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Eucaristía
e inhabitación
Jesucristo en la eucaristía causa en las fieles la
inhabitación de la Trinidad. "Yo soy el pan vivo
bajado del cielo. El que come mi carne y bebe mi sangre habita
en mí y yo en él. Así como vivo yo por
mi Padre, así también el que me come vivirá
por mí" (Jn 6,51-57). La eucaristía, pues,
es para la inhabitación. La presencia real de Cristo
en la eucaristía tiene como fin asegurar la presencia
real de Cristo en los justos por la inhabitación.
Incluso puede afirmarse que, bajo ciertos aspectos, la presencia
del Señor en los cristianos es aún más
excelente que su presencia en la eucaristía. Y esto
por varias razones. 1ª.-La eucaristía está
finalizada en la inhabitación. El Señor se hace
presente en el pan para hacerse presente en los fieles. Por
otra parte, la inhabitación hace al cristiano idóneo
para la comunión eucarística. Sin aquélla,
no es lícito acercarse a ésta. 2ª.-En la
eucaristía el pan pierde su autonomía ontológica
propia, para convertirse en el cuerpo de Cristo: ya no hay
pan, sólo queda su apariencia sensible. Pero en la
inhabitación el prodigio de amor es aún más
grande: El Señor se une al hombre profundísimamente,
dejando sin embargo que éste conserve su propia ontología,
sus facultades y potencias humanas. La inhabitación
no hace que el cristiano deje de existir, pero la eucaristía
hace que deje de existir el pan. 3ª.-La eucaristía
cesará, como todas las sacralidades de la liturgia,
cuando "pase la apariencia de este mundo" y llegue
a "ser Dios todo en todas las cosas" (1Cor 7,31;
15,28); pero la presencia de Dios en el justo, la inhabitación,
no cesará nunca, por el contrario consumará
su perfección en la vida eterna. 4ª.-Corrompidas
las especies eucarísticas, por accidente o por el tiempo,
cesa la presencia del Señor; en cambio, muerto el cristiano,
corrompido su cuerpo en el sepulcro, no cesa en él
la amorosa presencia del Cristo glorioso y bendito. Sólo
el pecado puede destruir la Presencia trinitaria de la inhabitación.
Ni siquiera la muerte "podrá arrancarnos al amor
de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro"
(Rm 8,35-39).
Espiritualidad de la inhabitación
Toda la vida cristiana ha de vivirse y explicarse como una
íntima amistad del hombre con las Personas divinas
que habitan en él. La oración, la caridad al
prójimo, el trabajo, la vida litúrgica, todos
los aspectos y variedades de la gracia creada, han de vivirse
y explicarse partiendo de la gracia increada, esto es, de
la presencia de Dios en el hombre, presencia constante, activa,
benéfica, por la que la misma Trinidad santísima
se constituye en el hombre como principio ontológico
y dinámico de una vida nueva, divina, sobrenatural,
eterna.
((Pensamos que acerca de la inhabitación el error principal
es éste: que muchos ignoran, menosprecian u olvidan
la presencia de Dios en el justo. Este olvido unas veces afecta
a la doctrina espiritual: una espiritualidad que deje en segundo
plano el misterio de la inhabitación de la Trinidad
en el hombre es una espiritualidad falsa, o al menos es excéntrica,
pues no está centrada en lo que realmente es central
en el evangelio. Y siempre que la Presencia divina en los
cristianos es ignorada u olvidada, la espiritualidad decae
inevitablemente en moralismos antropocéntricos de uno
u otro signo, y en voluntarismos pelagianos de uno u otro
estilo. Otras veces estos errores e ignorancias sobre la inhabitación
afectan sólo a las actitudes concretas de las personas.
Con un ejemplo: una mujer cristiana queda viuda. Sus hijos,
ya crecidos, no viven con ella. Se siente sola. Toma una empleada,
pero apenas le sirve de compañía, pues es muy
callada. Adquiere un perro, muy vivaracho, que suaviza su
soledad... A esta mujer "cristiana", por lo visto,
un perro le hace más compañía que la
Trinidad divina.))
Dios quiere que seamos habitualmente conscientes de su presencia
en nosotros. No ha venido a nosotros como dulce Huésped
del alma para que habitualmente vivamos en la ignorancia o
el olvido de su amorosa presencia. Por el contrario, nosotros
hemos "recibido el Espíritu de Dios, para que
conozcamos los dones que Dios nos ha concedido" (1Cor
2,12). Y el don mayor recibido en la vida de la gracia es
la donación personal que la Trinidad divina ha hecho
de sí misma a la persona humana, consagrándola
así como un templo vivo suyo.
La inhabitación fundamenta la conciencia de nuestra
dignidad de cristianos. El Espíritu Santo actúa
quizá en el pecador, pero "todavía no inhabita"
en él (Trento 1551: Dz 1678), pues éste no vive
en su amistad. Pero el hombre que ama a Dios y guarda sus
mandatos, permanece en Dios y Dios en él. Esta es la
grandeza de nuestra vocación, en palabras del concilio
Vaticano II: "Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse
a él con la total plenitud de su ser en la perpetua
comunicación de la incorruptible vida divina"
(GS 18b).
Por eso entre el pecador y el justo hay un salto ontológico
cualitativo, una distancia mucho mayor que la existente entre
el justo y el bienaventurado del cielo, pues entre éstos
hay esencial continuidad; ya el justo en este mundo "tiene
la vida eterna" (Jn 6,54). Dice León XIII que
la inhabitación es tan admirable que "sólo
en la condición o estado, pero no en la esencia, se
diferencia de la que constituye la bienaventuranza en el cielo"
(enc. Divinum illud munus 9-V-1897, 11: Dz 3331).
((La verdad es que cuando se habla de "la dignidad de
la persona humana" desde mentalidades materialistas y
ateas es inevitable una actitud de desconfianza. ¿En
qué consiste la "dignidad" del hombre si
no es persona, si no es imagen de Dios, si sólo es
un animal con un cerebro especialmente evolucionado? La antropología
materialista ha tomado del cristianismo gran parte de su terminología
y algunas precarias formas de veneración al hombre,
pero ha desechado los fundamentos religiosos de esa terminología
y de esa actitud.
Ahora bien, sin la absoluta fundamentación religiosa
de la dignidad del hombre ¿qué objeción
seria puede ponerse al aborto, a la eutanasia, o a los más
variados experimentos eugenésicos para "mejorar
la especie", purificando a la humanidad de las "razas
inferiores"? ¿Por qué los locos o los deformes
o los enfermos irrecuperables, o simplemente los miserables
ignorantes, hombres pobres, lastres sociales, merecen algún
respeto? ¿Por qué los ricos han de solidarizarse
con los pobres para elevar su condición humana? ¿Por
que no recurrir a una invasión, a una buena guerra,
cuando con ella se podrían arreglar rápidamente
no pocos problemas mundiales? O viniendo a casos concretos,
¿por qué, por ejemplo, no acelerar una herencia
urgente por la discreta eliminación de un viejo enfermo
e inútil que no acaba de morirse?... No hay manera
de fundamentar la dignidad del hombre de modo absoluto e inviolable
si se suprime su vinculación a Dios.))
En la medida en que se cree en la inhabitación, en
esa medida surge el horror al pecado. San Pablo, cuando quería
apartar a los corintios del vicio de la fornicación,
les recordaba ante todo que eran templos de Dios: " ¿No
sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu
de Dios habita en vosotros? Si alguno profana el templo de
Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo
de Dios es santo, y ese templo sois vosotros" (1Cor 3,16-17).
Y en este caso el Apóstol no hacía tales consideraciones
a cristianos de muy alta vida espiritual, sino que las dirigía
a cristianos carnales, principiantes, llenos de deficiencias
(3,1-3).
La conciencia de la inhabitación lleva a la oración
continua, y enseña a vivir siempre en la presencia
de Dios. Y también conduce a la humildad, pues nos
hace comprender que son las Personas divinas las que en nosotros
tienen la iniciativa y la fuerza para todo lo bueno que hagamos.
Un cristiano sólo podrá envanecerse por algo
si olvida la presencia activa de Dios en él; y entonces
será tan necio como un cuerpo que pensara hacer las
obras del hombre sin el alma, y que sólo a sí
mismo se atribuyera el mérito de tales obras.
Crece en nosotros el amor a la Iglesia cuando comprendemos
que la gracia suprema de la inhabitación se nos da
por ella y en ella. La Presencia divina no se nos da como
algo privado, sino como algo que es a un tiempo comunitario,
eclesial, y estrictamente personal.
Comprendemos también la necesidad de la abnegación
del hombre viejo y carnal en nosotros, si nos damos cuenta
de que estamos llamados a pensar, querer, sentir, hablar y
obrar desde la Trinidad divina que habita en nosotros, y no
desde la precariedad miserable de nuestro yo carnal.
Nunca podrá faltarnos la alegría si somos conscientes
de la presencia de Dios en nosotros. Nos alegramos, nos alegramos
siempre en el Señor (Flp 4,4).
En fin, la conciencia del misterio de la inhabitación
acrecienta en el cristiano la interioridad personal, librándole
de un exteriorismo consumista, trivial y alienante. "El
reino de Dios está dentro de vosotros" (Lc 17,21).
"Atención a lo interior", dice San Juan de
la Cruz (Letrilla 2). No quiere este gran maestro que el hombre
se vacíe de sí mismo, proyectándose siempre
hacia fuera. Eso es justamente lo que nos aliena de Dios.
"Todavía dices: "Y si está en mí
el que ama mi alma ¿cómo no le hallo ni le siento?"
La causa es porque está escondido y tú no te
escondes también para hallarle y sentirle; porque el
que ha de hallar una cosa escondida, ha de entrar tan a lo
escondido y hasta lo escondido donde ella está, y cuando
la halla, él también está escondido como
ella. Tu Esposo amado es "el tesoro escondido en el campo"
de tu alma" (Cántico 1,9).
Para el místico Doctor la "disipación"
crónica de los cristianos es un verdadero espanto,
una tragedia, algo indeciblemente lamentable. "Oh, almas
creadas para estas grandezas y para ellas llamadas ¿qué
hacéis, en qué os entretenéis? vuestras
pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh
miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta
luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos,
no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y glorias,
os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos
ignorantes e indignos!" (39,7).
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