|
((Los
errores antiguos y modernos sobre la providencia son innumerables.
Señalaremos algunos más frecuentes.
-Muchos
niegan la providencia de Dios sobre lo mínimo. Que
el conductor de un coche advierta a tiempo un peligro, que
los frenos respondan adecuadamente, que se produzca o se evite
un grave accidente, eso "solo depende" de causas
segundas: del conductor, de la resistencia de un material,
del cuidado del mecánico que preparó el coche;
pero "no depende de Dios" y de su gobierno providente
en absoluto. Nada, pues, tiene que ver la providencia divina
en que este hombre concreto pase el resto de su vida sano
y activo, o bien sujeto a una silla de ruedas. Esta errónea
concepción de la providencia, completamente ajena al
pensamiento bíblico, y hoy considerada como teología
progresista, supone un torpe regreso a la antigua ignorancia
de los filósofos, para los cuales "dii magna curant,
parva negligunt" (Cicerón). El Señor queda
así reducido a mero espectador distante e impotente
de la historia de los hombres concretos y de los pueblos.
Ninguna intervención divina cabe esperar en un orden
mundano cerrado en sí mismo de forma hermética.
La oración de súplica es inútil. La aceptación
de lo que sucede -quizá quedarse en una silla de ruedas-
no es docilidad a la voluntad amorosa de un Dios providente,
sino resignación estoica a unas circunstancias inevitables.
Todo esto implica un completo rechazo de la revelación
bíblica sobre la providencia.
-Algunos
confunden lo "providencial" con lo "agradable".
Si en un terrible accidente salió ileso el conductor,
se dirá: "providencial". Pero habría
que decir lo mismo si de él saliera muerto o quedara
recluido para siempre en una silla de ruedas: "providencial".
Simplemente, todo es providencial. También la muerte
de Cristo en la cruz.
-Algunos
niegan la providencia de Dios o la ponen en duda con ocasión
del mal, muchas veces atroz. "¿Cómo decir
providencial la muerte de mi hijo único, atropellado
por un conductor criminal? Eso no es providencial, eso es
criminal. Y si es providencial, es que Dios o no es bueno
-si permite tales cosas-, o no es omnipotente -si no puede
impedirlas-". Estos dilemas sin salida, en estos mismos
términos formulados, los hallamos ya en los antiguos
filósofos paganos. Nos muestran bien que negar la providencia,
efectivamente, equivale a negar a Dios.
-Algunos
acusan a Dios y blasfeman de él con ocasión
de su providencia sobre el mundo, que ellos estiman o terriblemente
cruel o inexistente. No es ésta, por supuesto, la actitud
evangélica. Si alguna vez, desde el fondo de nuestro
dolor, nos atrevemos a "preguntar" a Dios sobre
ciertos males nuestros o ajenos incomprensibles, no lo hagamos
agresivamente, sino con ánimo filial, desde la humildad
y la confianza, dispuestos a recibir dócilmente la
respuesta o el silencio de Dios. Aunque no entendamos nada,
nos fiamos de él en todo. No tiene por qué darnos
explicaciones sobre cómo gobierna nuestra vida o la
del mundo. En este sentido, decía San Pablo: "¡Oh
hombre! ¿Quién eres tú para pedir cuentas
a Dios? ¿Acaso la piedra de barro dirá al alfarero
"por qué me hiciste así"?" (Rm
9,20). Por lo demás, si de verdad creemos que la cruz
de Cristo es providencial, ya estamos curados de espanto ante
lo que suceda, sea lo que fuere.
Guardémonos
de acusar a Dios: ningún problema habría si
Dios hubiera hecho al hombre necesario, como las piedras,
las plantas o los astros; pero quiso hacerlo a imagen Suya,
quiso hacerlo libre, con todos los riesgos y grandezas que
ello implica, con posibilidad de méritos admirables
y de abominables culpas y crímenes. Y lo hizo previendo
un Redentor que haría sobreabundar la gracia donde
abundó el pecado (Rm 5,20). Lo hizo previendo que un
dolor leve y pasajero en esta tierra, "valle de lágrimas",
sería introducción en una gloria indecible y
eterna (2Cor 4,17-18). Así pues, guardémonos
bien de mirar con acusación y amargura la providencia
divina, que es con nosotros mil veces más suave de
lo que nos merecemos: "No nos trata como merecen nuestros
pecados, ni nos paga según nuestras culpas; como se
levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre
sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja
de nosotros nuestros delitos; como un padre siente ternura
por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles;
porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos
barro" (Sal 102,10-14).
-No
intentemos forzar los planes de la providencia de Dios, ni
con oraciones llenas de exigencia, ni con "chantajes"
inadmisibles: "Que baje ahora de la cruz, para que veamos
y creamos" (Mc 15,32). Los antiguos judíos, sitiados
por los asirios en Betulia, flaquearon en su esperanza, y
se atrevieron a "emplazar" a Dios: O nos salvas
en cinco días o entregamos la ciudad. Pero el Espíritu
divino suscitó a Judit, mujer llena de fe y de confianza:
"¿Quién sois vosotros para tentar a Dios?
¿Al Dios omnipotente pretendéis poner a prueba?...
De ningún modo, hermanos, irritéis al Señor,
Dios nuestro, que si no quisiere ayudarnos en los cinco días,
poder tiene para protegernos en el día que quisiere
o para destruirnos en presencia de nuestros enemigos. No pretendáis
forzar los designios del Señor, Dios nuestro, que no
es Dios como un hombre que se mueve por amenazas. Por tanto,
esperando la salvación, clamemos a él para que
nos socorra. Y él escuchará nuestra súplica,
si le place hacerlo" (Jdt 8,12-17).))
Modos
del gobierno divino providente
La
providencia de Dios ordena inmediatamente todas y cada una
de las criaturas a su fin. Las innumerables mediaciones de
que Dios se vale -una persona, un libro, un encuentro, una
persecución- no eliminan la inmediatez propia de la
acción divina. Cuando Dios nos toca por sus criaturas,
no nos llega de él solo la virtualidad de su acción,
sino que inmediatamente Dios mismo nos toca, ya que él
no se distingue de su acción.
Estos
son los medios por los que Dios realiza su gobierno providencial:
1.-Por
las leyes físicas, que él imprime y mantiene
vigentes en las criaturas. El Señor hizo desde el principio
sus obras, "las ordenó para siempre y les asignó
su oficio, según su naturaleza.... y jamás desobedecerán
sus mandatos" (Sir 16,27.29).
2.-Por
las leyes morales, y también por las frecuentísimas
iluminaciones y mociones particulares con las que dirige al
hombre. El Señor no sólamente creó al
hombre, y por las leyes morales "le llenó de ciencia
e inteligencia, y le dio a conocer el bien y el mal"
(Sir 17,6), sino que además obra una y otra vez sobre
él; "es Dios quien obra en vosotros el querer
y el obrar según su beneplácito" (Flp 2,13).
Un ejemplo: el anciano Simeón, "movido por el
Espíritu Santo, vino al Templo" y encontró
a Jesús (Lc 2,27). Aquí no hay casualidad, hay
providencia. El hombre carnal atribuye todo lo que hace a
sí mismo, a la casualidad o a las causas segundas.
Pero dice verdad la Escritura inspirada cuando afirma que
Simeón fue al Templo movido por un Intimo impulso de
Dios providente. Toda nuestra vida está llena de iluminaciones
y mociones de Dios.
3.-Por
la oración de petición. El Señor quiere
que pidamos; nos manda pedir. "Pedid y se os dará"
(Lc 11,9). La oración de petición es eficaz,
pero no lo es porque cambie o fuerce la voluntad de Dios providente,
sino porque ayuda a que en el hombre se realice el plan de
Dios.
Sin
necesidad de grandes especulaciones filosóficas y teológicas,
los creyentes siempre han sabido que sus peticiones a Dios
eran escuchadas, eran eficaces. Así Judit, antes de
obrar, ora: Señor, "tú ejecutas las hazañas,
las antiguas, las siguientes, las de ahora, las que vendrán
después; tú planeaste lo que estaba por venir,
y sucedía como tú lo habías decretado,
y se presentaba diciendo "Heme aquí", pues
todos tus caminos están dispuestos, y previstos todos
tus juicios". Sobre esa fe en la providencia se apoya
la súplica: "Dame a mí, pobre viuda, fuerza
para ejecutar lo que he premeditado" (Jdt 9,12-14; +Est
4,17s; 5,1s).
Santo Tomás concilia inmutabilidad de la providencia
y eficacia de la oración de petición: "Excluir
el efecto de la oración (alegando la inmutabilidad
de la providencia de Dios) equivale a excluir el efecto de
todas las otras causas. Así pues, si la inmutabilidad
del orden divino no priva a las demás causas de sus
efectos, tampoco resta eficacia a la oración. En consecuencia,
las oraciones tienen valor no porque cambien el orden de lo
eternamente dispuesto, sino porque están ya comprendidas
en dicho orden" (S. Contra Gentiles III,96).
4.-Por
intervenciones extraordinarias y milagrosas. La fe cristiana
nos enseña que Dios puede hacer y a veces hace milagros.
Los santos suelen hacer no pocos milagros. Y es tan "normal"
que los hagan, que sin ellos la Iglesia no "reconoce"
oficialmente la santidad. Pues bien, también por modos
extraordinarios y milagrosos la providencia de Dios gobierna
la vida de los hombres y de los pueblos. Y si los milagros
no son más frecuentes, esto se debe ante todo -como
dice Jesús- a nuestra poca fe (Mt 13,57-58; Mc 6,3-6).
Espiritualidad
providencial
El
misterio de la providencia debe ser contemplado en toda su
majestuosa grandeza, en toda su belleza fascinante. Eso sí,
contemplar no es comprender. Dios da a los que sinceramente
le buscan luz suficiente para ir acertando con Su voluntad;
pero no siempre desvela en forma clara los designios de su
providencia Es verdad que algunos hombres, elegidos por Dios
para ciertas misiones en el mundo, reciben de él luces
especiales para entender la época, o algunos aspectos
de ella, y para captar ciertos planes concretos de la providencia.
Otros hay que cumplen en el mundo con fidelidad misiones importantes
de Dios sin apenas entender conscientemente los planes divinos.
En todo caso, sí puede decirse en términos generales
que cuanto más espiritual y santo es un cristiano,
con más facilidad capta la providencia de Dios sobre
su tiempo, sobre las personas y las obras.
No
conviene, sin embargo, que el cristiano pretenda conocer los
designios de la providencia con una curiosidad exigente, tratando
de eludir ese avanzar seguro del que camina en pura fe. Ya
dice San Juan de la Cruz que el hombre "para llegar a
Dios antes ha de ir no entendiendo que queriendo entender"
(2 Subida 8,5; +Llama 3,48).
((El
cristiano carnal quiere "comprender" a Dios, quiere
dominarlo -saber es dominar-, es decir, quiere "ser como
Dios" (Gén 3,5). Por eso, como no comprende el
misterio de la providencia, o bien lo niega ("Dios no
interviene para nada en el mundo"), o bien se abstiene
de contemplarlo. Le molesta que sus preguntas ("¿Son
pocos los que se salvan?", Lc 13,23; "¿Es
ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel?",
Hch 1,6) no reciban una respuesta comprensible. El cristiano
espiritual, por el contrario, no niega la providencia de Dios,
ni la relega a un olvido desdeñoso, sino que humildemente
la contempla día a día, dilatando así
su corazón en la adoración del Inefable.))
La
espiritualidad providencial nos lleva a ver el amor de Dios
en todo lo que sucede. No entendemos nada de lo que pasa si
no alcanzamos a ver en ello el amor de Dios en acción.
Entendemos nuestra vida, la de nuestros hermanos, el desenvolvimiento
de la historia, si vemos el amor de Dios como la dirección
constante de ese río de vicisitudes tantas veces erradas
o culpables.
Hemos
de dar gracias a Dios y alegrarnos por los designios de su
providencia. Y eso sea cual fuere nuestra situación
y la del mundo, sea cual fuere nuestro grado de comprensión
de cuanto sucede. Lo cierto es que "el Señor deshace
los planes de las naciones, pero el plan del Señor
subsiste por siempre, los proyectos de su corazón de
edad en edad" (Sal 32,10-11). Por tanto, "canten
de alegría las naciones", porque el Señor
rige el mundo con justicia, y gobierna las naciones de la
tierra (66,5).
Una
serena confianza caracteriza el corazón de los cristianos.
Pase lo que pase. El hombre necio y carnal vive en la inquietud,
se altera por cualquier cosa, es "una caña agitada
por el viento" (Mt 11,7). El cristiano sabio y espiritual
guarda siempre su alma en la confianza, porque se fía
de la amorosa providencia del Señor. Nuestra vida está
en las manos de un Dios que nos ama, y que todo lo gobierna.
El, que ha querido ser nuestro Padre, conoce nuestras necesidades
(6,32), y hasta el número de nuestros cabellos (10,30).
Vivimos tranquilos y confiados, aunque tengamos que pasar
por valle de tinieblas, seguros de que él va con nosotros
(Sal 22,4).
Nuestra
voluntad queda en la paz cuando nada desea al margen de la
voluntad de Dios, la que sea, la que su providencia nos vaya
manifestando en cada momento. No nos inquietamos por el mañana,
que ya el mañana tendrá sus propias inquietudes.
Acallamos y moderamos nuestros deseos, como un niño
en brazos de su madre. Le basta a cada día su afán
(Mt 6,34; Sal 130,2-3). Quede la inquietud y ansiedad para
el que no se apoya en Dios, sino en sí mismo o en la
criatura: "Maldito el hombre que en el hombre pone su
confianza, y de la carne hace su apoyo, y aleja su corazón
de Yavé" (Jer 17,5).
Este
abandono confiado en la Providencia divina ha marcado tan
profundamente la espiritualidad del pueblo cristiano que tiene
numerosas expresiones en el habla común: "Que
sea lo que Dios quiera", "Dios proveerá",
"Dios dirá", "Dios quiera que"...,
"Si Dios quiere" (+Sant 4,15), "Con el favor
de Dios", "Gracias a Dios", "Así
nos convendrá", "No hay mal que por bien
no venga", "Todo está en manos de Dios",
"Dios escribe derecho sobre renglones torcidos",
"Dios da la ropa según el frío", "Dios
aprieta, pero no ahoga", "El hombre propone y Dios
dispone", etc.
El
abandono en la Providencia divina nos guarda en la paz. Los
cristianos hemos de querer las cosas que nos parecen buenas
y oportunas, y debemos pretenderlas con empeño, pero
sin apegos carnales, sin agobios, sin prisas, guardando el
corazón siempre libre de todo lazo, siempre suelto
en docilidad incondicional al impulso, tantas veces imprevisible,
del Espíritu Santo, en una ofrenda vital incesante:
"No se haga mi voluntad, sino la Tuya" (Lc 22,42).
Si
confiamos en la providencia, si en Dios tenemos puesta toda
nuestra esperanza, tendremos absoluta fortaleza y paciencia
en las pruebas. Nada podrá con nosotros: ni hambre,
ni angustia, ni persecución, ni criatura de arriba
o de abajo: nada "podrá arrancarnos al amor de
Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm
8,35-39). Si contemplamos la providencia de Dios en la cruz
de Cristo, sabremos contemplar el amor divino en la cruz que
suframos, sea cual fuere.
Los santos nos dan ejemplo de audacia evangélica porque
confían en la providencia. Ellos están convencidos
de que "lo que es imposible a los hombres, es posible
para Dios" (Lc 18,27). Intentan confiadamente su propia
santificación y la de sus hermanos. No se desconciertan
ante los peores desastres y las mayores injusticias. Acometen
empresas espirituales que a la prudencia de la carne parecen
descabelladas. Llevan la pobreza hasta unos límites
de despojamiento que se dirían locura. La explicación
de todo esto es muy sencilla: son hijos de Dios que confían
en la providencia del Padre celestial. "Con tu auxilio
embestimos al enemigo, en tu Nombre pisoteamos al agresor:
pues yo no confío en mi arco, ni mi espada me da la
victoria. Tú nos das la victoria sobre el enemigo,
y derrotas a nuestros adversarios" (Sal 43,6-9).
La
vía del abandono
El
abandono confiado en la Providencia divina -tal como lo hemos
venido describiendo- llega a constituir en la historia de
la espiritualidad una de las síntesis prácticas
más perfectas, pues siendo tan alta como sencilla,
es una espiritualidad asequible a todos los cristianos, sea
cual fuere su condición o estado (+Catecismo 305).
Esta
espiritualidad, netamente evangélica y fundamentada
en la teología de la Providencia establecida sobre
todo por San Agustín y Santo Tomás, ha tenido
muy altos exponentes, entrre los que citaremos a Santa Catalina
de Siena en el Diálogo, a San Francisco de Sales en
L'Amour de Dieu, a Bossuet en su Discours sur l'acte d'abandon
à Dieu, a Santa Teresita del Niño Jesús
en su caminito de la infancia espiritual, a Dom Vital Lehodey
en Le saint Abandon, o al padre Garrigou-Lagrange en La Providence
et la confiance en Dieu; fidélité et abandon.
Conscientes
de que "todo está sometido a la Providencia no
sólamente en general, sino en particular, hasta en
el menor detalle" (STh I,22,2), conocemos que "por
encima de la secuencia de hechos exteriores de nuestra vida,
hay una serie paralela de gracias actuales que nos son ofrecidas"
cada día por Dios (Garrigou-Lagrange 265). Y así,
de una parte, queremos ser fieles a la voluntad divina, ofrecida
como gracia en "las pequeñas cosas" de cada
"momento presente"; y de otra, queremos abandonarnos,
haciéndonos como niños, sin ninguna inquietud,
a todo lo que la Providencia divina quiera disponer.
|