lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no
tendrían ser" (X,27,38). "Tú estabas
dentro de mí, más interior a mí que lo
más íntimo mío y más elevado que
lo más alto mío (interior intimo meo et superior
summo meo)" (III,6,11).
Es cierto que en la purificación pasiva del espíritu
puede el cristiano, como dice San Juan de la Cruz, "sentirse
sin Dios" (2 Noche 5,5; 6,2). También Cristo en
la cruz se sintió abandonado por el Padre (Mt 27,46).
Pero también es cierto que son los santos, los que
han sufrido esas místicas noches, quienes tienen una
más profunda vivencia de la inhabitación de
Dios en el alma. Así por ejemplo, Santa Teresa de Jesús
alcanza las más altas experiencias de la inhabitación
en el culmen de su vida espiritual, cuando llega a la mística
unión transformante, como muchas veces lo atestigua:
"Estando con esta presencia de las tres Personas que
traigo en el alma, era con tanta luz que no se puede dudar
el estar allí Dios vivo y verdadero" (Cuenta conciencia
42;+41). Antes creía ella en esta presencia, pero no
la sentía. Ahora Dios "quiere dar a sentir esta
presencia, y trae tantos bienes, que no se pueden decir, en
especial, que no es menester andar a buscar consideraciones
para conocer que está allí Dios. Esto es casi
ordinario" (66,10). Ni trabajos ni negocios le hacen
perder la conciencia de esa divina presencia (7 Moradas 1,11).
Captar en sí la Presencia divina es algo que la levanta
sobre todo lo creado: "Me mostró el Señor,
por una extraña manera de visión intelectual
[esto es, sin imágenes], cómo estaba el alma
que está en gracia, en cuya compañía
vi la Santísima Trinidad por visión intelectual,
de cuya compañía venía al alma un poder
que señoreaba toda la tierra" (Cuenta conciencia
21). Captar en la propia alma esa gloriosa Presencia trae
inmensos bienes: gozo indecible de verse hecha una sola cosa
con Dios (7 Moradas 2,4), completo olvido de sí (3,2),
ardiente celo apostólico (3,4), paz y gran silencio
interior (3,11-12), aunque no falta cruz (3,2; 4,2-9). Antes
"solía ser muy amiga de que me quisiesen bien,
y ya no se me da nada, antes me parece en parte me cansa"
(Cuenta conciencia 3). "En muy grandes trabajos y persecuciones
y contradicciones que he tenido, me ha dado Dios gran ánimo,
y cuando mayores, mayor" (ib.). En fin, "no me parece
que vivo yo, ni hablo, ni tengo querer, sino que está
en mí quien me gobierna y da fuerza, y ando como fuera
de mí" (ib.).
Igualmente, la inhabitación de Dios en el alma es para
San Juan de la Cruz "lo más a que en esta vida
se puede llegar" (Llama 1,14). "El Verbo Hijo de
Dios, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo,
esencial y presencialmente está escondido en el íntimo
ser del alma" (Cántico 1,6). ¿Puede haber
algo mayor?
"Dios mora secretamente en el seno del alma, porque en
el fondo de la sustancia del alma es hecho este dulce abrazo.
Mora secretamente, porque a este abrazo no puede llegar el
demonio, ni el entendimiento del hombre alcanza a saber cómo
es. Pero al alma misma, [que ha sido introducida ya por la
alta vida de virtud] en esta perfección, no le está
secreto, pues siente en sí misma este íntimo
abrazo... ¡Oh, qué dichosa es esta alma que siempre
siente estar Dios descansando y reposando en su seno!... En
otras almas que no han llegado a esta unión, aunque
no está [el Esposo] desagradado, porque al fin están
en gracia, pero, por cuanto aún no están bien
dispuestas, aunque mora en ellas, mora secreto para ellas,
porque no le sienten de ordinario, sino cuando él les
hace algunos recuerdos sabrosos" (Llama 4,14-16).
Y es el amor la causa de la inhabitación: "Si
alguno me ama..." (Jn 14,23). "Mediante el amor
se une el alma con Dios; y así, cuantos más
grados de amor tuviere, tanto más profundamente entra
en Dios y se concentra en El. De donde podemos decir que cuantos
grados de amor de Dios puede tener el alma, tantos centros
puede tener en Dios, uno más adentro que otro, porque
el amor más fuerte es el más unitivo. Y si llegare
hasta el último grado del amor, llegará a herir
el amor de Dios hasta el último centro y más
profundo del alma, lo cual será transformarla y esclarecerla
según todo el ser y potencia y virtud de ella, según
es capaz de recibir, hasta ponerla que parezca Dios"
(Llama 1,13). Entonces "el alma se ve hecha como un inmenso
fuego de amor que nace de aquel punto encendido del corazón
del espíritu" (2,11).
El misterio de la Trinidad divina tal cual es -generación
del Hijo, espiración del Espíritu- se da en
el alma, que recibe "la comunicación del Espíritu
Santo, para que ella espire en Dios la misma espiración
de amor que el Padre espira en el Hijo y el Hijo en el Padre,
que es el mismo Espíritu Santo... Porque eso es estar
[el alma] transformada en las tres Personas en potencia [Padre]
y sabiduría [Hijo] y amor [Espíritu Santo],
y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese
venir a esto la creó a su imagen y semejanza"
(Cántico 39,3-4).
Ese "abrazo abismal de su dulzura" que el Padre
ha dado al hombre, lo ha dado en Cristo Esposo, que así
celebra sus bodas con la humanidad "con cierta consumación
de unión de amor" (Cántico 22,3; +Llama
4,3).
Síntesis teológica
La inhabitación es una presencia real, física,
de las tres Personas divinas, que se da en los justos, y únicamente
en ellos, es decir, en las personas que están en gracia,
en amistad con Dios. Las tres Personas divinas habitan en
el hombre como en un templo, no sólo el Espíritu
Santo. Y son las mismas Personas de la Trinidad las que se
hacen presentes, no sólo meros dones santificantes.
Ahora bien, para que la Presencia divina se dé, es
necesaria la producción divina de la gracia creada
en el hombre. Por tanto, la gracia increada, esto es, la inhabitación,
y la gracia creada, son inseparables.
Por la inhabitación, los cristianos somos "sellados
con el sello del Espíritu Santo" (Ef 1,13), sello
personal, vivo y vivificante. La imagen de Dios se reproduce
en nosotros por la aplicación que las Personas divinas
hacen de sí mismas inmediatamente en nosotros. Y de
este modo, como dice el concilio Vaticano II, de tal modo
el Espíritu Santo vivifica a los cristianos, al Cuerpo
místico de Cristo, "que su oficio pudo ser comparado
por los Santos Padres con la función que ejerce el
principio de vida o alma o en el cuerpo humano" (LG 7g).
La inhabitación de Dios en el hombre ha de explicarse
en clave de conocimiento (Jn 17,3) y de amor (14,23); es decir,
la inhabitación es una amistad. Así Santo Tomás:
"La caridad es una amistad, y la amistad importa unión,
porque el amor es una fuerza unitiva" (STh II-II,25,4).
"La amistad añade al amor que en ella el amor
es mutuo y que da lugar a cierta intercomunicación.
Esta sociedad del hombre con Dios, este trato familiar con
él, comienza por la gracia en la vida presente, y se
perfecciona por la gloria en la futura. Y no puede el hombre
tener con Dios esa amistad que es la caridad, si no tiene
fe, una fe por la que crea que es posible ese modo de asociación
y trato del hombre con Dios, y si no tiene también
esperanza de llegar a esa amistad. Por eso la caridad [y consecuentemente
la inhabitación de Dios en el hombre] es imposible
sin la fe y la esperanza" que fundamentan la caridad
(I-II,65,5).
Precisados estos principios, entendemos mejor que la inhabitación
se explique teológicamente por el conocimiento y el
amor mutuo de la amistad. "El especial modo de la presencia
divina propio del alma racional consiste precisamente en que
Dios esté en ella como lo conocido está en aquel
que lo conoce y como lo amado en el amante. Y porque, conociendo
y amando, el alma racional aplica su operación al mismo
Dios, por eso, según este modo especial, se dice que
Dios no sólo es en la criatura racional, sino que habita
en ella como en su templo" (I,43,3).
Por otra parte, como ya vimos, el cristiano carnal, aunque
esté en gracia, apenas es consciente de la Presencia
de Dios en él. Es el cristiano espiritual el que capta
habitual y claramente la inhabitación de la Trinidad.
"Los limpios de corazón verán a Dios"
en sí mismos (Mt 5,8). Cuando el ejercicio ascético
de las virtudes se perfecciona en la vida mística de
los dones del Espíritu Santo, es entonces cuando el
cristiano vive su condición de templo de la Trinidad
divina con una conciencia más cierta y habitual. Así
lo explica Juan de Santo Tomás:
"Supuesto ya el contacto y la íntima existencia
de Dios dentro del alma, Dios se hace presente de un modo
nuevo por la gracia como objeto experimentalmente cognoscible
y gozable en ella misma. Y es que a Dios no se le conoce sólamente
por la fe, que es común a los creyentes, justos o pecadores,
sino también por el don de sabiduría, que da
un gustar y un experimentar íntimamente" a Dios
(Tract. de s. Trinit. mysterio d.17,a.3,10-12).
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