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1ª
PARTE
Las
fuentes de la santidad
1.
La devoción al Creador
2. La confianza en la Providencia
3. Jesucristo
4. El don del Espíritu Santo
5. La Iglesia
6. La Virgen María
7. Lo sagrado
8. La liturgia
1.
La devoción al Creador
AA.VV.,
Il Cosmo nella Bibbia, Nápoles, Dehoniane 1982; W.
Heisenberg, Más allá de la física, BAC
370 (1974); P. Jordan, El hombre de ciencia ante el problema
religioso, Madrid, Guadarrama 1972; J. M. Riaza, Azar, ley,
milagro, BAC 236 (1964); S. Vergés, Dios y el hombre:
la creación, Madrid, EDICA 1980.
El
misterio del cosmos maravilloso
La
contemplación del mundo creado es el fundamento de
la religiosidad del hombre, "pues lo invisible de Dios
-su eterno poder y su divinidad-, desde la creación
del mundo se puede ver, captado por la inteligencia, gracias
a las criaturas" (Rm 1,20; + Job 12,7-10; Sal 18,2-7;
Sab 13,1-9; Hch 14,15-17; 17,24-28).
La
creación nos muestra una variedad casi infinita de
seres creados, una innumerable diversidad de seres vivientes,
desde el virus que se mide en milimicras hasta la ballena
de treinta metros, desde la fascinante concha nacarada hasta
las alucinantes magnitudes de las galaxias que distan de nosotros
millones de años-luz. La inmensidad de la creación
es un reflejo formidable de la infinitud del Creador.
Toda
la creación, pero especialmente el mundo de las criaturas
con vida, abunda en enigmas insolubles. ¿Dónde
tiene su origen el milagro de lo que tiene vida? ¿Cómo
explicar la perfección y complejidad de sus delicadas
funciones? ¿Cómo explicar esos vuelos migratorios
de cinco mil kilómetros -de día, de noche, con
tormentas-, con rumbos infalibles? ¿Cómo comprender
el vuelo de los murciélagos en la oscuridad?... Son
las preguntas del libro de Job (38-41). ¿Cómo
entender el misterio del hombre, pastor, músico, navegante,
sacerdote, poeta, ingeniero capaz de llegar a la Luna?...
Ante
la grandeza del Creador, revelada en las criaturas, el hombre
no puede menos de "enmudecer" doblegándose
en la adoración más rendida (Job 40,3-5;42,1-6).
Verdaderamente la Creación es misteriosa: refleja en
sí misma el esplendor inefable del Misterio eterno
trinitario.
Dios
Creador
Sinteticemos
en varias proposiciones la fe en el Creador.
1.-Dios
es el "Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible
y lo invisible": todos los seres han sido producidos
por él de la nada, esto es, según toda su substancia
(Vat.I, 1870: Dz 3025). Es Dios la causa total del ser de
las criaturas. Es Dios quien las ha creado partiendo solo
de sí mismo, sin nada presupuesto. Es Dios el único
que puede crear, haciendo que las criaturas salven la infinita
distancia que hay del no-ser al ser. "Yo soy Yavé,
el que lo ha hecho todo: yo, yo solo desplegué los
cielos y afirmé la tierra. ¿Quién me
ayudó?" (Is 44,24).
2.-Padre,
Hijo y Espíritu Santo son "un solo principio de
todas las cosas", espirituales y corporales, angélicas
y mundanas (Lat.IV, 1215: Dz 800). "No son tres principios
de la creación, sino un solo principio" (Florent.
1442: Dz 1331). La Biblia atribuye unas veces la creación
al Padre (Mt 11,25), otras al Hijo (Jn 1,3; Col 1,15s), o
al Padre por Cristo, "por quien hizo el mundo" (Heb
1,2; +1Cor 8,6). Y estas atribuciones han sido el fundamento
de grandes tesis teológicas:
"Dios es causa de los seres por su inteligencia y por
su voluntad, como lo es un artífice respecto a las
cosas que hace. El artífice obra por la idea que ha
concebido en su inteligencia, y por el amor nacido en su voluntad
hacia algo. Análogamente, Dios Padre ha hecho la creación
por su Verbo, que es el Hijo, y por su Amor, que es el Espíritu
Santo" (STh I,45,6).
3.-Dios,
en un acto totalmente libre, creó el mundo solo por
amor. "La única causa que impulsó a Dios
a crear fue el deseo de comunicar su bondad a las criaturas
que iban a ser hechas por él" (Catecismo Romano
I,1). Dios, sin coacción de nada ni de nadie, pudo
crear o no crear, pudo crear este mundo u otro diverso. Y
quiso crear este mundo para poder comunicar a las criaturas,
que no existían, algo de su ser, de su bondad, de su
hermosura y de su vida. No ama Dios las cosas porque existen,
sino que las cosas existen "porque" Dios las ama.
Y así dice la Escritura: Tú, Señor, "amas
todo cuanto existe y nada odias de lo que has hecho, que no
por odio hiciste cosa alguna. ¿Cómo podría
subsistir nada si tú no lo quisieras o cómo
podría conservarse sin ti? " (Sab 11,25-26). Señor,
"tú creaste todas las cosas y por tu voluntad
existen y fueron creadas" (Ap 4,11).
4.-Dios
creó al hombre en el "día sexto" como
culmen de su obra creativa, y partiendo ya de algo creado
-un muñeco de tierra, un antropoide, es lo mismo-.
A esta criatura preexistente, anteriormente creada, el Señor
"le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue
así el hombre ser animado", criatura espiritual,
"imagen" de su Creador (Gén 2,7; 1,27). Más
aún, Dios mismo es "el Creador en cada hombre
del alma espiritual e inmortal" (Credo del pueblo de
Dios 30-VI-1968, n.8). Y así el hombre, coronado de
gloria y dignidad, queda constituido por Dios como señor
de toda la creación visible (Sal 8).
5.-Dios
constituyó a Jesucristo como vértice de toda
la creación. El es la imagen perfecta de Dios, a quien
revela, y él es la imagen perfecta del hombre, a quien
también revela (GS 22ab). "Él es el esplendor
de la gloria [del Padre] y la imagen de su substancia, y el
que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas"
(Heb 1,3). "Él es la imagen del Dios invisible,
el primogénito de toda criatura" (Col 1,15).
6.-El
mismo Dios, en Jesucristo, es la norma inteligente de todo
lo creado. Todo, desde la geometría armoniosa de las
galaxias hasta la organización interna de una célula
-perfecta en su estructura, su finalismo, su información
genética-, todo está transido por la misteriosa
sabiduría del Creador: "Antes de que fueran creadas
todas las cosas, ya las conocía él, y lo mismo
las conoce después de acabadas" (Sir 23,29). Y
es Jesucristo, el "primogénito de toda criatura",
el canon universal de todo lo que tiene ser creado, pues "por
medio de él fueron creadas todas las cosas, celestes
y terrestres, visibles e invisibles, todo fue creado por él
y para él, él es anterior a todo, y el universo
tiene en él su consistencia" (Col 1,16-17).
Las
criaturas
El
cristiano conoce la bondad del mundo creado, sabe que "todas
las cosas son puras" (Rm 14,20; +Tit 1,15). Ama sinceramente
a toda la creación, participando así de los
mismos sentimientos del Padre celestial: "Vio Dios que
era muy bueno cuanto había hecho" (Gén
1, 31).
((El
pesimismo ontológico sobre el mundo, tan frecuente
en las filosofías y religiones paganas, es completamente
extraño a la espiritualidad cristiana. Para el budismo
el mundo es una ilusión, para otras sabidurías
orientales es la obra mala y peligrosa de un demiurgo. Para
el cristiano el mundo es la obra maravillosa de un Dios infinitamente
bueno, sabio y bello; es una obra distinta de su Autor, pero
que manifiesta su gloria)).
Un
vínculo profundo y necesario une al Creador y la criatura.
Las cosas "son" criaturas de Dios: ésta es
su identidad más profunda. En Dios hallan permanentemente
las criaturas acogida en el ser y fuerza en el obrar. En el
ser y en el obrar la dependencia ontológica de la criatura
respecto de Dios es total. Sin él, la criatura cae
en la nada, pues no tiene en sí misma la razón
de su ser.
Por eso mismo la criatura está finalizada en el Creador.
No podría ser de otro modo. "De él, por
él, y para él son todas las cosas" (Rm
11,36). El es "el alfa y la omega" (Ap 1,8). "El
mundo ha sido creado para la gloria de Dios" (Vat.I 1870:
Dz 3025). El bien de la criatura y la gloria de Dios coinciden
infaliblemente, pues la perfecta realización de la
criatura estriba en la perfecta fidelidad a la ley del Señor.
Según
todo esto, Dios es el Autor que tiene plena autoridad sobre
la creación, como "Señor del cielo y de
la tierra", y él hace participar de su autoridad
a ciertas criaturas. En efecto, el mundo no es un montón
informe de criaturas, en el que todas serían iguales
y meramente yuxtapuestas, sino un todo orgánicamente
unido, con partes siempre desiguales y complementarias. Y
así como las criaturas no-libres obedecen a Dios necesariamente
-el agua, los astros, las plantas-, y en esa obediencia hallan
su propio bien, así también las criaturas libres,
los hombres, hallan su bien obedeciendo en todo al Autor divino
y a todas las autoridades por él constituidas en la
familia, la escuela, la ciudad, el ejército, la asamblea
religiosa.
((El
igualitarismo moderno, de inspiración atea, es contrario
no sólo a la Revelación, sino también
a la naturaleza. Es una ideología falsa que sólamente
haciendo violencia a la realidad de las cosas puede afirmarse.
Sabemos científicamente que, por ejemplo, en cualquier
asociación de vivientes -una manada de lobos- domina
la confusión y la ineficacia hasta que en ella se establece
una estructuración jerárquica, que implica relaciones
desiguales. Pues bien, la autoridad -la jerarquía,
la desigualdad-, que es natural entre los animales, sigue
siendo natural entre los hombres. Ciertamente en las sociedades
humanas habrá que distinguir -no así en las
animales- desigualdades justas, procedentes de Dios, conformes
a la naturaleza, y desigualdades injustas, nacidas de la maldad
de los hombres: habrá, pues, que afirmar las primeras
y combatir las segundas. Pero en todo caso debe quedar claro
que el principio igualitario, en cuanto tal, es injusto, es
violento, es contrario a la naturaleza)).
Espiritualidad
creacional en la Biblia y la Tradición
En
el Antiguo Testamento Dios se revela como "el Creador
del cielo, el Dios que formó la tierra" (Is 45,18),
ante el cual todos los otros dioses aparecen ilusorios y ridículos,
sin ser ni fuerza (46; 48,12-13; +2 Mac 7,28-29). El, precisamente
por ser el Creador, debe ser escuchado y obedecido sin resistencia
alguna: "Y vosotros... ¿me vais a dar instrucciones
sobre la obra de mis manos? Yo hice la tierra y creé
sobre ella al hombre; mis propias manos desplegaron el cielo,
y doy órdenes a su ejército entero" (Is
45,11-12).
A
este Dios Creador, a este Autor único del universo,
se alza la oración de Israel: "Tú, que
has hecho el cielo y la tierra y todas las maravillas que
hay bajo el cielo, tú eres el dueño de todo,
y nada hay, Señor, que pueda resistirte" (Est
13,10-12). Vano sería que la criatura, en sus angustias,
pusiera en "los montes" del poder humano su esperanza;
"el auxilio viene del Señor, que hizo el cielo
y la tierra" (Sal 120,1-2; +123). Israel debe confiar
en el Creador, que cuida de la tierra y la enriquece constantemente
sin medida (64,7-14). A él debe dirigir su admiración
y su alabanza (103), haciéndose portavoz de todas las
criaturas inanimadas y mudas (97).
En
el Nuevo Testamento ésta misma es la devoción
gozosa de Jesucristo ante el Creador, ante el "Señor
del cielo y de la tierra" (Mt 11,25), como en tantos
pasajes del evangelio se manifiesta (Mt 13,35; Mc 10,6; 13,19;
Lc 11,50; Jn 17,24). Esta es la espiritualidad de los apóstoles,
que al Creador dirigen sus oraciones: "Tú, Señor,
al principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de
tus manos" (Heb 1,10; +Hch 4,24; 14,15; 17,24; Ef 3,9;
Col 1,16). El Dios de los apóstoles es el que llama
a la existencia a "lo que aún no es" (Rm
4,17). A Dios Creador se dirige el más antiguo culto
cristiano: "Adorad al que ha hecho el cielo y la tierra,
el mar y las fuentes de las aguas" (Ap 14,7; +4,11).
En
la Tradición cristiana la devoción al Creador
tiene frecuentes y conmovedoras expresiones. Así en
San Agustín: "Tú eres Dios, tú el
Creador, tú el Salvador: tú nos diste el ser,
tú nos diste la salvación" (ML 35,1653).
La Liturgia de la Iglesia invoca con devoción al Creador
de todo, incluye en las solemnes lecturas de la vigilia pascual
el relato de la creación, y sobre todo en los himnos
de la liturgia de las Horas se dirige devotamente al que es
Señor del mundo, de sus días, noches y estaciones
-Aeterne rerum Conditor, Deus Creator omnium, Lucis Creator
optime, etc.-. Toda esta piedad creacional impregna hondamente
las diversas escuelas de espiritualidad cristiana.
San
Francisco de Asís -el canto al Hermano Sol- y la familia
franciscana deben ser citados aquí en primer lugar.
Pero también el principio y fundamento de la espiritualidad
ignaciana es la convicción de que "el hombre es
creado para alabar" a Dios, "y las otras cosas sobre
la haz de la tierra son creadas para el hombre, y para que
le ayuden a conseguir el fin por el que ha sido creado".
San
Ignacio de Loyola ve a Dios como Redentor, pero también
como Creador; y por eso quiere que contemplemos siempre "cómo
Dios habita en las criaturas, en los elementos dando ser,
en las plantas vegetando, en los animales sintiendo, en los
hombres dando entendimiento; y así en mí dándome
ser, animando, sintiendo y haciéndome entender; así
mismo haciendo templo de mí, siendo creado a semejanza
e imagen de su divina majestad" (Ejercicios 235).
La
escuela carmelitana sigue a Santa Teresa de Jesús,
que se aprovechaba espiritualmente viendo "campo o agua,
flores; en estas cosas hallaba yo memoria del Creador, digo
que me despertaban y recogían y servían de libro"
(Vida 9,5; +San Juan de la Cruz, 2 Subida 5,3).
((La
disminución de la devoción al Creador es una
de las enfermedades más graves del cristianismo actual.
No es hoy frecuente invocar al Creador -al menos no lo es
tanto como en otros siglos-. Las criaturas son vistas con
ojos paganos, como si subsistieran por sí mismas. Esto,
según las personas y circunstancias, lleva a la angustia,
a la aridez espiritual, al consumismo ávido...
Si los creyentes antiguos, cuando tan poco conocían
del mundo creado, se extasiaban alabando al Creador, ¿con
qué entusiasmo habremos de cantar al Creador nosotros,
que conocemos como nunca las maravillas del mundo visible?
Por otra parte, la piedad creacional -tan propia de la espiritualidad
laical- hoy resulta especialmente necesaria, pues jamás
el hombre había logrado un tan grande dominio sobre
el mundo; nunca había poseído tantas, tan preciosas
y variadas criaturas.))
Espiritualidad
creacional
El
amor al Creador es un rasgo fundamental de la espiritualidad
cristiana. Como dice San Basilio, "nosotros amamos al
Creador porque hemos sido hechos por él, en él
tenemos nuestro gozo, y en él debemos pensar siempre
como niños en su madre" (Regla larga 2,2). Las
Horas litúrgicas de cada día comienzan invocándole:
"Venid, postrémonos por tierra, bendiciendo al
Señor, Creador nuestro" (Sal 94,6); pues "él
nos hizo y somos suyos" (99,3).
La
admiración gozosa ante la creación, que canta
incesantemente la gloria de Dios... En la visión cristiana
del mundo -a pesar de estar tan estropeado por el pecado-,
lo sustantivo es la contemplación admirada, lo adjetivo
es el conocimiento penoso del mal. Y no debemos permitir que
la pena predomine sobre el gozo. Por el contrario, el entusiasmo
religioso debe llevarnos a decir: "Tus acciones, Señor,
son mi alegría, y mi júbilo las obras de tus
manos. ¡Qué magníficas son tus obras,
Señor, qué profundos tus designios! El ignorante
no los entiende, ni el necio se da cuenta" (Sal 91,5-7).
Hemos
de contemplar la presencia de Dios en sus criaturas. Mientras
el hombre no ve a Dios en el mundo, está ciego; mientras
no escucha su voz poderosa en la creación, está
sordo (Sal 18, 2-5; 28). Santa Teresa cuenta que no fue educada
en la captación de esa presencia, sino que la descubrió
por experiencia (Vida 18,15).
La
admiración de Dios en sus criaturas es uno de los rasgos
principales de la espiritualidad de San Agustín: "La
hermosura misma del universo es como un grande libro: contempla,
examina, lee lo que hay arriba y abajo. No hizo Dios, para
que le conocieras, letras de tinta, sino que puso ante tus
ojos las criaturas que hizo. ¿A qué buscas testimonio
más elocuente? El cielo y la tierra te gritan: Somos
hechura de Dios" (Confesiones 10,6).
Es
la misma vivencia religiosa de San Francisco de Asís
que, "en cualquier objeto admiraba al Autor, en las criaturas
reconocía al Creador, se gozaba en todas las obras
de las manos del Señor. Y cuanto hay de bueno le gritaba:
El que nos ha hecho es mejor... Abrazaba todas las cosas con
indecible devoción afectuosa, les hablaba del Señor
y les exhortaba a alabarlo. Dejaba sin apagar las luces, lámparas,
velas, no queriendo extinguir con su mano la claridad que
le era símbolo de la luz eterna. Caminaba con reverencia
sobre las piedras, en atención a Aquel que a sí
mismo se llamó Roca... Pero ¿cómo decirlo
todo? Aquel que es la Fuente de toda bondad, el que será
todo en todas las cosas, se comunicaba a nuestro Santo también
en todas las cosas" (Tomás de Celano, II Vida
cp.124).
La
piedad creacional nos da conciencia de la dignidad del hombre
y de Jesucristo, su cabeza. Dios sometió al hombre
todas las criaturas (Sal 8,7), y constituyó a Cristo,
también en cuanto hombre, Rey del universo, Señor
del cielo y de la tierra (Mt 28,18), Heredero de todo (Heb
1,2). Ahora, como dice el Apóstol, "todo es vuestro,
vosotros de Cristo, y Cristo de Dios" (1Cor 3 ,23 ).
Por
último, el horror al pecado surge de ver que por él
nos entregamos a las criaturas, despreciando a su Creador.
Es un abismo insondable de culpa y miseria en el que se hunden
los pecadores: "Adoraron y sirvieron a la criatura en
vez de al Creador. ¡Bendito él por siempre! Amén"
(Rm 1,25).
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