FORMACIÓN DE PRESBITEROS
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La Iglesia de la Palabra
Jesús constituyó a los apóstoles "para enviarles a predicar" (Mc 3,14). A ellos les autorizó el Señor como a embajadores suyos ante los hombres: "El que os oye, me oye" (Lc 10,16; +2Cor 5,20). Y este envío no se limitó, en la intención de Cristo, a los primeros apóstoles, sino a todos los que, como sucesores suyos, iban a hacer permanente en la Iglesia el ministerio apostólico. En efecto, Jesús dio autoridad docente a los apóstoles y a sus sucesores. Y según esto ha de afirmarse que "entre los principales oficios de los Obispos sobresale la predicación del Evangelio" (LG 25a).
Y a esta obligación de los sagrados Pastores corresponde en los fieles cristianos el deber de "perseverar en la escucha de los apóstoles" (Hch 2,42). En efecto, "los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra" (ib.). Así pues, una atención habitual a las principales enseñanzas del Magisterio apostólico será un elemento integrante de la espiritualidad cristiana.
Pero ya desde el principio la voz de los apóstoles se vio combatida por las ruidosas voces de muchos falsos profetas y teólogos. Los escritos apostólicos reflejan constantemente esta preocupación y este dolor: San Pedro (2 Pe 2), Santiago (3,15), San Judas (3-23), San Juan (Ap 2-3; 1 Jn 2,18.26; 4,1), todos denuncian una y otra vez el peligro de estos maestros del error. De verdad se cumplió y se cumple la palabra de Jesús: "Saldrán muchos falsos profetas y extraviarán a mucha gente" (Mt 24,11; +7,15-16; 13,18-30. 36-39).
San Pablo, concretamente, en sus cartas dedica fuertes y frecuentes ataques contra los falsos doctores del evangelio, y los denuncia haciendo de ellos un retrato implacable. "Resisten a la verdad, como hombres de entendimiento corrompido" (2 Tim 3,8), son "hombres malos y seductores" (3,13), que "pretenden ser maestros de la Ley, cuando en realidad no saben lo que dicen ni entienden lo que dogmatizan" (1 Tim 1,7; +6,5-6.21; 2 Tim 2,18; 3,1-7; 4,4.15; Tit 1,14-16; 3,11). Y si al menos revolvieran sus dudas en su propia intimidad... Pero todo lo contrario: les apasiona la publicidad, dominan los medios de comunicación social -que se les abren de par en par-, son "muchos, insubordinados, charlatanes, embaucadores" (Tit 1,10). "Su palabra cunde como gangrena" (2 Tim 2,17).
¿Qué buscan estos hombres? ¿Dinero? ¿Poder? ¿Prestigio?... En unos y en otros será distinta la pretensión. Pero lo que ciertamente buscan todos es el éxito personal en este mundo presente (Tit 1,11; 3,9; 1 Tim 6,4; 2 Tim 2,17-18; 3,6). Éxito que normalmente consiguen. Basta con que se distancien de la Iglesia, para que el mundo les garantice el éxito que desean. Y es que "ellos son del mundo; por eso hablan el lenguaje del mundo y el mundo los escucha. Nosotros, en cambio, somos de Dios; quien conoce a Dios nos escucha a nosotros, quien no es de Dios no nos escucha. Por aquí conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error" (1 Jn 4,5-6; +Jn 15,18-27).
Pues bien ¿será posible que, entre tantas voces discordantes y contradictorias, puedan los cristianos permanecer en la Verdad? Será perfectamente posible si "perseveran en escuchar la enseñanza de los apóstoles" (Hch 2,42), si saben arraigarse "sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular el mismo Cristo" (Ef 2,20), si se agarran con fuerza a "la Iglesia del Dios vivo, que es columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3,15), si tienen buen cuidado en discernir la voz del Buen Pastor, que "nos habla desde el cielo" (Heb 12,25) mediante el Magisterio apostólico. Quienes "conocen su voz, no seguirán al extraño, antes huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños" (Jn 10,4-5).
Éstos entran en el Reino porque se hacen como niños, y se dejan enseñar por la Madre Iglesia. Estos saben prestar a la autoridad del Magisterio apostólico "la obediencia de la fe" (Rm 1,5; +16,26; 2Cor 9,13; 1Pe 1,2.14). Ya dice el concilio Vaticano II que "a través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el final (Mt 24,13; 13,24-30. 36-43)" (GS 37b). Pues bien, éstos han librado el buen combate y han guardado la fe (2 Tim 4,7; +2,25; 4,7; 1 Tim 2,4; 2 Pe 2,20; Heb 10,26). Estos han sabido guardarse de los "falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces" (Mt 7,15). Estos han sabido discernir la calidad de los doctores y de sus doctrinas "por sus frutos" (7,16-20).
((Por el contrario, camino del error siguen aquéllos que "no sufrirán la sana doctrina, sino que, deseosos de novedades, se agenciarán un montón de maestros a la medida de sus propios deseos, se harán sordos a la verdad, y darán oído a las fábulas" (2 Tim 4,3-4). Estos, para recibir el Magisterio apostólico, presentan unas exigencias críticas casi insuperables, mientras que las novedades conformes a sus gustos se las tragan con una credulidad acrítica próxima a la estupidez. Sordos a la verdad, crédulos para las fábulas. Es el doble crimen de que se queja el Señor: "Dejarme a mí, fuente de aguas vivas, para excavarse cisternas agrietadas, incapaces de retener el agua" (Jer 2,13).
Así vienen a ser como "niños, zarandeados y a la deriva por cualquier ventolera de doctrina, a merced de individuos tramposos, consumados en las estratagemas del error" (Ef 4,14; +2 Tes 2,10-12). Al extremo de todo esto, habrá que pensar: El pecado, la infidelidad a la gracia, les ha llevado al error (Jn 3,20). No han sabido guardar la genuina fe en una conciencia pura (1 Tim 1,19). Se les han enfermado los ojos, y todo el cuerpo se les quedó en tinieblas (Mt 6,23). Se les ha podrido la mente, el nous, y ya no pueden volver a estar en Cristo-Luz sin conversión, sin metanoia (3,8; Lc 10,13), sin una profunda "renovación de la mente" (metamorfoo, anakainosis tou noos, Rm 12,2; +Ef 4,23). La verdad es principio de todo bien, y el error es principio de todo mal.))
El Cardenal Joseph Ratzinger, en una homilía pronunciada cuando era arzobispo de Munich y Freising, hacía notar que al Magisterio eclesiástico "se le confía la tarea de defender la fe de los sencillos contra el poder de los intelectuales" (31-XII-1979). Cuando éstos son humildes, y guardan ante la fe de la Iglesia una actitud discipular, iluminan con sus enseñanzas al pueblo de Dios. Pero cuando son soberbios, y se atreven a juzgar la fe de la Iglesia, poniéndose sobre ella, causan entre los cristianos terribles daños, sobre todo cuando se hacen con el poder en las editoriales y en los medios de comunicación.

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