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5.
La Iglesia
J. Auer, La Iglesia, sacramento universal de salvación,
Barcelona, Herder 1986; R. Blázquez, Jesús sí,
la Iglesia también, Salamanca, Sígueme 1983;
J. Collantes, La Iglesia de la Palabra, I-II, BAC 338-339
(1972); J. Hamer, La Iglesia es una comunión, Barcelona,
Estela 1965; H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia,
Madrid, Encuentro 1980; Las iglesias particulares en la Iglesia
universal, Salamanca, Sígueme 1974; O. Semmelroth,
La Iglesia como sacramento original, San Sebastián,
Dinor 1963.
La Iglesia de los apóstoles
El día de pentecostés, "Pedro, de pie con
los Once", después de haber recibido el Espíritu
Santo, predicó el evangelio a los judíos en
Jerusalén. Sus "palabras les traspasaron el corazón,
y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro les
contestó: Arrepentíos, bautizaos confesando
que Jesús es el Mesías, para que se os perdonen
los pecados, y recibiréis el don del Espíritu
Santo... Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel
día se les agregaron unos tres mil. Eran constantes
en escuchar la enseñanza de los apóstoles y
en la comunidad de vida, en el partir el pan y en las oraciones"
(Hch 2,14. 37-42). En estas últimas palabras, nos da
San Lucas una perfecta definición descriptiva de la
Iglesia, que ahora nosotros iremos comentando.
Fe en Jesucristo
"Quien confiese que Jesús es el hijo de Dios,
Dios permanece en él y él en Dios" (1 Jn
4,15). Creer en Jesucristo: ése es el principio de
la salvación (Hch 8,35-37). El que cree en Jesús
tendrá vida eterna, no sufrirá más sed,
no morirá para siempre (Jn 3,36; 6,35.40; 11,25-26).
El que cree en Jesús será justificado, no se
verá confundido, vencerá al mundo, hará
obras muy grandes y recibirá de Dios cuanto le pida
(Hch 13,39; Rm 9,33;10,11; 1 Jn 5,5; Jn 14,12; 16,23-24).
Es evidente, pues, que la identidad cristiana se define fundamentalmente
por la fe en Cristo, tal como es predicado por la Iglesia
de los apóstoles. Cristianos somos los que hemos creído
y sabemos que Jesús es el Santo de Dios (6,69), y los
que estamos dispuestos a confesar esta fe ante los hombres
(Mt 10,32-33). Cristianos somos los que estamos convencidos
de que "ningún otro nombre nos ha sido dado bajo
el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos"
(Hch 4,12). "Esta afirmación" de San Pedro,
dice Juan Pablo II, "asume un valor universal, ya que
para todos -judíos y gentiles- la salvación
no puede venir más que de Jesucristo" (enc. Redemptoris
missio 7-XII-1990, 5).
((Hoy no pocos se declaran cristianos sin creer en Jesucristo.
Ya en 1971, de una encuesta hecha en Francia resultaba que
un 96% de los franceses se declaraban bautizados; 84% se confesaban
de religión católica; 75% afirmaban la existencia
de Dios; 41% creían que Jesús hoy vive realmente;
37% creían en la virginidad de María; 34% creían
en la existencia del infierno... Pareciera, según esa
encuesta y tantos otros datos, que muchos conciben la identidad
cristiana en función de la aceptación de un
"ideal ético", más bien que de una
fe. La identidad cristiana no implicaría necesariamente
una fe en Jesús, tal como lo predica la Iglesia. Pero
hay en esto un inmenso error. La Iglesia es ante todo una
comunión de los que creen en Jesucristo y en su nombre
se bautizan para recibir el perdón de los pecados y
el don del Espíritu Santo)).
Los hombres sólo pueden hallar su salvación
en la verdad, y ésta no pueden encontrarla sino en
Jesucristo, que es la Verdad (Jn 14,16). Unicamente en la
verdad puede realizar el hombre su plena libertad, es decir,
su propio ser (8,32; +36). Así pues, para la salvación
del hombre no da lo mismo que su pensamiento esté en
la luz de la verdad o en las tinieblas del error. Jesucristo
es el único Salvador de los hombres, y él quiere
que seamos "santificados en la verdad" (17,17).
((En contra de esto, algunos piensan hoy que la santidad cristiana
consiste en hacer una ofrenda total de la propia vida por
una causa alta, sin que tenga mayor importancia que se crea
o no en Jesucristo, o que la causa motivadora de esa ofrenda,
supuestamente total, sea verdadera o falsa. Pero no hay más
santificación cristiana que la que procede de convertirse
"de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo
y verdadero, y esperar del cielo a Jesús, su Hijo,
a quien resucitó de entre los muertos, quien nos libró
de la ira venidera" (2Tes 1,9-10).
Por el contrario, se da la terrible posibilidad de que un
hombre entregue a los otros hombres su vida y todos sus bienes,
y que esto de nada le sirva en orden a la vida eterna (1Cor
13,3). Hombres hay que todo lo sacrifican a la riqueza; mujeres
que hacen lo que sea por la belleza; atletas que todo lo ordenan
a la victoria; militantes que todo lo sacrifican a su ideal
político. Pero la totalidad de la ofrenda vital no
garantiza el valor salvífico de la ofrenda -como si
la entrega total de la persona fuera un valor en sí
mismo-. ¿A qué se hace esa ofrenda, a quién,
a qué?... Los idólatras sacrifican sus vidas
a los ídolos que veneran, y toda causa creatural que
absorba totalmente la entrega del hombre tiene un carácter
idolátrico.
Más aún, cuanto los ídolos son más
altos (la sociedad humana, un ideal político o filosófico)
son más peligrosos, mucho más peligrosos que
los ídolos más bajos (dinero, droga, placer),
pues aquéllos tienen apariencia de gran valor, aunque
no pasan de ser ídolos. De hecho, los idólatras
de altos ídolos son mucho más fanáticos
que los servidores de ídolos bajos, y es más
raro que se conviertan al único Dios verdadero. A unos
y a otros, a todos hay que predicar el evangelio. Es la misión
que Jesús dio a Pablo: "Yo te envío a los
gentiles para que les abras los ojos, se conviertan de las
tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios,
y reciban la remisión de los pecados y la herencia
entre los debidamente santificados por la fe en mí"
(Hch 26,18).))
Fe en la Iglesia
El hombre encuentra a Jesús en la Iglesia. Al Señor
se le encuentra si se le busca donde él quiere manifestarse
y comunicarse; es decir, si se le busca donde él está.
Y "Cristo está siempre presente a su Iglesia,
sobre todo en la acción litúrgica" (SC
7a). El hombre carnal pierde el tiempo si busca a Cristo siguiendo
sus propios gustos arbitrarios y subjetivos. Es en la Iglesia
católica donde se recibe el auténtico y apostólico
"testimonio de Jesucristo" (Ap 1,2). Y "únicamente
por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es
el auxilio general de salvación, puede alcanzarse la
total plenitud de los medios de salvación" (UR
3e).
La espiritualidad cristiana sabe bien que Jesucristo santifica
siempre a los hombres con la colaboración de la Iglesia,
madre espiritual de los cristianos. Sin ella no hace nada.
Así como en su vida mortal Cristo hacía sus
curaciones unas veces por contacto y otras a distancia, así
también su Iglesia unas veces santifica a los hombres
por contacto (a los cristianos) y otras a distancia (a los
no-cristianos). Pero lo cierto es que "en esta obra tan
grande, por la que Dios es perfectamente glorificado y los
hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima
esposa la Iglesia" (SC 7b).
Antes de su muerte y resurrección, Cristo santificaba
a los hombres por medio de su corporalidad temporal, que a
un tiempo velaba y revelaba la fuerza de su Espíritu
(Lc 8,46; Mc 5,30). Ahora, ascendido al Padre, Cristo glorioso
obra según el Espíritu por medio de su Cuerpo,
que es la Iglesia. Y nos convino, sin duda, que volviera al
Padre, pues ahora su acción es más poderosamente
santificante y más universal (Jn 16,7; +14,12). Así
pues, "la Iglesia, a la vez que reconoce que Dios ama
a todos los hombres y les concede la posibilidad de salvarse
(+1 Tim 2,4), profesa que Dios ha constituído a Cristo
como único mediador y que ella misma ha sido constituida
como sacramento universal de salvación (LG 48, GS 43,
AG 7.21)" (Redemptoris missio 9).
Ahora bien, "la universalidad de la salvación
no significa que se conceda sólamente a los que, de
modo explícito, creen en Cristo y han entrado en la
Iglesia", que para algunos apenas llegará a ser
una propuesta inteligible. "Para ellos, la salvación
de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo
una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce
formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada
en su situación interior y ambiental" (10). La
Iglesia en la eucaristía actualiza diariamente el misterio
de la salvación no sólo por nosotros, los fieles,
sino "por todos los hombres, para el perdón de
los pecados". Todos los hombres, pues, que se salvan,
se salvan por Cristo y por la Iglesia. Y en este sentido,
la fe católica ha profesado siempre que no hay salvación
fuera de la Iglesia.
((Algunos que no creen ni en Jesús ni en su Iglesia
alegan que creerían si vieran en la Iglesia signos
de Dios más convincentes. Puede haber, sin duda, casos
en que los hombres no hayan recibido signos suficientemente
inteligibles como para que suscitar en ellos la fe en Cristo
y en su Iglesia. Pero otras veces quienes así alegan
no son sino aquellos mismos que en el Calvario meneaban la
cabeza ante el Crucificado y decían: "Que baje
ahora de la cruz y creeremos en él" (Mt 27,42).
¡Ni a un muerto resucitado que les predicara el evangelio
le creerían éstos! (Lc 16,31).
Jesús muchas veces se negó a realizar señales
espectaculares para suscitar la fe en él: quiso dar
como señal definitiva su propia resurrección,
considerándola signo suficientemente elocuente (Mt
12,38-42). La Iglesia de Cristo en la historia es un signo
suficientemente claro para que los hombres de buena voluntad,
al recibir el evangelio, puedan creer con el auxilio del Espíritu
Santo, haciendo la ofrenda de una fe meritoria. Y es un signo
suficientemente oscuro como para que los otros viendo no vean
y oyendo no oigan ni entiendan (Mt 13,10-17).))
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